Thomas Merton nació el 31 de enero de 1915. Se cumplen, pues, exactamente cien años del nacimiento que uno de los más importantes místicos del siglo XX y una de las figuras más relevantes del catolicismo estadounidense. Por este motivo queremos evocar su figura. Lo hacemos con una semblanza escrita por el jesuita Javier Melloni, publicada originalmente en la revista El Ciervo y, más tarde, en el libro Voces de la mística II.

Polémico y polifacético monje cisterciense, Thomas Merton (1915-1968) se adelantó varias décadas a la sensibilidad de su generación. Hijo de un pintor neerlandés y de madre americana, nació y se formó en Europa, donde inició una brillante carrera literaria. Su conversión religiosa y su bautismo en la Iglesia católica (1938) lo llevaron a entrar a los veintiséis años en la abadía cisterciense de Getsemaní, en Kentucky (EE. UU.). Todos esos años de búsqueda quedaron relatados en su primer libro, La montaña de los siete círculos (1948), publicación que atrajo muchas vocaciones a la vida monástica. Maestro de novicios durante más de diez años, vivió la contradicción entre el anquilosamiento de la tradición monacal y las nuevas formas de vida contemplativa todavía por emerger.

Publicó en vida más de cuarenta libros, en los que trató de los temas más diversos: desde los aspectos clásicos de la vida espiritual hasta las grandes cuestiones del momento: la obsesión del hombre moderno por el hacer, la fiebre consumista, la causa pacifista contra la guerra de Viernam, entre otras. Su búsqueda lo llevó hacia las religiones de Oriente, donde la palabra cede el paso al silencio. Murió en un accidente (algunos afirman que fue un atentado de la CIA) durante un encuentro monástico interreligioso en Bangkok, después de haber pronunciado una conferencia sobre la vida monástica y el marxismo.

Dalai
Thomas Merton y el Dalai Lama en 1968

Seis días antes de su muerte (el 4 de diciembre de 1968), visitando unos templos budistas en Sri Lanka, tuvo quizás la experiencia más luminosa de su vida, tal como dejó anotado en su Diario. “Mientras miraba estas figuras, de repente, casi por fuerza, como en una sacudida, me sentí proyectado hacia fuera de la visión habitual, medio atada, que tenemos de las cosas, y se hizo evidente y obvia una claridad que parecía brotar en una suerte de explosión de las mismas rocas. (…) Todo es vacío y todo es compasión. Yo no sé si alguna otra vez en mi vida he tenido tal sensación de belleza y validez espiritual fluyendo juntas en una sola iluminación estética. Estoy seguro de que con esta experiencia mi peregrinación a Asia se ha aclarado y purificado”

Este texto evoca otra de sus experiencias-cumbre, acaecida el 18 de marzo de 1958 en Louisville, Kentucky, y recogida en el libro Conjeturas de un espectador culpable, publicado por Sal Terrae en 2011 (páginas 190-192).

“En Louisville, en la esquina entre la cuarta Avenida y la Walnut, en medio de un centro comercial, de repente me vi sobrecogido al comprender que amaba a todas aquellas personas, que yo era suyo y ellos míos, que no podíamos sernos extraños mutuamente, aunque fuéramos completamente desconocidos. Era como despertarse de un sueño de separación, de falso aislamiento en un mundo especial, el mundo de la renuncia y de la supuesta santidad. Toda esa ilusión de una existencia santa separada es un sueño (…).

WalnutSiento la inmensa alegría de ser hombre, miembro de la raza en la que Dios quiso encarnarse. ¡Como si los quebrantos y estupideces de la condición humana pudieran abrumarme, ahora que me doy cuenta de lo que somos todos! ¡Si todo el mundo pudiera comprenderlo! Pero es algo que no se puede explicar. No hay forma de explicar a la gente que mientras van por la vida, están brillando como el sol. Eso no quita nada de la sensación y valor de soledad, pues es función de la soledad hacer que uno se dé cuenta de estas cosas con una claridad tal que le sería imposible a alguien completamente inmerso en los cuidados e ilusiones de los otros, y en todos los automatismos de una existencia completamente colectiva. Mi soledad, sin embargo, no me pertenece pues ahora veo cuánto les pertenece a ellos, y veo  que tengo una responsabilidad por ella no solo con lo que a mí concierne, sino también a ellos. Por estar unido a ellos les debo a ellos el estar solo; y cuando estoy solo, ellos no son `ellos´ sino yo mismo. ¡No somos extraños! Es como si, de pronto, me hubiera percatado de la secreta belleza y la profundidad de sus corazones, adonde el pecado ni el deseo ni el autoconocimiento pueden llegar: el corazón mismo de su realidad, la persona que cada cual es a los ojos de Dios. ¡Si pudieran verse a sí mismos tal como son! ¡Si pudiéramos vernos siempre así unos a los otros! No habría entonces más guerra, ni más odio, ni más crueldad, ni más codicia. Supongo que el gran problema entonces sería que nos postraríamos para adornarnos unos a otros. Pero todo eso no se puede ver, sino solo creer y `comprender´ gracias a un don muy particular”.