Física y metafísica

Aún impactado por los terremotos en Ecuador y Japón, hoy os ofrezco un repaso de algunas nociones básicas de la física. Concretamente, cuatro. Fuerza, energía, trabajo y potencia. Como estamos en tiempo de Pascua, lo voy a hacer rastreando un poco cómo aparecen esos términos en el Nuevo Testamento. Lo cierto es que los escritores cristianos de la primera generación ni sabían mucho de la física newtoniana (¡claro!) ni se preocupaban demasiado por estas cuestiones. Pero me parece que, si cruzamos estas nociones de la física material con otras de la metafísica espiritual, podemos encontrar algunas sorpresas jugosas. Por si acaso, pido un poco de paciencia. Total, son menos de las 900 palabras. Vamos allá.

Para no liarnos, dejo aquí la “chuleta” que sirve de recordatorio, por si alguien no tiene demasiado fresco lo que estudió en la ESO (o en la EGB!!)

  • Fuerza es masa por aceleración (F=m·a)
  • Trabajo es fuerza por desplazamiento (W=F· x)
  • Potencia es trabajo por unidad de tiempo (P=W/T)

Así pues, la fuerza puede definirse como toda acción capaz de modificar el estado de movimiento o de reposo de un cuerpo. El mejor ejemplo del Nuevo Testamento lo encontramos, creo yo, en la imagen de la levadura. “Un poco levadura hace fermentar toda la masa” (Gal 5, 9), que recoge una comparación que ya había empleado el mismo Jesús (Mt 13, 33-35). O sea, que la fuerza de la levadura modifica la masa, le imprime una aceleración, un dinamismo. No es extraño que, dentro de este campo semántico, dynamai sea el verbo más frecuente en los escritos neotestamentarios, del que se deriva el sustantivo dynamis, con empleos muy variados.El poder transformador del evangelio está llamado a fermentar toda la sociedad.

Photo Credit: it is elisa via Compfight cc
Photo Credit: it is elisa via Compfight cc

Una variante de esto es lo que llamamos la energía potencial (Ep=m·g·h), que viene a ser la energía asociada con la fuerza gravitatoria. En el latín de San Agustín encontramos la expresión “Amor meus, pondus meum”, es decir, “mi amor es mi peso”. O sea, que es el amor la fuerza que puede movilizar mi cuerpo, mi vida, mi persona. Ponerme en movimiento, superar la inercia, cambiar la orientación de mi existencia. Así pasaríamos de la energía potencial a la energía cinética (Ec=1/2 mv2), de la idea a la realidad. En todo caso, es importante caer en la cuenta de que  no estamos hablando, sin más, de masa sino de energía y fuerza, es decir, de la interacción que establece ese cuerpo con otro. La energía se nos activa en la interacción personal. Es ahí donde desplegamos nuestras capacidades.

El trabajo aparece como resultado de aplicar una fuerza a un cuerpo, provocando un desplazamiento. En el griego del Nuevo Testamento encontramos el verbo ergazomai (trabajar) y el sustantivo ergon (obra, tarea). Tienen particular importancia, sobre todo, en el evangelio de Juan y en las cartas de Pablo. Los trabajos de Jesús y sus obras suponen un impacto en la gente y en el mundo, que ciertamente provoca un desplazamiento en ellos. En Efesios 1,20 aparece la palabra energeia, cuando habla de “la eficacia de su fuerza poderosa [de Dios Padre]: poder que ejerció en Cristo resucitándolo de la muerte”.

Ya vemos que los traductores del Nuevo Testamento fluctúan a la hora de elegir los términos precisos, dado que no están pensando en categorías de la física moderna, evidentemente. Pero es que, además, la potencia viene a ser la intensidad de un trabajo concentrado en el tiempo. Algo así como lo que ocurre en un terremoto, o cuando el motor de un coche tiene que superar un obstáculo o acelerar de manera inesperada… o el mismo acontecimiento de la Resurrección. El apóstol Pablo dice con claridad: “Quiero tomar conciencia de la potencia de la resurrección” (Flp 3, 10) porque ha experimentado la fuerza de Dios en la debilidad de la Cruz (1 Cor 1, 18-25) y en su propia existencia frágil (2 Cor 12, 9-10). Y es que la resurrección de Cristo se presenta como la manifestación suprema del poder divino (Rom 1, 4; 1 Cor 6,14).

Dibujo de Dijwar Ibrahim
Dibujo de Dijwar Ibrahim

¿Cuál es la fuerza de un poema, digamos uno breve de  Benedetti o de Machado? Pues que, partiendo de la masa que son las palabras brutas, es capaz de removernos por dentro  y movilizarnos; que nos da energía y nos lanza al trabajo. ¿Y dónde está el matiz que aporta una gran novela, digamos  El Quijote? Pues que lo sostiene en el tiempo, de la narración y de los siglos, con una potencia inaudita.

¿Y nuestra vida? Nuestra masa puede quedar estremecida por un gesto como el del Papa en Lesbos o por imágenes como las que han ganado el Premio Ortega y Gasset que, sin duda, tienen mucha fuerza. La cuestión es saber si podremos convertir todo ello en energía útil, en un trabajo que provoque desplazamientos sociales, culturales, políticos. Y, también, si sabremos mantenerlo en el tiempo, con potencia real, con compromisos perdurables.

Termino, pues, con una conocida frase, atribuida a Bertolt Brecht: “Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años, y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida, esos son los imprescindibles”. En eso estamos.


Nota final. Quizá otro día retomemos estas cuestiones, de la mano de las sugerentes reflexiones de la filósofa judía Simone Weil sobre la gravedad y la gracia, que también habla de masa, fuerza, energía…

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2 Comentarios

  1. Gracias, Carmen. El principio de acción y reacción es otra de las leyes de la física. Claro que los humanos somos más complejos o sofisticados, más reflexivos, más proyectivos… No sirve el mero estímulo-respuesta. Así que, sí, leer y pensar, acercarse y sentir, actuar y vivir… Gracias a ti, Carmen.

  2. Daniel, gracias. Me has hecho pensar y ya eso es bueno. A ver si reacciono. Un abrazo

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