Fraudes, engaños y mentirijillas universitarias

No seré yo quien tire la primera piedra… que, quien más quien menos, tenemos mucho que callar y bastantes pesadas vigas que remover, antes de querer sacar la paja del ojo ajeno…

Por ello, aunque no me considero legitimado para poner como chupa de dómine a nadie… ni siquiera a quienes, objetivamente, persisten en la actitud y engañan, mienten y defraudan en el ámbito académico –sea con títulos injustamente obtenidos u otorgados; sea con investigaciones inexistentes o inanes-, confieso que cada vez tengo menos fuerza moral para expulsar a un estudiante que encuentre copiando en un examen; o para suspender a quien plagie un trabajo en Internet. Pues, como el refrán señala: “Si el cura va a peces, ¿qué harán los feligreses?” … E intelligentibus, pauca

Y sin embargo… merece la pena dedicarse profesionalmente a la docencia y a la investigación. Sigue teniendo sentido ser universitario.

Déjenme explicarme, citándome a mí mismo, transcribiendo y acomodando unas reflexiones mías de hace unos años… Servirá de consuelo, al menos para mí, volver a la raíz de lo que significa investigar.

Hacer diligencias para descubrir alguna cosa. Así de escueta y ambigua es la definición que la Real Academia Española de la Lengua da de la voz investigación. Y, sin embargo, pese a su laconismo, resulta completamente ajustada a la realidad.  Sin perjuicio de que –cierto es- con aquella interpretación parezca el diccionario querer emplazarnos ante pesquisas y diligencias de tipo policial con vistas al esclarecimiento de algún delito; no resulta difícil ni arriesgado ampliar el radio de aplicación del proceso investigador a otros contextos, y seguir afirmando que, en efecto, se trata de hacer diligencias para descubrir alguna cosa. Ello, sin duda, resulta especialmente verdad cuando coordinamos el concepto investigación con el quehacer científico; o incluso más generalmente, con todo proceso de indagación que busque conocer de manera rigurosa.

No entraremos a fondo en ello, pero quedémonos de momento con los tres pilares a los que la definición remite – (1) trabajar para (2) conocer la (3) realidad– porque están preñados de intuiciones potentes, de propuestas teóricas novedosas; y de sugerentes alcances prácticos.

De una parte, la investigación subraya el hecho del trabajo intelectual, del hacer –no en vano es ése el verbo con que la definición arranca: hacer diligencias. Implica, pues, llevar a cabo un trabajo, pero, además, un trabajo cualificado. Es decir, no acometido de cualquier manera, sino realizado con esmero, con escrupulosidad, con celo, con amor, incluso – las diligencias de la definición remiten, en último término a la etimología latina del verbo diligo-dilexi-dilectum, que vale por apreciar, considerar, amar. En segundo término, coordinando el pilar segundo con el tercero, se explicita la finalidad en virtud de la cual se lleva a efecto aquel esfuerzo investigador. Esto es, con el objetivo de conocer –des/cubrir– la realidad –alguna cosa.

Recordemos el hondo calado filosófico que en el pensamiento griego tuvo la aletheia, como desvelamiento –esto es, el hecho del descubrir, la voluntad de quitarle el velo, de desvelar la realidad- para que el amigo de la sabiduría pudiera llegar a conocer –hasta donde le fuere dado- la verdad en el más amplio sentido del término. Y ello es así, de manera inexorable, si se parte del axioma que Aristóteles nos dejara lapidariamente formulado en el comienzo del libro primero de la Metafísica, según el cual, todos los hombres tienen por naturaleza el deseo de saber.

Ahora bien: saber, ¿por parte de quién?; saber, ¿cómo?; saber, ¿desde dónde y en qué marco?; saber, ¿qué?; y, sobre todo, saber, ¿para qué? Cabría responder –con cierto temor y temblor en la respuesta: de un lado, saber qué es aquello que se encuentra, a priori, en la base de toda determinación, de las cosas y las realidades del mundo, como lo idéntico y lo que permanece en medio de los múltiples cambios y mutaciones que constantemente observamos, de lo objetivamente conocido. Y, de otra parte, llegar a intuir y a anticipar el poder ser, las potencialidades implícitas en la realidad. Naturalmente, lo que sean, cómo sean y qué podrían dar de sí –llegar a ser- las diferentes realidades se manifestará de modo diferente según del campo del ser de que se trate. Es decir, según sea éste físico, biológico o espiritual.

