Fracasar siempre se puede

Un dicho venezolano: “Seguro está el infierno“. Significa que al infierno siempre podemos aspirar; el cielo es un poco más difícil.

Sentimientos en la vida pública

En política podemos elegir qué posición sostener. Las posibilidades son muchas. Al final, quizás combinemos convicciones ideológicas, con intereses materiales de nuestra ubicación social, con emociones que nos fueron transmitidas en la crianza, con la adhesión o la contradicción a las posiciones de nuestros pares y otros grupos de referencia… Agitado todo ello en la coctelera que somos nosotros, resulta una posición política, a veces poco previsible; con más frecuencia, bastante.

De un partido o de otro; nacionalistas o antinacionalistas de tal o cual nación; más o menos individualistas o socialistas; apegados a un Derecho con reglas iguales, o más bien favorables a que se haga en cada momento alguna voluntad dominante; amigos de algún pasado o de algún futuro que hemos imaginado; con visión de conjunto o movidos únicamente por una determinada Causa; interesados en política o apáticos por todo lo público que no nos toque directamente… Las combinaciones son realmente muchas.

Competitividad

Pero ese es el aspecto subjetivo de la “identidad política”, donde cada cabeza es un mundo y cada individuo se siente soberano, ondea su bandera y quizás la considera lo más sagrado del universo.

Luego está el aspecto “objetivo”. Lo ponemos entre comillas porque no se refiere a objetos exteriores a la mente humana; en realidad es más bien “intersubjetivo”, es decir, tiene que ver con las relaciones entre personas.

Y no con cualesquiera relaciones, sino con un tipo muy preciso: la competencia con otros, por la cual intentamos ganar la elección de un tercero (el consumidor que compra nuestro producto, el empleador que nos contrata entre varias posibilidades, el ciudadano que participa en nuestros actos o nos da su voto…)

En ese aspecto “competitivo”, nuestra subjetividad ya no corre irrestricta. No se hace lo que nos dé la gana, ni se realiza lo que llevemos en las tripas. En las competencias, ganamos o perdemos; nos sostenemos en ellas o quedamos en la cuneta. La Agencia Europea del Medicamento va a Barcelona o va a Amsterdam.

Fracasar en la competencia, que el tercero elija a nuestro competidor en vez de a nosotros, siempre se puede. De hecho, es fácil. Con asumir identidades subjetivas que nos proporcionen desventajas competitivas, ya está. ¡Claro que podemos montar una dictadura comunista en el siglo XXI! Véase Venezuela, que lo ha hecho. Lo que no podemos conseguir es que funcione bien en la competencia económica, que atraiga inversiones y trabajadores, que produzca riqueza.

Bajo el chavismo, Venezuela ha sido adelantada en renta per cápita por bastantes países latinoamericanos que no tienen petróleo, ni mineral ni hidroelectricidad. Por ejemplo, la República Dominicana, que además es (media) isla. Lejos de considerar República Dominicana como un ejemplo político de nada, sin embargo en ella los niños no suelen desmayarse de hambre en los colegios, ni falta el 80% de los medicamentos, ni el país ha dejado de pagar sus bonos. Ya es algo.

Sobrevivencia y aprendizaje

Un razonable éxito competitivo (al menos esa sostenibilidad que consiste en mantenerse en la carrera, no perderla y quedar apartado) resulta imprescindible para la pervivencia histórica de una identidad política subjetiva. No hay cantidad de maravillosas razones, brillantes relecturas históricas, intensos sentimientos, banderas en los balcones, masas coloridas en las calles… que compense el hecho, si ocurre, de que una opción subjetiva nos encamine al fracaso competitivo. Dicen los americanos: There is no substitute for success (no hay sustituto para el éxito). No se extiende el ‘socialismo venezolano del siglo XXI’ por América Latina. Evo, Correa, Humala, Lula y hasta la señora Kirchner, son bastante más listos que todo eso.

Ello no quiere decir que no sea grande el número de los creyentes comprometidos con distintas y sentidas identidades políticas que abocan al fracaso competitivo. Puede ser muy grande; puede incluso estar creciendo si esas identidades controlan la propaganda y la educación (para deleite de sus competidores, por ejemplo en Amsterdam).

Tampoco significa que los creyentes de tales fes políticas vayan a convertirse a la vista del fracaso competitivo. Quizás al revés, el fracaso reafirme más su fe porque demuestran que están dispuestos a sacrificar a la Causa incluso el éxito: “Con hambre y sin empleo, con Chávez me resteo. La realidad nunca desmiente al verdadero creyente; no hay realidad que pueda ‘falsar’ su fe: Credo quia absurdum! (creo porque es absurdo).

Y sin embargo, las opciones políticas subjetivas que no son al menos neutras respecto a la competencia, acaban por desaparecer de la Historia. Los jóvenes de las siguientes generaciones tienden a aprender lo que piensan que les dará éxito competitivo, y tienden a imitar a quienes perciben como exitosos. Como son jóvenes, no están tan comprometidos vitalmente con las opciones subjetivas de sus mayores. Buscan sus propias respuestas para sobrevivir en las competencias que les toquen, que seguramente son distintas a las del pasado, y para las que a menudo las respuestas del pasado ya no sirven. Poca gente empieza en la vida eligiendo lo que ya ve que le llevará al fracaso competitivo.

Se puede fracasar de muchas maneras, y tener éxito solo de unas pocas (porque tus competidores también están intentándolo). El aprendizaje consiste precisamente en buscar un cierto éxito competitivo por ensayo y error: identificando y desechando caminos que llevan al fracaso, hasta quedarse con alguna de las vías que permiten al menos el modesto éxito de la sostenibilidad competitiva.

Las configuraciones subjetivas que dificultan ese modesto éxito constituyen caminos sin salida, no importa cuánto fervor las acompañe. Si se enseña a los jóvenes a buscar soluciones para su vida por ahí, se les hace un flaco favor. Sobre todo a quienes no sean lo bastante avispados para separarse mentalmente de sus criadores y educadores.

 


Imagen: images.clarin.com

1 Comentario

  1. Querido Raúl:
    Eres un fenómeno en el manejo de las tecnologías…
    Y un maestro en el difícil y emocionante juego del sentido común y la bonhomía.
    ¡Muchas gracias por el artículo!

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