Miedos y Tecnología. Las nuevas fobias digitales

Mezclar las palabras miedos y tecnología suele ser un tema recurrente desde hace siglos. No es necesario remontarse a la edad media ni a siglos posteriores para ver cómo al ser humano le asustan sus propias creaciones. Y no sólo eso, sino que una novedad tecnológica, ya sea por el dispositivo en sí o por el uso novedoso del mismo, añade nuevos miedos al listado. Ahora que parece que todo lo nuevo tiene que ser digital o no ser, aparecen nuevas fobias digitales.

Aunque en mi humilde opinión, la tecnología no tiene tanto que ver en esto, sino nuestra imperfecta condición humana, y la manipulación a la que se nos somete en nuestras sociedades actuales. Os pongo algunos ejemplos que suelen repetirse cíclic
amente en los medios:

  • El FOMO: Últimamente he leído en varios medios sobre empresa digital la típica frase “periodísticoapocalítica” que empieza por un “vuelve el”, aplicado al FOMO en las empresas digitales. Este es un miedo tan típico y antiguo como humano: el miedo a no enterarse de lo que pasa en tu contexto social. Sólo que le hemos puesto unas molonas siglas: FOMO, del inglés “fear of missing out”. En castellano sería algo a sí como “miedo a quedarse fuera”, “miedo a no enterarse de nada” o miedo a que mis amigos se diviertan y yo no me esté enterando. Lo que más que hacia miedo, tira hacia envidia. La empresa tiene miedos humanos, porque las empresas están conformadas por personas, ¿no? Seguro que también les ha venido a la cabeza “el grupo de Whatsapp de” en el que reciben 200 mensajes diarios y del que “no te puedes salir”. Tienes que estar ahí por si acaso … claro. Pues ese miedo tan humano existía antes de que aparecieran las tecnologías de comunicaciones y seguirá existiendo cuando aparezcan otras. Un miedo atroz y dañino, que nos hace perder la conexión con lo que realmente está pasando delante de nuestras narices y nos impide disfrutar de nuestra realidad tangible.
  • la nomofobia: Este término no tienen nada que ver con que no te gusten las miniaturas de cerámica del jardín de algún vecino. Sino que se refiere al miedo irracional a salir de casa sin el móvil. Sí. Tan simple como eso. Esa ansiedad que produce el olvidarse el móvil al salir con prisas, y que en mi humilde opinión, es culpa simple y llanamente de que también debes sufrir de FOMO. Porque … te puede preocupar que te hayas podido olvidar tu herramienta de trabajo, si es que es el caso, por el tema de la agenda, las notas, la grabadora, la cámara y todo lo que puedas usar de un smartphone para tu ejercicio laboral. O te puede preocupar el que haya desaparecido el 99% de las cabinas desde las que llamar en caso de apuro. Pero en un gran número de casos, hay que reconocerlo, lo que provoca ansiedad es la preocupación de lo que pueda estar pasando en tu Whatsapp o en tu Instagram y no enterarte … o ¿no?
  • Y un último ejemplo que también ha estado muy de actualidad últimamente es la fobia más amplia: la tecnofobia, o más en concreto, la ciberfobia. Ese miedo que empieza a cundir a cualquier engendro informatizado, electrónico o digital. Y que claramente los medios de comunicación no dejan de amplificar. Que si los robots nos van a mandar al paro.  Que si los virus informáticos que bloquean grandes empresas dan miedo y por eso mejor ni uso un ordenador. Todo se achaca a la magia negra tecnológica que sólo unos pocos pueden desentrañar. Pero en el fondo el factor determinante es el humano. Igual que los gremios de siglos anteriores tuvieron miedo de los engendros mecánicos novedosos de su época, ahora tenemos miedo de los “engendros digitales”. Porque nos van a obligar a movernos de nuestra comodidad, o como dicen ahora, de nuestra “zona de confort”. Zona en la que se está muy a gusto, pero que no vale para siempre. Y de la que para querer salir, es necesario aprender a aprender cosas nuevas.

Como decía al principio, es muy humano buscar un culpable externo de lo que sea que pase, y más aún en ámbitos poco conocidos. Lo que demuestra que la tecnología es entonces una gran desconocida, y más aún sus usos, implicaciones y responsabilidades. Pero no deberíamos, por no conocerlo, convertir a las nuevas tecnologías en la nueva brujería, dado que tiene poco de arcano y mucho de lógico. Se puede llegar a conocer, aprender y a adquirir competencias tecnológicas de todo tipo. Ayudaría que hubiera menos manipulación mediática para acelerar su adopción, y más formación para que esa adopción temprana fuese un proceso natural.

Por supuesto que esto no exime a las nuevas tecnologías de peligros. Pero la mejor forma de contrarrestar esa peligrosidad es la educación. De la misma forma que sigue siendo peligroso navegar por el océano abierto, pero ahora lo hacemos con la tranquilidad de saber que no nos caeremos por el borde de un abismo porque sabemos que la Tierra es redonda. Y eso lo sabemos no porque lo hayamos comprobado en nuestras carnes, o lo hayamos visto en Google Earth, sino gracias a la educación y la formación que hemos recibido y heredado de lo que fue un cúmulo de innovaciones científicas, tecnológicas y otros muchos factores socieconómicos y humanos. Principalmente la curiosidad, que vamos perdiendo cada vez más como especie.
En conclusión, creo que lo ocurre puede resumirse en que algo nuevo y tan potente como la transformación tecnológica genera cambios a nuestro alrededor. Y lo que sí es comprobable es que los humanos le tenemos mucho miedo al cambio.
También es cierto que una vez que vemos que después de un cambio no ocurre nada malo, o incluso que todo va a mejor, no hay quien nos pare en su uso hasta el abuso. Por tanto, seguiré defendiendo firmemente que hay que educar más y “convencer” menos. Y en tecnología aún más, para que todo el mundo pueda adquirir el suficiente pensamiento crítico para poder usarla con cordura y disfrutar mucho de ella cuanto antes.

Y curiosidad. Mucha curiosidad. Curiosidad educada, sin peligro de los gatos.

 

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