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Por eso, en cada uno de aquellos distintos ámbitos ontológicos, la investigación –en cuanto proyecto de comprensión de la realidad, con fines más o menos prácticos; y desde un ejercicio de la libertad de investigación, no siempre exenta de problemas éticos – se orientará y deberá amoldarse por referencia a la cualidad de lo real que se busca comprender. En esto, como en tantas otras esferas de la vida, sigue siendo verdad lo que los taurinos afirmamos respecto a que cada toro tiene su lidia…

Así –más allá de la especificidad que suponen las Ciencias Formales; es decir: la Lógica y las Matemáticas- en las Ciencias Naturales y en la Física, la investigación del modo de manifestarse el poder ser que la realidad lleva en sí –velado- se manifiesta como puesto, como estatuido, como sometido a leyes y regularidades que cabe identificar y comprobar con alto grado de exactitud.

Cambian, sin embargo, un tanto las cosas cuando de la Física pasamos a la Biología; y más aún cuando nos las habemos en los dominios de lo que en otros tiempos se daban en llamar las Ciencias del Espíritu y que hoy conectamos con las denominadas Ciencias Humanas y Sociales. En la Biología el poder ser –la aplicación práctica del conocimiento teórico- tras el que la investigación anda y busca descubrir –desvelar-, aparece más bien como regulado, que como puesto. Por consiguiente, a fortiori, en las Ciencias Sociales, aflorará el conocimiento de la realidad de las cosas y las relaciones entre las cosas, con una dosis mucho mayor de indefinición. O si se quiere, con una mayor carga de libertad. Esta circunstancia, por lo demás, es la que dificulta la precisión de este tipo de saberes. Pues, en efecto, la realidad de este ámbito del ser, más incierto –por mor de una libertad más o menos elevada-, es muy difícil de reducir a fórmulas matemáticas objetivas y a elegantes modelos predictivos

En resumidas cuentas, a partir de lo que va dicho, cabría extraer algunos corolarios y derivaciones que permitan enmarcar algunas consideraciones sobre la ética y la investigación en coordenadas robustas. Sin ánimo de exhaustividad, podríamos avanzar las siguientes proposiciones:

