Educación, filosofía y feminismo. Un pequeño homenaje.

Puente Fernández Casado en la Mérida de España. Foto de la autora.

Me gusta imaginar que los ojos de los puentes esconden una dimensión que se nos escapa, oculta a nuestros ojos por las maravillas de la física cuántica. Fantaseo con que habitan en ella los que ya no están, y nos observan desde el otro lado, felices porque ya conocen todas las repuestas.

La semana pasada cruzó a ese otro lado una mujer que paseaba a menudo por el puente de la foto. Ese puente tiene un colegio en uno de sus extremos y ella es una de mis profesoras que más recuerdo.

Me doy cuenta de que son muchas las personas queridas que han partido desde que empecé mi andadura como colaboradora en entreParéntesis. Es cierto que es algo que forma parte de la normalidad del mundo, un suceso que aumenta su frecuencia según vamos cumpliendo años … y ya tengo unos cuantos, pero no dejo de sobrecogerme por eso. Igual que no deja de sobrecogerme la ceguera ante la muerte de esta sociedad tan trepidante y frágil, y la desesperación y el horror en el que esa ceguera desemboca “cuando la muerte irrumpe”, como el título del artículo de Fernanda Guevara-Rivera que os dejo aquí por si no lo habéis leído.

Cuánto me gustó ese artículo, su poso denso de consuelo y esperanza, su argumentación filosófica impecable, tan encarnada y tan humana, tan vivida en una palabra. Quería manifestárselo aquí, de vecina a vecina de la casa de entreParéntesis, para que sienta que la acompañamos desde este lado del Atlántico y celebramos con ella que “en nuestras vidas el amor no muere”, que “la muerte no tiene la última palabra, ni  en los que nos han dejado con su partida física ni en los que nos quedamos”.

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Y unidas como estamos solo por las palabras (seguro que también por el Espíritu), me ilusiona que Fernanda sepa que yo de jovencita quise ser filósofa, como es ella, y que la mujer de la que me despido en este artículo fue mi profesora de filosofía: filósofa, feminista y monja escolapia. 

Este post quiere ser un pequeño homenaje para ella, para nuestra querida Madre Dolores Raya, y ahora que en España termina el curso escolar, también para todos los educadores que ejercen de tales: los que se ocupan de abrir las mentes de sus alumnos, de confrontarles con la realidad y plantearles con pasión cómo aspirar a una vida plena, cómo ser la mejor versión de uno mismo.

A raíz de la muerte de Madre Raya hemos recordado muchas historias, muchas sensaciones, muchos de sus mensajes. Quizá sus alumnas no consigamos recordar los nombres de los filósofos presocráticos, o las soluciones de aquellos liosos ejercicios de lógica, pero sí tenemos muy presente ese afán suyo por desmontar falsas certezas, por desenmascarar dañinos estereotipos, por replantearnos todo lo que se daba por sentado. Nos obligaba literalmente a pensar, a dudar, con una fuerza de carácter asombrosa y una alegría desbordante.

Ahora hemos sabido que algún obispo la llamó al orden por pretender que sus alumnas conocieran la realidad tal cual es, por evitar que vivieran en una inmaculada y perfecta (e insostenible) burbuja y querer que se prepararan en condiciones para la vida real. Ella no se doblegó, y yo no puedo estar más orgullosa. Quizá hasta su muerte no hemos sido conscientes del regalo que fue su paso por nuestras vidas, de la fuerza que nos insufló para convertirnos en las mujeres que somos hoy.

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Y es que podremos mejorar al infinito los sistemas de enseñanza, tener los métodos más innovadores, la tecnología más avanzada, pero la pieza fundamental siempre estará en la relación entre el profesor y el alumno, en lograr esa corriente de cariño y respeto mutuo sobre la que basar la adquisición de conocimientos de calidad y la formación integral de los niños y niñas. Porque lo que se graba a fuego en esa etapa son las actitudes de tus maestros. Su ejemplo, su cariño y su dedicación son tesoros que guardas toda la vida, que te recuerdan quién eres y te siguen ayudando cada vez que pasas por alguna zona oscura.

El ejemplo de Madre Raya fue el de una mujer visionaria, adelantada a su tiempo, una mujer totalmente libre, de inteligencia brillante, que quiso contagiar esa libertad y esa fortaleza a sus alumnas. Muchas de mis compañeras de entonces han comentado estos días cómo nos animaba a creer en nosotras mismas, en nuestras habilidades y fortalezas, a luchar contra el miedo, a prescindir de convenciones sociales absurdas y limitantes, y sobre todo a formarnos para ser grandes profesionales y trabajar sin complejos en un mundo de hombres. “Nada hay que no podáis hacer”, esa era su convicción.

Conmigo, su visión era que me dedicara a escribir, insistía en que escribiera y escribiera, en que me convirtiera en una gran periodista (todas sus alumnas teníamos que ser grandes en lo que fuera) … No le hice mucho caso … Bueno, algo sí, porque aquí estoy, escribiendo una vez más, como ella me veía, en esta ocasión para celebrar y agradecer su Vida y la de todos los buenos docentes. ¡¡Va por vosotros!! y a los de España, mis deseos de un muy feliz verano.

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