Blanca Gómez Bengoechea. Instituto Universitario de Familia (Universidad Pontificia Comillas). Voluntaria en el poblado “El Gallinero” (Madrid)

Este mes se nos invita a rezar “Para que las familias en dificultad reciban el apoyo necesario y los niños puedan crecer en ambientes sanos y serenos”.

Esta petición, seguramente como tantas otras, me parece más bien, una llamada a que Dios nos empuje a apoyar y acompañar a las familias y, especialmente, los niños que se encuentran en dificultad. Y es que, ¿si no lo hace a través de nosotros, cómo lo hará?

Es por tanto, creo, una llamada a la acción, que pasa por el conocimiento personal y cercano de aquellos de los que decimos que están “en dificultad”. Porque cuando esas dificultades, de las que a menudo oímos hablar en la televisión o en los periódicos, tienen para nosotros nombre y rostros concretos, no cabe duda que nuestra implicación cambia.

Por centrarnos en lo económico (que condiciona claramente mucho de lo demás), son numerosos los niños que viven en situación de pobreza en España, y en los últimos años hemos oído hablar bastante de ellos.

Según datos de la ONG ‘Save the Children’, en el año 2014 el 30,5% de los niños españoles vivía bajo el umbral de la pobreza relativa (con una renta inferior al 60% de la renta mediana); el 15,7% vivía en hogares en situación de pobreza severa (menos del 40 de la renta mediana); el 35,8% en riesgo de pobreza o exclusión social; y el 9,5% sufrían privación material severa, de modo que no podían permitirse al menos cuatro de las siguientes nueve actividades:

  • Pagar el alquiler, una hipoteca o facturas corrientes.
  • Tener la casa a una temperatura adecuada el hogar durante los meses de invierno.
  • Poder afrontar gastos imprevistos.
  • Una comida de carne, pollo o pescado (o sus equivalentes vegetarianos) al menos 3 veces por semana.
  • Irse de vacaciones al menos una semana al año.
  • Tener un coche.
  • Tener una lavadora.
  • Tener un televisor en color.
  • Tener un teléfono (fijo o móvil).

Pero ¿qué ocurre cuando se conoce personalmente a alguno de ellos? ¿Qué cambia cuando se comparte con ellos tiempo, juegos, esfuerzos…?

Lo que ocurre es que empiezas a buscar recursos donde no los hay para tratar de solucionar sus problemas, que te esfuerzas para catapultarles hacia un futuro diferente, que te empeñas en recuperar para ellos la infancia como espacio de recuerdos felices, en vez de un tiempo lleno de miedos y preocupaciones. Empiezas a mirar la vida a través de sus ojos y sus necesidades, y te encuentras peleando y luchando por cosas que siempre te parecieron injustas y te preocuparon de una forma más o menos abstracta, pero por las que nunca te llegaste a “mojar”.

Quizá parezca una tontería, pero yo jamás pensé que iba a pasar una noche sin dormir a causa de los niños que no tienen Dalsy…, hasta esta noche. Esta noche he tenido fiebre, me he encontrado mal mientras subía y he experimentado el alivio de que bajara después de tomarme un paracetamol. Y esta noche, también, me he acordado mucho de un niño cuya madre, pobre de solemnidad, me dijo ayer que tenía fiebre y que no tenía Dalsy para él. No es que vaya a iniciar ahora una campaña de “Dalsy para todos”, pero conocer personalmente a esta familia y sus dificultades hace, sin duda, vivir las propias de otra manera e implicarse en la solución de las suyas de un modo muy distinto.

Foto: una familia en el poblado de “El Gallinero” (Madrid). Cortesía de @EntreBorromeos