La Marcha de las Mujeres sobre Washinton, prevista para el día después de la toma de posesión de Donald Trump, unirá a “gentes de todos los géneros, edades, razas, culturas, afiliaciones políticas y trasfondos”, de acuerdo con los organizadores del acto, “para afirmar nuestra humanidad común y pronunciar nuestro firme mensaje de resistencia y autodeterminación”. Hasta la fecha, más de un millón de personas en 600 localidades de todo el mundo, se han comprometido a manifestarse el 21 de enero.

Las activistas pro-vida, sin embargo, han encontrado resistencia por parte de los convocantes oficiales de la manifestación. El viernes pasado, el pequeño grupo pro-vida New Wave Feminists (Feministas de la Nueva Ola) estaba incluido como socio en el website del acto, junto a Planned Parenthood o NARAL, pero desapareció unos días después, con disculpas públicas de los organizadores, que difundieron la siguiente declaración:

El programa de la Marcha de las Mujeres es pro-elección y esa ha sido nuestra postura desde el principio. Queremos asegurar a todos nuestros socios, así como a los participantes, que somos pro-elección tal como se expresa claramente en nuestros ‘Principios de Unidad’. Esperamos manifestarnos representando a individuos que comparten la visión de que las mujeres merecen el derecho de tomar sus propias decisiones reproductivas. La referida organización anti-elección no es un socio de la Marcha de las Mujeres a Washington. Pedimos disculpas por este error.

Ocho principios unitarios forman el núcleo de valores de la marcha. El segundo principio sobre libertad reproductiva (justo después del principio de que los cuerpos de las mujeres deben estar “libres de toda violencia”) apoya el “acceso abierto al aborto y al control de natalidad de un modo seguro, legal y asequible”. Cuando un artículo en The Atlantic destacó la participación pro-vida en la marcha y señaló el papel de las Feministas de la Nueva Ola, una tormenta de feministas pro-elección en Twitter expresó la incomodidad ante la presencia pro-vida.

 

 

Aparentemente, el paraguas de la humanidad compartida solo se abre hasta aquí.

En una era que celebra cómo se desmantelan las normas y las barreras de género, el criterio sobre la “mujeridad” de la marcha no está abierto al debate. Como escribe Christina Cautercci en Slate, “Si algunas mujeres deciden que no pueden estar detrás de los abortos financiados por Medicaid [sanidad pública], un sistema humano de inmigración y una policía que responda por sus crímenes contra las personas de color, la marcha no les echará de menos”. Para las feministas de este tipo, la mentalidad pro-vida no es una postura opuesta. Es un mal intrínseco, inexcusable en todas circunstancias, incluso repulsivo, algo que debe ser comparado a la crueldad contra los inmigrantes y la violencia motivada por raza.

Esta actitud agrava una división cultural ya bastante pronunciada. Va en contra del discurso de despedida del Presidente Obama, que urgía a los norteamericanos a abrazar un sentido de solidaridad, así como un debate sano, parte integral de una sociedad democrática.

La exclusión de los socios pro-vida en esta marcha también se equivoca a la hora de reconocer las complejas visiones sobre el aborto en los Estados Unidos. En 2016, una encuesta de Gallup mostraba que, mientras el 47% de los norteamericanos se identifica como pro-elección, 47% también creen que el aborto está éticamente mal y más de un tercio de los norteamericanos creen que el aborto debería ser legal solo en unas pocas circunstancias. La mentalidad todo-o-nada de las organizadoras de la Marcha no responde a los datos de las encuestas de opinión.

Con todo, dado la importancia y la atención mediática, la Marcha de las Mujeres está construyendo un argumento creíble acerca de lo que significa ser mujer hoy, y sobre lo que no. Al encorsetar a las participantes pro-vida, la Marcha crea un tipo especial de crisis de identidad para una feminista católica. No importa con cuánta fuerza se posicione sobre los temas migratorios o la equidad racial, su postura sobre el útero es tan ofensiva que no le permiten acompañar a su hermana con hiyab o a una compañera superviviente de agresión sexual. Le han etiquetado como votante de un único tema, cosa que ella ni reclamaba ni pretendía.

El rechazo de la alianza pro-vida en la Marcha de las Mujeres lanza el mensaje de que una hermana, hija o madre pro-vida no es solo una oponente ideológica. No es una mujer de verdad o, si lo es, es del tipo equivocado.

Esta retórica no es nueva. Wendy Doniger, profesora en la Divinity School de la Universidad de Chicago, escribió en 2008 que “la gran hipocresía de Sarah Palin es su pretensión de que es una mujer”. Con todo, debemos reconocer que estas negaciones de la “mujeridad” son, en el fondo, una negación de la humanidad. La des-feminización es una deshumanización. ¿Qué ocurre cuando deshumanizamos a quienes encarnan valores diferentes, cuando pensamos que son menos racionales, menos dignas de participar en la sociedad que nosotros o nosotras? Históricamente, eso nunca ha ido bien. Condenemos las posturas de otras personas, si hay que hacerlo; pero nunca condenemos su humanidad.

En todo caso, las Feministas de la Nueva Ola irán a la Marcha de las Mujeres, junto con otros valientes grupos pro-vida. Se manifestarán por las mujeres en el útero, que tampoco cuentan como mujeres reales. Apenas una semana después, una multitud en número semejante, muy joven y muy femenina, se manifestará en la Marcha por la Vida. La suya será una idea bastante distinta de “mujeridad”. Aunque el programa de la Marcha por la Vida no es tan completo como los principios unitarios de la Marcha de Mujeres, el acto recogerá la intersección del aborto con muchos de esos mismos principios de unidad: raza, violencia, estatus migratorio, discapacidad y los derechos de los trabajadores.

Pero no habrá verdadero progreso en los derechos de las mujeres mientras los grupos pro-elección y pro-vida reconozcan la “mujeridad” compartida que subyace a los principios que defienden. Si no somos capaces de marchar un par de kilómetros en los zapatos de otra mujer, lo menos que podríamos es caminarlos junto a ella.

Autora: Jean Sloan Peters. Candidata al doctorado en la universidad de Marquette. El artículo, original en inglés, se publicó en America Magazine el 19 de enero de 2017 y se publica con permiso. La traducción es de entreParéntesis.

Aquí ofrecemos los enlaces a otros dos artículos sobre esta misma cuestión: