Finanzas solidarias: cuando la Vida sigue

Laly Serrano

Presidenta FIDES Banca Ética – Extremadura

Conocí a Juana en el cementerio del pueblo de mis padres. Siempre vamos en verano, como tantos que viven lejos de sus raíces. Esos días la agenda consiste en estar con la familia y con los amigos, conversar sólo por el placer de hacerlo, comer a todas horas y hacer alguna que otra excursión. El cementerio también es visita obligada para “estar” con los que ya no están y colaborar  una vez al año aunque sea, en mantener sus tumbas limpias y con flores frescas.

Allí estaba Juana aquel mes de agosto. Delante de la tumba de su marido, muerto hacía un año. Se afanaba en limpiar la lápida cuando la abordó una prima mía que me acompañaba: “Buenos días Juana, ¿cómo te encuentras? Ésta es la prima de la que te hablé, la que pertenece a una asociación de finanzas solidarias. Quizá pueda ayudarte”.

Juana era joven, tenía dos hijos adolescentes y mucha vida por delante, pero la muerte se había presentado sin previo aviso y la había paralizado de repente. Su marido, Antonio, era muy buen mecánico, trabajaba día y noche en su pequeño taller, mientras ella cuidaba de su familia. Pensaba tener su propio negocio más adelante, cuando los niños fueran un poco mayores, pero todo se truncó al enfermar Antonio. Murió a los pocos meses.

Cuando yo la conocí, vi una mujer sonriente y decidida, con un leve poso de tristeza en los ojos y  la determinación de aferrarse a la vida como fuera. Ya había pasado lo más oscuro del duelo, había tenido que ordenar muchas cosas, de las que se ven y de las que no, y  había decidido seguir adelante con su idea de montar una pequeña tienda. Nos necesitaba para anticiparle la subvención de autónomos que le habían concedido, a veces tardaban un año en pagarla y ella no podía esperar tanto tiempo. El banco le pedía avales porque no tenía historial crediticio y aún estaba pagando los créditos del taller de su marido, a veces con mucho esfuerzo y algo de retraso. Su familia la avalaría, pero no quería que asumieran este riesgo, ya hacían bastante por ella y por sus hijos.

Me contó que sentía que Antonio la animaba y ella ya se veía capaz. Desde que murió, iba todas las semanas al cementerio, limpiaba la lápida y le cambiaba las flores. Rezaba y hablaba con él en una suerte de diálogo sin palabras. “Si Dios es un Dios de vivos, no es raro que yo hable con Antonio y que sienta que me responde de alguna forma, ¿verdad?”.

Le concedimos la ayuda y comenzamos una amistad que sigue hoy y que se renueva cada año. Fue algo no previsto, comenzamos hablando de la ayuda y, una vez resuelta, continuamos hablando y hablando durante ese verano y durante los siguientes veranos en el pueblo, sin horas, sin prisas y sin orden ninguno, de todos los temas, también de la muerte, y uno o dos días íbamos juntas al cementerio.

Las dos tenemos a nuestra familia entre dos mundos y es reconfortante poder hablar con alguien de la muerte de forma natural, sin que te miren con cara de horror y cambien en seguida de tema, o hagan bromas para rebajar la tensión. En cambio, ir con Juana al cementerio es un disfrute, porque lo es ver su serenidad y el cariño con el que sigue cuidando y hablando a los suyos. Ella dice que las lápidas son ventanas pequeñas a lo eterno, y cuando las limpia es como si pudiera ver más allá. En los tiempos que corren, es un prodigio comprobar cómo integra la vida y la muerte, el dolor infinito y la alegría de vivir, las dudas y la energía para salir adelante. Y es que Juana misma es un prodigio, a mí no me cabe ninguna duda.

Habrá quien no lo entienda, porque en esta sociedad tan aséptica con el tema de los difuntos, los cementerios y los muertos son una anomalía que no hay que ver, en los que no hay que pensar. Y esto no deja de ser una incapacidad, quizá una de las peores, porque nos deja totalmente indefensos ante algo inexorable. Aunque a nosotros no nos pasa, porque tenemos a Juana.

Es lo que pasa con el dinero cuando deja de ser un fin en sí mismo y se utiliza para servir a las personas, cuando vuelve a ser un medio para relacionarnos unos con otros, que nos trae regalos como ella. Nadie puede decir que nuestras ayudas a tipo cero no son rentables.

 

1 Comentario

  1. Magnífica entrada. Quizás sea más fácil hablar de la muerte en el mundo rural. Quizás porque allí se viva la vida desnuda con más facilidad. Quizás porque allí hay tiempo, y no se anda buscando desesperadamente como tantas veces en la ciudad, incluso tratando de quitárselo a la misma muerte…

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here