La única fuerza imparable

Cuando uno piensa sobre las fuerzas que mueven el mundo lo primero que se le pasa por la cabeza son cuestiones como el dinero, el poder o el sexo. Y no es de extrañar, porque estás son realmente fuerzas extraordinarias, tanto en el dinamismo interno del ser humano, como en las estructuras que conforman nuestra sociedad.

Pero afirmar esto, sería como decir que el vacío de un lienzo, que aún solo ha sido pintado a medias, es la fuerza dominante de lo que está ocurriendo ahí. Obviamente no es así, sino que es la creatividad del pintor la fuerza dominante del cuadro, hasta el punto que el único vacío que quede sea aquel que el pintor considere necesario para que el cuadro sea más bello y más completo.

Pero cuando uno analiza un poco más, identifica fácilmente otras fuerzas mucho más constructivas, e igualmente poderosas como la lucha por la justicia.

La lucha por la justicia, o lo que hoy se llama “la lucha por los derechos humanos” es una fuerza extraordinaria. No es difícil encontrar personas que trabajan hasta la extenuación acompañando, defendiendo o sirviendo a personas que están en situación de exclusión, vulnerabilidad, persecución o pobreza. Pero antes o después todas ellas deben enfrentar una dura prueba que no es otra cosa que ser conscientes de su propia debilidad. Pronto deben enfrentar el hecho de que dentro de ellos mismos también hay vacío ya que el cuadro que está siendo pintado en su interior no está completo.

Con este momento trascendental, no me refiero al joven que cae en la cuenta de que él sólo no tiene la fuerza para cambiar las cosas, sino que hablo de un momento mucho más duro en el que estas personas se dan cuenta que en determinadas ocasiones son ellas mismas las causantes de vulneraciones de derechos humanos, bien por acción o por omisión.

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Cuando esto ocurre, pueden ocurrir dos cosas.

  • La más frecuente es que la persona intente esconder estos hechos, enredándose en una vida cada vez más oscura en la que una pequeña incoherencia va ganando cada vez más fuerza, hasta convertirse en una corrupción que puede pudrir a todo su ser y a todas sus acciones.
  • La otra posibilidad, muchísimo menos frecuente, es que la persona lo reconozca personal e incluso públicamente e intente combatirse a sí mismo para evitar que vuelva a suceder. Pero la debilidad humana hace imposible que ese combate se gane, y antes o después, esta persona queda herida en su orgullo, de tal manera, que no solo dejará de creer en sí mismo, sino que dejará de creer en el ser humano y en cualquier causa de justicia que pueda ponerse en marcha.

Ambas reacciones pueden convertir a estas personas, que eran fervorosas en la lucha por la justicia, en los mayores enemigos de las mismas causas que empezaron defendiendo, ya que terminan desalentando cualquier intento de construcción.

Todo esto es pura lógica. Porque, si bien decíamos al principio que es claro que el lienzo no pinta al cuadro, sino que terminará por ser pintado, tampoco son los personajes pintados los que pintan el resto del cuadro, por mucho que lo pretendan. Aceptar esto es duro, pero mucho más duro es ignorarlo.

Solo queda una opción. Dejar al Pintor que complete a los personajes y que complete el cuadro, aunque para ello quiera Él contar con la ayuda de estos personajes. 

¿Cómo interpretar esto en la vida real?

Desde luego no se debe interpretar como que debemos tener una actitud pasiva ante la vida. Todo lo contrario. Debemos armarnos de esa misma fuerza, pasión y garra que utilizan las personas que luchan por la justicia, pero sabiendo desde el primer momento que la justicia no es nuestra, y que esas armas tampoco lo son. De forma que cuando nos llegue la dura prueba de ser conscientes que nosotros también estamos a “medio pintar”, podamos pedir disculpas con humildad, y no solo reconocerlo personal y públicamente ofreciéndonos a pagar el castigo que corresponda por nuestra acción, sino esperar con paciencia a que el Pintor quiera completarnos poco a poco.

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Y es que el ritmo del Pintor, a veces lento y otras veces arrollador, parece estar diseñado precisamente para eso, para terminar de pintarnos. Porque es en la paciente espera del que sabe que no tiene la fuerza para sanarse y confía en otro para ser sanado, donde surge el milagro de la sanación.

Por todo ello…

Ay de aquél que se alíe conscientemente con el vacío. Vivirá una vida de sin sabores, como el que se harta a chocolate hasta que lo termina por aborrecer.

Ay de aquél que no quiera contribuir con el cuadro de ninguna manera, viviendo una vida pasiva y ausente de toda aventura, riesgo, pasión, proyecto o sentido para su existencia.

Ay de aquél que no acepte humildemente que él no es el Pintor, porque vivirá en una ficción toda su vida, pensando que tiene poderes sobrehumanos. No es fácil la vida de aquella persona que se percibe a sí misma como superhéroe, sin serlo.

Feliz aquél que se deja pintar y que colabora con el Pintor para pintar. Sufrirá por su propio vacío y por el vacío que le rodea, pero gozará inmensamente de la bella obra de arte que está siendo pintada en su interior, y de cada trocito de pintura del precioso cuadro en el que vive. Esta es la fuerza imparable que mueve la historia y que terminará por pintarlo todo.

Esta última opción, que tiene toda persona, es lo que la Iglesia llama “Santidad” y a lo que el Papa Francisco nos invita en su última exhortación “SOBRE EL LLAMADO A LA SANTIDAD EN EL MUNDO ACTUAL”.

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Aquí un enlace a un precioso vídeo que también invita a leer esta exhortación: https://www.youtube.com/watch?v=V6JGjgy5pS0

Aquí un enlace a la propia exhortación: http://w2.vatican.va/content/francesco/es/apost_exhortations/documents/papa-francesco_esortazione-ap_20180319_gaudete-et-exsultate.html

 

 

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