La prensa viene plagada de especiales sobre educación y formación estos días. Estamos en etapa de seleccionar dónde estudiar el próximo curso, tanto niños como adultos. El pasado 3 de abril se celebraba el día mundial por la educación. La educación es uno de los retos que los ODS señalan clave para mejorar el mundo en que estamos. Y en la misma línea que para el resto de Objetivos de Desarrollo Sostenible se precisa la participación de los distintos agentes sociales. Entre ellos, la empresa, como ya señalé en este otro post.

Pero en el caso de la empresa, la apuesta por la educación es, o debiera ser, una cuestión estratégica. En distintos ámbitos de la organización. Y me explico:

Si miramos hacia dentro de la empresa, es vital que el capital humano se fomente, facilitando el acceso a un conocimiento nuevo que refuerce competencias innovadoras. Sólo así la empresa conseguirá una ventaja competitiva en unos tiempos donde los procesos son fáciles de copiar por la competencia. El capital más difícil de replicar es el humano. Porque aunque se muevan las personas, se ha de producir un encaje con la cultura de la organización, no siempre sencillo. Como el cambio cultural es más lento, la presión de ese acoplamiento recae con mayor fuerza en los profesionales. De ahí el auge de la formación para adultos.

Decíamos que el resto de “capitales” son más fáciles de copiar. ¿Por qué? La necesidad de la empresa de ser transparente para atraer a inversores y clientes le lleva a mostrar información muy valiosa también para competidores. Eso lleva a acortar considerablemente las ventajas. Así que no toca otra que ser rápidos en moverse, en seguir innovando. Y eso precisa una cultura que requiere, inevitablemente, formación. Formación en conocimientos y en habilidades, pues el conocimiento debe ser llevado a la práctica con éxito. Y esa aplicación, con frecuencia, requiere un encaje con la organización que puede llevar demasiado tiempo.

En síntesis, resulta todo un reto acoplar organización y personas para responder a los nuevos tiempos. No podemos esperar a ser reactivos a los cambios porque no hay tiempo de formarse. Para cuando estemos preparados para dar respuesta a los desafíos, “cambiarán las preguntas”. Así nos lo recordaba en un post reciente nuestro compañero Saunier Ortiz, citando a Benedetti. Por tanto, hay que ir preparándose continuamente, haciendo que la formación anticipe los nuevos requerimientos.

Pero como resulta evidente de lo hasta aquí dicho, la empresa también ha de mirar hacia fuera cuando hablamos de educar y formar. No es independiente sino complementario a las necesidades internas. Algunas organizaciones lo llevan entendiendo desde hace décadas y apoyan programas educativos en países subdesarrollados, conocedores de la importancia de contar con ciudadanos informados y formados que den valor a sus productos y servicios.

Esta necesidad se ha trasladado del mismo modo a este nuestro “primer mundo”. Un ejemplo que nos ha traído la crisis puede ilustrarnos. Las entidades financieras se han agrupado para dar formación en escuelas y a colectivos menos informados sobre sus productos. Les hablan de su conveniencia y –al menos debieran- hablarles de sus peligros.

Para evitar la desconfianza de que el formador sufra un conflicto de interés, en ocasiones lo que se hace es apoyar que sean otras personas, presuntamente independientes y objetivas, quienes transmitan este conocimiento. Así nacen los proyectos de educación financiera como el de SéDé, impulsado por la Consultoría Social Empresarial de ICADE e impartido por los estudiantes de la Facultad de Empresariales. Una experiencia muy valorada por quienes dan y reciben la formación.

Es necesario que se reduzcan las desigualdades también en la educación. Las empresas tienen mucho que decir al respecto. Pueden, como en los ejemplos, apoyar a quienes trabajan en este objetivo, lejos y cerca de donde se desarrolla la actividad empresarial. Si no promueven las empresas el acceso a una educación de calidad para todos, ¿quién comprará sus productos? ¿Quién los desarrollará? ¿Quién conseguirá ver el potencial para mejorar el negocio y su aportación a un futuro mejor? La educación es una vía muy potente de diálogo de la empresa con la sociedad. Potenciarla no es una opción, es una necesidad.

 

Imagen de Educación para Todos (UNESCO).

 

 

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