La Felicidad está de Moda

CUANDO LA LIMOSNA DE TODOS NO ES LA LIMOSNA DE CADA UNO... Dibujo: Jorge Álvaro González @lineograma

¿Qué nos falta a los españoles para ser más felices? Confianza en nuestros políticos y gobernantes.

En 2012 la Asamblea General de la ONU decretó el 20 de marzo como el Día Internacional de la Felicidad, en un reconocimiento de este privilegiado estado de ánimo como una aspiración universal de los seres humanos. La RAE define felicidad como el estado de grata satisfacción espiritual y física. Cada vez más, gobiernos de todo el mundo consideran la felicidad como la medida adecuada para medir el progreso social y determinar los objetivos de la política pública. Desde Bután y su Índice de Felicidad Bruta para medir la felicidad colectiva y el bienestar de la población a las empresas de todo tipo, unos y otros comienzan a reconocer que los ciudadanos y empleados felices rinden más y contribuyen a una mejor sociedad. Definitivamente, la felicidad está de moda.

Y como todas las modas, ¿estará destinada a pasar? Me surge entonces la pregunta de si felicidad será solo otro nombre para la ignorancia, que también relaja mucho. En la intensidad de nuestros quehaceres y decires, se nos van los segundos y las horas discutiendo sobre cosas que seguro no nos hacen felices, empeñados en comprar tal o cual felicidad o en perseguir utopías políticas que nos deparen dicho estado.

Pero entonces, ¿qué nos hace felices?

Para que la felicidad de los ciudadanos pueda ser la meta política de nuestros gobernantes, es necesario concretar qué factores sociales puedan contribuir más a la misma. El Informe Mundial de la Felicidad 2017 de la ONU muestra que, aproximadamente, tres cuartas partes de la diferencia en los niveles de felicidad de los países del mundo se reduce a seis factores: esperanza de vida saludable, tener a alguien con quien contar en tiempos de problemas, generosidad, libertad de elección, nivel de ingresos y confianza, con este último medido por la ausencia de corrupción en los negocios y el gobierno.

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Como cabía de esperar, las clasificaciones contienen algunas sorpresas. Los países más felices no son necesariamente los más ricos. Aunque Estados Unidos ha duplicado su ingreso por persona en los últimos 40 años, esto parece no haber aumentado el bienestar subjetivo de su gente. Se ha deslizado al puesto 18, cinco peldaños menos que en 2016. Los investigadores citan la obesidad, la depresión y la adicción a los opioides como algunos de los factores que arrastran a los países ricos. Sin embargo, las personas en los países con cultura latina informaron que eran significativamente más felices de lo que sugeriría la riqueza de su país, la corrupción o los altos niveles de violencia, ya que su felicidad está conectada a fuertes lazos familiares.

Además, el 80% de la variación de felicidad en el mundo ocurre dentro de los países. En los países más ricos, las diferencias dentro del país no se explican principalmente por la desigualdad del ingreso, sino por las diferencias en relaciones personales y salud.

Y, ¿cómo queda España en el índice de felicidad?

Más allá de la clasificación, estamos en el puesto 34, es gratificante comprobar nuestras relaciones y el apoyo social, en especial de la familia, contribuye sustancialmente a nuestra felicidad. Si algo creo que nos diferencia, es nuestra capacidad para pasarlo bien y disfrutar, dando sin esperar algo a cambio, aunque sea nuestro tiempo libre. Habiendo pasado 10 años de mi vida en el exterior, he aprendido a valorar más las cosas buenas que tenemos, la familia y los amigos, y que muchas de las personas que he tenido la fortuna de encontrar y conocer valoran extraordinariamente de los españoles.

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Entonces, ¿por qué no tenemos una mejor posición?

La falta de confianza, sobre todo en nuestros políticos y gobernantes, es lo que lastra nuestra posición. La evolución de la percepción de la corrupción en los últimos años en España ha empeorado según el informe de transparencia internacional. Basta abrir la prensa cada día para comprobar esto.

Tal vez ha sido deprimente despertar, tras los mejores años de nuestro estado, y ser conscientes de que cuando votábamos para invertir los impuestos de todos también invertíamos los impuestos de cada uno. Y es que fundamentalmente estábamos invirtiendo el dinero de otros, el de los mayores, el de los estudiantes, el de los demás… En consecuencia, nos hemos vuelto muy suspicaces, quizás demasiado, lo que daña la necesaria confianza en nuestros políticos y gobernantes.

Aún así, tenemos muchas cosas buenas que nos hacen felices y de las que muchos quieren aprender y disfrutar. Por tanto, también podemos mejorar en nuestros niveles de confianza.

El profesor de Harvard, Ronald Heifetz, argumenta que para generar y contribuir a la confianza es necesario que nuestros líderes políticos, o cualquiera de nosotros:

  • Aprendamos públicamente, es decir, admitamos cuando nos equivocamos
  • Aceptemos la responsabilidad del problema
  • Gestionemos la posibilidad de decepcionar las expectativas de los otros
  • Reconozcamos lo que otros y nosotros podemos perder
  • Busquemos y construyamos alianzas

Me lamento cuando comprendo que nuestros políticos no cumplen casi ninguna de las condiciones anteriores. Y me pregunto, ¿se puede aprender a generar confianza? Quizás seamos los votantes quienes tengamos que exigir a los políticos que empiecen a practicar algunas de las acciones anteriores y, en consecuencia, se las reconozcamos positivamente a través de nuestra aceptación y voto para que puedan seguir aprendiendo. Quizás, también, tengamos que ser los ciudadanos quienes tengamos que practicar y generar confianza en nuestros entornos cercanos, tanto profesionales como personales.

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