Империализм, как высшая стадия национализма

La frase de arriba es una modificación del título de un famoso folleto de Lenin: “el imperialismo, fase superior del capitalismo”. La Unión Soviética demostró que nuestra modificación es más correcta: “el imperialismo, fase superior del nacionalismo“.

De entre todos los eventos en torno a la victoria de Donald Trump en los Estados Unidos, el más sorprendente (además de la victoria misma) me parece la felicitación de la señora Le Pen. Claro está que la señora Le Pen también saludó a Putin, congratuló a Tsipras, y aplaudió el Brexit. No hay desastre que desprecie la señora Le Pen.

Me extraña la felicitación porque una nacionalista francesa no debería alegrarse de que un nacionalista gobierne en los Estados Unidos. En eso hay una asimetría fundamental: un internacionalista (por ejemplo, un europeísta) se alegrará de que otros internacionalistas gobiernen, porque la misma convicción ideológica llevará a ambos a querer lazos más fuertes. Un nacionalista, al revés, debe temer la victoria de otros nacionalistas cuya promesa central es precisamente barrer para dentro; y cuanto más poderosos sean, más temibles. ¿O es que la señora Le Pen piensa que la Rusia de Putin, la Gran Bretaña separada, o los Estados Unidos de Trump van a contribuir al bienestar de los franceses?

El nacionalismo implica que estos personajes solo buscarán (en el mejor de los casos, si no son directamente demagogos) el bienestar de sus respectivos pueblos, sin importarles lo que pueda pasar a los demás, particularmente sin importarles si el otro gana con los intercambios. El nacionalismo es una forma de egoísmo. Y el que se alegra de que el otro sea egoísta, no demuestra ser egoísta él mismo, sino tonto.

Las cuentas no mienten: Donald Trump se propone bajar los impuestos (medida de corte liberal) e incrementar el gasto público con grandes planes de infraestructuras (medida de corte keynesiano). El resultado matemático de eso será un incremento del déficit, que deberá cubrirse (1) con deuda, o sea pegando una patada a la lata para que paguen los americanos del futuro; o (2) con inflación, o sea haciendo que paguen los actuales americanos de maneras muy desiguales.

Hasta ahí la economía “normal”, por así decirlo. Ahora vamos con la economía nacionalista. ¿Es posible mantener sostenidamente el consumo del pueblo americano por encima de su produción, sin incrementar la deuda ni devaluar la moneda, sin pagar ahora ni nunca? En efecto, es posible. ¿Cómo se hace? Con el imperio, es decir, estableciendo siempre términos de intercambio que convienen a mi población, le convengan o no al otro. Y si al otro no le convienen, o le convendría más otra cosa, se le fuerza. La lógica del comercio (las dos partes contratan libremente porque ambas se benefician de la operación) es sustituida por la imposición (cobro 35% de impuestos a los productos mexicanos, pero que a los mexicanos no se les ocurra poner 35% de impuestos a mis productos porque entonces verán la diferencia de poder).

El ataque nacionalista a la globalización quiere devolvernos a un mundo que no será de naciones sino de imperios. Por supuesto, un imperio no lo hace quien quiere sino quien puede, que no somos nosotros por ejemplo (ni Francia ni Gran Bretaña). Los demás –sus pueblos, sus trabajadores, sus empresas, sus mercancías– quedan en el papel de subordinados al imperio que les toque. Un mundo de mercados dista de ser el ideal, pero es un avance sobre un mundo de imperios.

Por supuesto, hubo nacionalistas franceses que se alegraron la última vez que un nacionalista, Herr Hitler, llegó al poder en Alemania, porque eso indicaba que la corriente estaba en boga y ellos llegarían también pronto. Como se vio en el régimen de Vichy, no eran los más inteligentes de los franceses. Los nacionalistas rara vez son los más inteligentes de su territorio.


Imagen: independent.co.uk/s3fs-public/styles/article_large/public/thumbnails/image/2016/11/11/17/le-pen.jpg

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Raúl González Fabre
Soy un hermano jesuita, profesor de la Universidad Comillas en el área de Ética y Economía. Me interesa especialmente la zona de contacto entre Microeconomía y Ética. Cuando el tiempo me lo permite, hago simulaciones informáticas en ese terreno. En temas relacionados he trabajado en Venezuela y en Estados Unidos. Además, siempre me ha preocupado la situación de quienes se ven forzados a padecer situaciones inhumanas como la guerra o diversas formas de esclavitud. En esos campos he trabajado con el Servicio Jesuita a Refugiados en Venezuela, Zambia y Roma. En este momento soy el director de entreParéntesis, y también el webmaster, así que si escribes al icono para ello, me llega a mí.

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