En este año 2016 hemos atendido a una serie de eventos de crucial importancia que parecen tambalear los cimientos de nuestras sociedades (sobre todo las occidentales) y del orden mundial tal y como lo conocemos hasta ahora, abriendo una nueva etapa histórica donde la incertidumbre parece ser lo único cierto.

Por sólo mencionar algunos de ellos, la así llamada “crisis de refugiados” y su “gestión” desde Europa, pasando por el Brexit, el desconcertante año del juego de partidos políticos en España y su posterior desenlace, o resultados como el de el Referéndum de Paz en Colombia y la reciente elección de un presidente como Trump en Estados Unidos,…han sido procesos que como poco, nos presentan un termómetro social mundial con altas temperaturas.

Por otro lado ha sido un año histórico en la lucha contra el cambio climático con el Acuerdo de París y ha estado lleno de razones para una cierta esperanza moderada (digo y “cierta” y “moderada” por razones obvias ya que ni el acuerdo es suficiente ni es vinculante); y si miramos a la ciudadanía parece que está habiendo un aumento global en la conciencia de que nuestro Planeta…

Pero en medio de estas y otras dinámicas positivas, llega Trump, presidente de la primera potencia mundial y negacionista del cambio climático.

Pareciera como si las fuerzas del bien y del mal se batieran en un duelo titánico, siendo éste un momento histórico con fuertes signos de esperanza a la vez que inmensos signos parecen zarandear la humanidad y el propio Planeta cada vez más herido.

Más allá de los análisis políticos que se han hecho y se siguen haciendo, hay un elemento que me llega con mucha fuerza y que veo como denominador común en muchos de los fenómenos que estamos presenciando. Me refiero al elemento de fractura que reflejan. Fracturas sociales, fracturas políticas, fracturas económicas y fracturas de la Tierra, todas ellas están conectadas. Fracturas gigantescas entre países y al interno de los mismos.

Existe una fractura brutal entre quienes han votado a Trump y quienes han votado a Hillary, la misma que existe entre quienes apoyaron el Brexit y quienes no lo hicieron, entre quienes apoyaron el acuerdo de Paz en Colombia y quienes no,…y suma y sigue.

Una parte de la sociedad asiste estupefacta al descubrimiento de que otra parte de la sociedad tan numerosa pueda llegar a apoyar un modelo y una visión tan diferente de la propia visión.

Son visiones de la realidad que parecen irreconciliables. Hablando con amigos británicos, no salían de su sorpresa al constatar que había tanta gente en su país, me decían: “no conozco a nadie que haya apoyado el Brexit, no podía imaginar que hubiera tanta gente así en mi país…no sé quiénes son ni dónde están”…Como si hubieran estado viviendo en países diferentes y de repente se encuentran con otra cara de su propio país que no conocían o no querían (ni queríamos) reconocer.

Ante todo esto me resuena muy honda la pregunta: ¿Dónde están los espacios comunes? ¿Dónde se dan los espacios de encuentro con los vecinos/as diferentes? Reflexionando con estos mismos amigos británicos me decían “quizá siempre voy en ámbitos similares a los míos y me doy cuenta que conforme a eso me hago mi imagen de la realidad en mi propio país”…Creo que esta reflexión quizá podría extrapolarse a la realidad de lo ocurrido en Estados Unidos, Colombia e incluso en España.

Parece abrirse un abismo en el entendimiento de unos y otros y nos preguntamos “¿qué ven unos que no ven los otros?”, como si se estuvieran viviendo dos realidades completamente diferentes.

Fijémonos por un momento en el significado de una fractura en el cuerpo humano que “es la pérdida de continuidad normal de la sustancia ósea o cartilaginosa, a consecuencia de golpes, fuerzas o tracciones cuyas intensidades superen la elasticidad del hueso”; creo que ilumina lo que supone esta fractura de la humanidad como cuerpo, como si estuviéramos perdiendo esa sustancia “ósea o cartilaginosa” que permite ser eso, un cuerpo, un organismo. Pues las sociedades son precisamente organismos vivos que si se fracturan se van quebrando.

Definitivamente creo que, aunque prefiramos lo nuevo, “lo limpio y lo pulcro” ha llegado el momento de mirar y tocar las fracturas, de acariciar las heridas, de volver a generar esa sustancia que da elasticidad al cuerpo para moverse sin romperse. Es también momento de creer que aunque se  destruya el templo, puede ser reconstruido en tres días…¡incluso el templo de orden mundial!

Es momento de mirarnos, de reconocernos, de crear espacios de encuentro. De resistir también a la tentación del repliegue, porque parece que las amenazas son tan grandes que poco podemos hacer y que el único lugar seguro es el espacio privado, pequeño, conocido. Pero, ahora más que nunca es el momento de salir de la zona de confort y empeñarnos en construir espacios comunes, pero espacios comunes con quienes no entendemos y quienes no nos gustan, para salir de nuestras burbujas.

Es también momento de aprender a convivir con lo roto, con lo fracturado, con lo incierto y con lo imperfecto y mirarlo de cara sin miedo. Es momento de reconciliarnos con una imagen del mundo que es como es, rota, fracturada, deshilachada.  No para conformarnos y pensar que no hay otra alternativa, si no porque sólo amando al mundo tal y como es, quizá podremos cambiarlo.

Y, al fin y al cabo, cuando una semilla “se fractura”, de ella sale nueva vida y brota un árbol o una flor.

Fotografía: la imagen refleja un “kintsugi”, el arte japonés por el cuál se realiza una reparación con polvo de oro, plata o platino a aquellos objetos fracturados.