  1. La realidad ofrece tres niveles ontológicos básicos hacia los que dirigir el esfuerzo intelectual y la labor investigadora: la Naturaleza, la Vida y la Acción Humana.
  2. Los conocimientos adquiridos en cada uno de los referidos niveles de realidad han ido configurando a lo largo del tiempo un corpus teórico que hoy está institucionalizado en lo que, grosso modo, cabría denominar Ciencias Naturales, Ciencias de la Vida, y Ciencias Humanas y Sociales.
  3. Si a aquellas tres grandes áreas temáticas se añadieran las Ciencias Formales – esto es, la Lógica y las Matemáticas, vendríamos entonces a poder desplegar en detalle el abanico completo de los saberes, comúnmente admitidos, con arreglo a los cuales lleva a cabo la UNESCO su clasificación decimal de las áreas de la ciencia y la tecnología. Y que son los siguientes: 1.1. Lógica y 1.2. Matemáticas, como Ciencias Formales; 2.1. Astronomía y Astrofísica, 2.2. Física, 2.3. Química, 2.4. Ciencias de la Vida, 2.5. Ciencias de la Tierra y del Espacio; 3.1. Ciencias Agrarias; 3.2. Ciencias Médicas; 3.3. Ciencias Tecnológicas; 5.1. Antropología; 5.2. Demografía; 5.3. Ciencias Económicas; 5.4. Geografía; 5.5. Historia; 5.6. Ciencias Jurídicas y Derecho; 5.7. Lingüística; 5.8. Pedagogía; 5.9. Ciencia Política; 6.1. Psicología; 6.2. Ciencias de las Artes y las Letras; 6.3. Sociología; 7.1. Ética; 7.2. Filosofía.
  4. Los diferentes corpa científicos, convenientemente objetivados en lo que Kuhn denominara la ciencia normal, están lingüísticamente disponibles y en consecuencia, resultan susceptibles de ser transmitidos a quienes quieran recibirlos, dispongan de capacidad bastante para entenderlos, y estén dispuestos a invertir el tiempo necesario para asimilarlos.
  5. Una vez el neófito completa el –diríamos, si se nos permite la analogía- el proceso de socialización científica, debiera aquel estar ya en posesión, no sólo de los contenidos básicos de la disciplina, sino también, de las claves conceptuales y de las herramientas adecuadas que le permitan avanzar, llegado el caso, por su cuenta en la específica área de conocimiento.
  6. El avance supone, en esencia, un movimiento doble y complementario en su sesgo problematizador, al estar ya el individuo –no todos, desde luego; sino los que sientan la vocación de ampliar el conocimiento de manera especialmente viva-, al estar en condiciones de cuestionar un saber recibido y aceptado -como no podría haber sido de otra manera, en un primer momento-, de manera pasiva e ingenuamente crédula.
  7. Así pues, de un lado estaría el que cabría denominar momento crítico, en virtud del cual, como decimos, se someten a escrutinio más detenido –o cuando menos, se ponen entre paréntesis- muchos de los esquemas rudimentarios, buena parte de las generalizaciones apresuradas, bastantes de las tesis rotundas y sin matices, propias del registro lingüístico de los manuales y de la ciencia normal.
  8. Desde el prisma simétrico y complementario, aparecería lo que vendría a constituir el verdadero nervio del proceso investigador, que buscaría resolver nuevos problemas, iluminar cuestiones oscuras, sacar consecuencias y aplicaciones prácticas… en suma, que aspira a hacer avanzar la ciencia con alguna verdad inédita en la teoría o con alguna mejora tangible en la transformación de la praxis propia de cada área disciplinar.
  9. La exactitud y precisión –la acribeya a que aludía Aristóteles cuando hablaba de la Ética como disciplina política- que se vaya a poder encontrar en cada uno de los ámbitos de realidad que se ofrecen a la tarea investigadora –la Naturaleza, la Vida, la Acción Humana- será necesariamente distinta, en virtud de la propia índole de la realidad objeto de estudio. Porque, como sabemos, “no se ha de buscar el rigor por igual en todos los razonamientos”.
  10. El método, esto es, el camino que se establezca para investigar y conocer la realidad de las cosas y sus ulteriores aplicaciones, deberá forzosamente tener que ser, también, distinto. Pues cada ámbito requerirá aproximaciones especiales y metodologías diversas –cuantitativas, unas; cualitativas, otras- según sea la materia objeto de estudio. En consecuencia –y sin perjuicio de requerimientos y principios básicos aplicables y exigibles en todo proceso investigador, sea del campo que sea-, no cabe duda de que variarán también las responsabilidades morales y las consideraciones éticas que quepa hacer a quienes investigan; es decir, a aquellos que llevan a cabo las diligencias que proceda en cada caso para descubrir lo que buscan en los diferentes niveles de la realidad: lo Formal, la Naturaleza, la Vida o la Acción Humana. Pues no es lo mismo investigar sobre fórmulas lógicas en un ordenador y en el despacho de casa, que hacerlo en un laboratorio acelerando protones. Como tampoco lo es estudiar in vivo que in vitro… o experimentar con amebas que con gorilas o con seres humanos.
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Retengamos, en todo caso, el dato cierto de que, detrás de todo lo que venimos afirmando estarían aquellos dos manantiales a partir de los cuales ha estado fluyendo desde hace siglos todo el caudal filosófico y científico, al menos en Occidente: el asombro –el thaumasein  platónico  y la “admiración y respeto” kantianos -, de un lado; y de otro, la interrogación, la duda –si alguien duda, vive, dejó dicho San Agustín-  la duda metódica de Descartes  que, partiendo del firme suelo del cogito ergo sum– se ofrece como vía de acceso, como camino –methodos– para la ampliación del saber, para la consecución de un conocimiento  lo más objetivo y cierto que sea posible en un momento dado de la historia. Pues es a partir de la duda como se busca justificar las hipótesis interpretativas que en un momento dado se formulen –más o menos explícitamente- para captar la clave de interpretación que se busca, mediante pruebas o argumentos que la validen.

