El «filtro burbuja» de internet

Se acaba de publicar en español el libro The Filter Bubble de Eli Pariser (El filtro burbuja, editorial Taurus). Habiéndose publicado el original en 2011, podría pensarse que habrá perdido actualidad, pero no es así. Tampoco pretendo venderles el libro: uno de los muchos de lectura amena que se han escrito en los últimos años para atemperar el entusiasmo de quienes creían que internet iba a ser la arcadia utópica de la inteligencia colectiva y la democracia participativa.

La tesis principal del libro es que los famosos logaritmos de Google, Facebook y otros que facilitan la personalización de la información que recibimos en internet, impiden que tengamos acceso a opiniones y visiones del mundo alternativas a las nuestras. Paradójicamente, la ventana abierta al mundo que internet estaba llamada a ser va convirtiéndose en un espejo que solo proyecta el reflejo de nuestros propios intereses, gustos e ideas.

Pros y contras de los algoritmos

Los algoritmos tienen sus ventajas, es indudable. El negocio de Netflix se basa en su capacidad de acertar las preferencias de sus clientes: esta compañía es capaz de predecir lo mucho que va a gustarle a uno de sus clientes una película con un margen de error de media estrellita. Y los usuarios lo valoran, al igual que lo hacen los de Amazon: las decisiones de consumo se toman con un gran nivel de confianza.

Pero ¿cuál es el precio que pagamos por ello? Si nos ponemos catastrofistas ―y Eli Pariser lo hace― podemos pensar que viviremos en un mundo en el que se nos sirve información y productos culturales en base al «tipo de persona» al que, según un algoritmo, se ajustan nuestras búsquedas y compras precedentes. El algoritmo se convierte además en una profecía autocumplida, al servicio de enormes intereses de negocio: si yo escucho un tema de Iron Maiden en Spotify y atiendo las recomendaciones que me hace la web para que escuche otros clásicos del heavy metal, lo más probable es que, efectivamente, termine aficionándome a ese tipo de música y, de hecho, la web acertará al ofrecerme dentro de un tiempo anuncios de camisetas de grupos heavy. Si, por el contrario, compro en Amazon un disco de un compositor dodecafonista del siglo XX, es probable que me resulte sugerente el libro sobre arte abstracto que la web me ofrecerá, basándose en el tipo de decisiones de compra que toman quienes escuchan esa música.

El problema somos nosotros

La alarma que lanza Eli Pariser se justificaría si todo internet ―no solo algunos servicios comerciales― funcionaran con esta lógica que él denomina «filtro burbuja». Pariser intenta convencernos de que eso es precisamente lo que empezó a ocurrir en 2009. Desde aquel año, Google personaliza los resultados de las búsquedas en base a diferente información en su poder sobre nosotros ―en contra de lo que algunos piensan, Google no responde con los mismos resultados para todos sus usuarios al introducir los mismos términos de búsqueda―.

En mi opinión Pariser exagera la importancia del uso de algoritmos. El «filtro burbuja» existe, pero si solo fuera por los algoritmos, las posibilidades de comunicación que ofrece internet ―la facilidad para encontrar información diversa y sorprendente― compensarían fácilmente esa influencia «encapsuladora». Y sin embargo, sí creo que el «filtro burbuja» existe, y es además en mi opinión una de las paradojas más alarmantes de la era digital. Pero ese efecto no se debe principalmente a los algoritmos, sino a la lógica con la que los usuarios se manejan en las redes sociales, a la que contribuye también la propia estructura de las redes sociales.

Creo que el libro de Pariser no subraya suficientemente este aspecto, aunque lo mencione. Quizás porque el problema se ha hecho más evidente en los seis años transcurridos desde que lo publicó. Me referiré a ello en mi próximo post.

1 Comentario

  1. Acertado artículo. El problema lo tenemos nosotros. El efecto burbuja es tan evidente en internet como en el grupo de amigos o alrededor de cualquier lider. Si nos rodeamos solo de lo que nos agrada, acabamos teniendo una idea muy deformada de la realidad.

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