Por: Fr. Vicente Niño Orti, OP

Una visita a una campo de refugiados en 1949, fue el detonante de un amplísimo movimiento de concienciación y actividad que llevó al dominico belga, Fr. Dominique Pire, nacido un 10 de febrero de 1910, profesor de teología en la Universidad de Lovaina, a terminar ganando el Premio Nobel de la Paz del año 1958, el primero concedido a un religioso. Pero más allá de honores y premios, le llevó a plasmar su fe en la humanidad y dignidad concreta de cada ser humano, su fe en el mensaje del Evangelio que fue el centro de su vida como creyente y dominico, el mensaje del amor y de la irrenunciable dignidad de cada persona concreta, especialmente la de los últimos, los olvidados, tratando de recordársela a ellos mismos, de recuperarla para aquellos que para nadie cuentan.

Despierta su compasión, que tan próxima está a la identidad de los dominicos, por la miseria material y moral de los refugiados de la Guerra Mundial -casi cuatro millones de desplazados, vagando por Europa, o hacinados en campos de refugiados, olvidados, sin que nadie se ocupara de ellos, hundidos, sin esperanza, sabiéndose al margen de los estados, inservibles para los organismos y naciones que se ocupaban de la reconstrucción de Europa de entre sus ruinas, heridos muchos, enloquecidos otros- funda la Asociación Ayuda a las Personas Desplazadas “Europa del corazón”, con el objetivo de «asegurar a los refugiados sin patria, cualquiera que sea su nacionalidad o religión, una ayuda material o moral, bajo todas sus formas, (…) y forjar alrededor del problema de los refugiados sin Patria una cadena de buenas voluntades bajo la forma de una «Europa del corazón». Se propuso Dominique Pire «no solo salvar de la miseria material a cada individuo aislado sino devolver la confianza en sí misma a cada una de esas personas, confianza que habían perdido en el curso de los años pasados de manera embrutedecedora en los campos de refugiados».

Comenzó por algo sencillo pero central: tratar de devolver la dignidad a los refugiados. Por medio de apadrinamientos, 15.000 familias de fuera de los campos de refugiados comunicándose por medio de cartas con 15.000 familias en los campamentos, les descubrieron que había seres humanos dispuestos a tenderles una mano, haciéndoles saber que más allá de su situación, seguían contando para alguien, recordándoles su propia dignidad y humanidad. Tras eso, a partir de 1950 crea por toda Europa asilos para que los ancianos refugiados pudieran salir de los campos para ser cuidados en su vejez. Hasta 200.000 desplazados encontraron cuidado, amor y cobijo. En 1956 comenzó a edificar una serie de aldeas por toda Europa destinadas a la integración de las familias de refugiados. Más que aldeas aisladas, eran en realidad ciudades, pues no quería que se creasen guetos sino tratar que  los desplazados se pudieran reintegrar en la Europa que comenzaba a salir de la tragedia.

Después de recibir el Nobel, la «Europa del corazón» se internacionaliza transformándose en «Amistades mundiales» cuyo objetivo era promover la solidaridad de Europa con todos los necesitados del mundo, creando en 1963 la Isla de Paz en Pakistán, estableciendo en tierra musulmana granjas agrícolas para fomentar el progreso de los campesinos. El que fuera un decidido europeísta, vio que los problemas del mundo son problemas de todos los habitantes del planeta.

Sello belga de Fr. Pira
Homenaje de los Correos belgas al Premio Nobel

La empresa más original del final de su vida fue la creación de Universidad de la Paz en Huy (Bélgica). Con ella trata de responder a los centenares de jóvenes que se le ofrecían  a colaborar con sus proyectos, para «contribuir con lo mejor de sí mismos a servir a la humanidad, en el camino de la paz». Lo que comenzó con 29 jóvenes en una especie de albergue de juventud, se convirtió en una Universidad internacional por la que pasaron cerca de 15.000 estudiantes. La enseñanza de la Universidad tenía como tema la paz y el diálogo -otro rasgo tan propio de su Orden- como camino para alcanzarla.

La figura de Dominique Pire, nos habla hoy de un compromiso decidido por los olvidados, por los orillados de nuestro mundo, por los que no cuentan, un llamamiento a nuestro propio compromiso como ciudadanos y como Iglesia, con los últimos, con los marginados de nuestro tiempo. Quizás en esta Europa nuestra no son ya los refugiados de la guerra, pero es claro que políticas que anteponen la economía, la utilidad, el beneficio y el lucro a todo coste, generan refugiados, desplazados y marginados de toda índole que necesitan hoy como hace cincuenta años, un testimonio y un trabajo decidido por la dignidad, la justicia y la paz en nuestro mundo. Que Dominique Pire, en este 10 de febrero en que recordamos su nacimiento, sea una inspiración para todos los que trabajan por un mundo más justo, por la concreta dignidad de cada persona.