Frágil Equilibrio. Meditaciones al hilo de la vida que lucha por resistir

isGracias a una invitación de Oxfam pude ver hace unos días el documental Frágil Equilibrio, dirigido por Guillermo García López. Al hilo de las palabras “sapienciales” de José Múgica, ex-presidente de Uruguay y de la fotografía de Pablo Burmann el documental nos adentra en una profunda reflexión sobre el sentido de la vida y su sostenibilidad, desde lo micro a lo macro.

Lo hace a través de tres historias de supervivencia profundamente interconectadas. La primera presenta a dos ejecutivos japoneses en el marco existencial de una soledad inhóspita y cuya vida es producir y consumir. La segunda  a una comunidad de personas subsaharianas en el monte Gurugú, que se organizan  para saltar la valla de Melilla y denuncian  las políticas de fronteras y la violencia estructural  que portan sus cuerpos, y la tercera nos adentra en la cotidianidad de varias personas desahuciadas, en su resiliencia y organización colectiva frente a la maquinaria represiva y judicial que pretende hacer pedazos sus  vidas sin conseguirlo.

De entre muchas de las palabras provocadoras con que Múgica hila la trama me quedo con tres pensamientos:

  • “El verdadero motor de la civilización es la defensa de la vida. Porque la vida es un milagro, porque la vida no se compra, porque la vida se nos escapa. La vida es el bien mayor.
  • “El mundo vivo es una cosa frágil, hermosa, navegando en medio de la soledad del universo, del silencio mineral las leyes de la física”  
  • “Se necesita humanidad que entre a razonar con sentido del caos y globalmente como especie, ¿Podremos? Podremos sólo si somos capaces de gobernarnos a nosotros mismos. 

Meditando esta mañana sobre ellos con la libertad y frescura que las palabras de Múgica dejan en el corazón me topo con el milagro del vida que irrumpe en mi escalera: Marcho a trabajar  apresurada y me encuentro a mi vecino del primero, con ochenta años, sacando en el carrito a sabcianou mujer enferma de Alzheimer para ser recogida por la  ambulancia que la lleva cada mañana al Centro día.

Mi vecino cuidador, con su bata azul marino y su sonrisa perpetua aprovecha todo encuentro para hablar de política, no de política de partido, sino de política de lo común, que  es la política verdadera, y hace que frene mi prisa, porque su conversación siempre me adentra en el ritmo interior y hondo de la vida devolviéndome la consciencia que el tiempo más que cronos es kairós, acontecimiento.

Esta mañana mi vecino se fija en una chapa que llevo en mi abrigo: El barrio para quien lo habita y empezamos entonces a hablar sobre la construcción del hotel que nos quieren hacen en el corazón de Lavapiés y las resistencias y organización colectiva frente a ello, así como el proceso preocupante de gentrificación y turistificación del mismo que oculta la otra realidad,  la del  Lavapiés dual.

El Lavapiés de los sótanos insalubres donde viven hacinadas personas sin papeles, cuartos  de  bicicletas  transformados en viviendas con camas calientes, el disparo a muerte para los pequeños y pequeñas comerciantes que está  suponiendo la extensión de los Carrefour Express, con sus horarios de 24 horas, la  securitización  constante de  la policía disfrazada  de “chicos de ONGS,” aun cuando en la cotidianidad del cada día ya  los tenemos identificados como secretas.

Mi vecino, con más de cuarenta años en el barrio, insiste que en Lavapiés es un barrio abierto para gente abierta y que aunque convivimos gente de muchos países nuestros  problemas no son de convivencia sino de justicia social. Yo aprovecho entonces para decirle que lo que están haciendo ahora los especuladores es venderla “marca Lavapiés”, es decir el barrio como un lugar de convivencia intercultural, pero quieren hacerlo justo expulsando a quienes han hecho que el barrio sea precisamente eso  y que lo están haciendo  con la subida de los alquileres.

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Mi vecino cuidador me dice entonces de forma resolutiva y vosotras que estáis metidas en tantas cosas ¿Por qué no organizáis una huelga de inquilinos? Sus palabras me recuerdan nuevamente el milagro de la vida que resiste e insiste: La  vida no se compra, la vida es el bien mayor.

La llegada de la ambulancia hace que nos despidamos. Retomo mi camino hacia el  trabajo, dándole vueltas a eso de la huelga de inquilinos y en planteárselo a la Asamblea del Vivienda del barrio que acaban de ocupar un banco y transformarlo en el Centro Social La Canica, desterrando el dinero y sustituyendo por la moneda  social del mismo nombre.

Cojo el metro y ya en el interior del vagón, mientras mi mano compite con muchas otras en el intento de agarrarse a una barra que no alcanzo, recuerdo uno de mis propósitos espirituales para este Adviento: repetir algunos mantras de mis profetas preferidos para vivir conectada desde dentro con la esperanza que lucha explotar en cada corazón humano y periferia, respiro hondo y me conecto tratando de expandirla en un vagón atiborrado de gente.

  • Hay esperanza para el porvenir (Jr 31,17)
  • Está naciendo algo nuevo no lo notáis (Is 43,19)
  • Yo el Señor soy el primero y estoy con los últimos (Is 41,4)
  • La caña cascada no quebrará, el pabilo vacilante no lo apagará ( Mt 12,20)
  • He venido para que tengáis vida y vida en abundancia (Jn 10,10)

El vagón abre la puerta y una pareja de músicos bolivianos nos regala su melodía: entonando a Calle 13: Tú no puedes comprar mi vida

Definitivamente el grito del frágil equilibrio nos rodea y está empeñado en que entremos a razonar con sentido del caos globalmente como especie y desde el ser humano que cada uno y cada una somos

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