¿El fin de la ‘titulitis’?

Jorge Luis Rodríguez Oropeza

Vuelve a circular en internet una entrevista realizada en 2013 a quien entonces era vicepresidente de Recursos Humanos de Google, Lazlo Bock. Esta ha sido resumida básicamente en lo siguiente: el expediente académico no sirve para nada como criterio para contratar porque no existe correlación entre éste y el desempeño en el trabajo.

En esta misma línea, el primer ejecutivo de ADECCO, en la reunión del Foro Económico Mundial de este año, declaró que “el viejo paradigma de estudiar una carrera seguida por una trayectoria en ese campo ya no funcionará” y reitera la necesidad de reaccionar al cambio permanente mediante el aprendizaje a lo largo de toda la vida.

En principio, estas tesis no tendrían que llamarnos demasiado la atención puesto que en sí no desvelan nada nuevo. Por un lado, el índice académico, expediente académico o GPA no es otra cosa que un indicador de la trayectoria académica; no certifica el conocimiento ni es un indicador de empleabilidad. Y por otro, la necesidad del aprendizaje continuo no es nada nuevo; bien podría atribuirse a Heráclito.

Nos llama la atención no por lo que dice sino por lo que se deja de decir, por lo que puede parecer y por su propagación en las redes de manera creciente.

Lo que no se dice

Lo primero que no se dice es que así como un buen expediente académico no garantiza el empleo, tampoco lo obstaculiza. Precisamente eso es lo que significa que no hay correlación. Una buena media de calificaciones no tiene por qué estar reñida con los conocimientos, las conductas o habilidades que una empresa valora en las personas que quiere contratar.

De la misma forma, estudiar una carrera no significa cerrar la puerta al aprendizaje continuo, sino que puede ser la preparación para el mismo.

Lo que puede parecer

Lo que puede parecer es aún más delicado, porque pudiera interpretarse que estudiar u obtener una titulación ya no tiene tanto sentido y menos si es con un sobresaliente. Se nos antoja inoportuno por lo siguiente:

  • España tiene la segunda ratio de abandono escolar más alta de Europa (20% en jóvenes de 18 – 24 años).
  • De igual forma, uno de cada cuatro jóvenes de la misma franja etaria no está formándose bajo ninguna modalidad y no está trabajando.
  • El mito de los garajes acecha a los jóvenes. La idea romántica de que encerrarse en un garaje con una idea y mucho tesón nos catapulta al éxito, se ha convertido en una suerte de vivero de precipicio en la que muchos quieren probar suerte sin tener las herramientas necesarias para emprender.
  • El sistema educativo, plagado de imperfecciones, requiere reformas, mejoras y sobre todo adaptación, pero no su supresión. Y en caso de que fuese necesaria su eliminación deberíamos tener una propuesta alternativa.

La propagación en redes

En lo que respecta a la propagación de estas propuestas, más parecidas a una predicción futurológica que a una teoría sustentada, lo que nos preocupa es que pueda acabar convirtiéndose en moda. Una profecía autocumplida en la que los grandes demandantes de empleo terminen convirtiendo en “viral” que tener estudios no es una vía de realización profesional y personal. El fin de la titulitis.

Es posible que, exista una desconexión entre lo que el mercado laboral demanda y lo que las universidades ofrecen, pero lo que ven los jóvenes en realidad es que no hay sobreoferta para ningún trabajo, ni con estudios ni sin ellos.

El desafío que nos aguarda requiere transformar la escuela, la familia, la ciudad y la empresa; despertar al Diplodocus, lo llama José Antonio Marina. Pero para eso, también es necesario estudiar; no se transforma la realidad sentándose a desear ser como Marc Zuckerberg o  como Steve Jobs. Más bien tiene que ver con convertirse en nómadas del aprendizaje.

Quizá la carrera que tengan que estudiar nuestros jóvenes sea la de aprender a aprender constantemente, y convendría que en ésta obtengan un sobresaliente.


Imagen: venezolanoenchile.com/wp-content/uploads/2017/03/titulos-1014×487.jpg

1 Comentario

  1. ¿Y no hay detrás, en el fondo, la idea de desestructurar expectativas, de precarizar la vida, de forma que toda ella tenga que girar en torno al deseo nunca suficientemente satisfecho de encontrar un acomodo laboral en la vida? ¿No es otra “mentira” más del modelo desarrollista en el que estamos inmersos, que tanto se critica, pero ante al que, finalmente, nadie se opone seriamente?
    Hay que decir alto y claro, con el papa Francisco, que hace falta una economía pensada para las personas, para todas las personas y no sólo para unas pocas privilegiadas, y uno tener a toda la humanidad, o a su inmensa mayoría, al servicio de una economía diseñada para favorecer a un grupo privilegiado.
    Un abrazo
    MIGUEL ÁNGEL

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