Ahora bien, como no resulta difícil comprender, hay una serie de condiciones de posibilidad previas que en todo caso debieran darse por sentadas para que la sociedad –tal vez representada por la comunidad científica– otorgara credibilidad a los nuevos descubrimientos teóricos y a las aplicaciones prácticas de ellos emanantes. A saber: la confianza en el investigador y en el proceso investigador, de un lado. Y por otro, la pertinencia de lo aportado

Tanto la una como lo otra, sin embargo, pueden verse traicionadas, defraudadas con más frecuencia de lo deseado. Tal vez sea ello debido a la presión de la carrera, de una parte y a la facilidad para llevar a efecto el fraude y de salir impune del mismo. La primera –la defraudación de la confianza- puede quedar ejemplificada en cierta mala praxis investigadora –interpretación abusiva de datos, plagio de trabajos ajenos, fabulación de datos y descubrimientos, falsificación de datos o pruebas para que cuadren con las hipótesis de partida, utilización torticera de los sujetos experimentales…- de la que conservamos memoria cierta entre nosotros, incluso en un ámbito tan, aparentemente, poco dado a este tipo de  corrupciones como es el que supone la investigación filosófica- hagamos memoria del llamado fraude de Sanz del Río, a cuyo esclarecimiento tuve ocasión de contribuir hace ya bastantes años, junto a Johannes Seidel y el P. Enrique Menéndez Ureña, querido maestro y excelente amigo.

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La segunda línea de corrupción en el proceso investigador, puede venir auspiciada desde aquel modus operandi que no quiere o, en todo caso, no consigue ir más allá de un enfoque pedantesco y autorreferencial. A ello asistimos muchas veces, cuando leemos trabajos –incluso aquéllos publicados en revistas con pedigrí de JRC- que poco o nada de sustancia añaden, más allá de una suerte de erudición huera; de una fatigante acumulación de citas, de datos, de referencias, de noticias, de estadísticas… pero sin pensamiento, sin una sola idea, sin teoría, sin ciencia, en suma.

Unamuno, al parecer, habría dejado dicho con rotundidad que este tipo de labor intelectual sin inteligencia venía a ser como contarle las cerdas al rabo de la esfinge por no atreverse a mirarla a los ojos. Y Cervantes nos dio, siglos antes, la clave del asunto cuando, con ironía muy fina, en la prefación del Prólogo del Quijote,  aquella vez que estaba “suspenso, con el papel delante, la pluma en la oreja, el codo en el bufete y la mano en la mejilla pensando en lo que diría”  entró en escena un amigo suyo, gracioso y bien entendido que le dio la respuesta a sus cuitas y el modo para salir del impasse –debido a “sobra de pereza y penuria de discurso”- con aquella suerte de tónico de la voluntadRamón y Cajal dixit– que le habría de permitir rematar la faena de la publicación del libro -¿extrapolamos?: de la redacción de la tesis doctoral, o del artículo científico… Consistía la cosas en traer por los pelos ciertos latinicos que hicieran al autor pasar por gramático –investigador acreditado, cabría también decir ahora-, “que el serlo no es de poca honra y provecho en el día de hoy”.

Sirva lo dicho como antídoto contra pretensiones de objetividades imposibles en el ámbito de la investigación; como cura frente a fraudes de carreras investigadoras fulgurantes, sancionadas a la postre con la degradación más burda – ¿recuerdan a la bióloga de la UAM, Investigadora Principal (IP) de suculentos proyectos Horizon 2020 de hace un año por estas fechas? -; de sexenios conseguidos a base de trampas… Por no abundar en la triste retahíla de quienes se cuelgan, al parecer, títulos inmerecidos –el Roldan, el Guerra, la Cifuentes…-

Lo dicho: no tengo fuerza moral para reprochar a los estudiantes aquello que, en los rectores y otros responsables, que deberían dar ejemplo, es práctica común… Pero con toda la moral del mundo para luchar a favor de una universidad más ética y una profesionalidad docente e investigadora más acrisolada.

Hago lo que buenamente puedo. Y pensé que compartir lo que va dicho con el paciente lector, era un comienzo.

 

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