¡Cómo «nos ponen» las fake news!

En un post reciente me refería al mensaje del papa Francisco para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales en el que señala que la responsabilidad de la expansión de las fake news no recae solo en quienes las crean, sino también en quienes las creen y difunden. Es la misma codicia humana –de poder, relevancia, admiración, goce…– la que explica que se generen las mentiras y que triunfen. La revista Science ha publicado en su último número una investigación que precisamente pone en evidencia y nos ayuda a entender cómo funciona esa propensión a dejarnos seducir por las noticias falsas.

El trabajo de Soroush Vosoughi, Deb Roy y Sinan Aral es la investigación más amplia llevada a cabo hasta el momento sobre la cuestión. En ella han analizado 126.000 «cascadas de rumores» en Twitter –cadenas de retuits– de 2016 y 2017, en las que participaron 3 millones de usuarios en 4,5 millones de ocasiones. Han diferenciado entre todas esas historias aquellas que eran verdaderas de las que eran falsas, recurriendo para ello a la opinión de seis organizaciones independientes. Las conclusiones de la investigación se basan en aquellas cascadas de rumores que alcanzaron un nivel de acuerdo total o casi total sobre su veracidad o falsedad.

Con esas historias calificadas de manera consistente como auténticas o como fake news han hecho un estudio sobre la manera en la que se difunden. ¿Resultado? Las noticias falsas se expanden más, lo hacen de forma más rápida y causan un mayor impacto. Una falsedad en Twitter tiene un 70% más de probabilidad de ser retuiteada que una verdad; además, la mentira alcanza a las primeras 1.500 personas de manera seis veces más rápida que la verdad –y la diferencia es aún mayor para cotas más altas–. El impacto de las falsedades es también más fuerte: generan más respuestas de temor, indignación y sorpresa que las verdades.

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Un dato preocupante para la democracia: si bien este fenómeno sucede en todo tipo de noticias, los efectos son aún mayores en las de carácter político. Las noticias políticas falsas alcanzan a 20.000 usuarios en un tercio del tiempo que tarda una verdad en alcanzar solo a 10.000.

Pero hay más, y es aquí donde el estudio aporta interesantes argumentos a lo que comentábamos a raíz del mensaje del Papa. Suele indicarse que las noticias falsas son difundidas por cuentas automatizadas. Pues bien, el estudio empleó un sofisticado algoritmo para la detección de bots y comparó los resultados que se obtenían en el análisis eliminando los bots de los cálculos y los resultados que se obtenían incluyéndolos, sin hallar diferencias significativas. Las cuentas falsas automatizadas aceleraron en igual medida la expansión de noticias verdaderas y falsas, lo cual demuestra que el mayor éxito de las falsedades en internet se debe por completo al factor humano. Somos nosotros los que caemos en la tentación de expandir los rumores.

Según los autores del estudio, parte de la causa de este fenómeno ha de atribuirse al carácter novedoso de las mentiras. Las estadísticas demuestran que las noticias nuevas tienen más éxito en Twitter. La mayor expansión de las fake news se explica constatando que las noticias falsas estudiadas eran más novedosas y originales que las «aburridas» verdades.

Para interpretar este dato, los autores recurren a la teoría de la información. Las personas damos valor a la información novedosa porque sirve tanto para la toma de decisiones como para obtener un rendimiento social: confiere estatus, renombre… poseer una noticia y difundirla alimenta nuestra vanidad. Eso es lo que hace que las mentiras triunfen: nos encanta que piensen que estamos a la última, comunicar a otros aquello que todavía no saben…

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Conclusión: quienes insisten en la necesidad de combatir el papel de los robots en redes sociales para defender la democracia yerran el tiro. Según estos investigadores, el problema debe abordarse desde una perspectiva centrada en la psicología y la conducta de los usuarios: hay que crear sistemas que influyan en el comportamiento, como, por ejemplo, sistemas de etiquetado de noticias y otros incentivos y desincentivos a la verdad y a la mentira.

Bien, es posible que esas medidas «técnicas» sean necesarias, pero convendría añadir otras de carácter legal –un tema delicado sobre el que la Comisión Europea ha renunciado a legislar, aunque hay propuestas en España y Francia– y educativo. También es indispensable una apelación a la responsabilidad de los usuarios. Es momento de empezar a considerar el retuit fácil y la difusión sin criterio de noticias de última hora como una falta de etiqueta, incluso de civismo, en el espacio público virtual. El injustificado pedigrí que ha adquirido en nuestra sociedad la inmediatez de la información ha degenerado en burda coartada para ceder a los instintos del «¡bua que fuerte! » antes de retuitear.

En nada debería contribuir a la consideración que tenemos de una persona el que nos enteremos a través de ella de una noticia de impacto. Hemos de estimar en cambio mucho a aquellos que nos ofrecen claves para entender los hechos contrastados, o nos ayudan a llegar a quien nos da esas claves. Claro que eso produce gratificaciones internas diferentes, menos primarias, tanto para el que genera esa comunicación de valor como para el que la recibe.

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