Fábula del asentamiento solidario

Fuimos expulsados del Este de Europa. La policía nos hostigaba y amenazaba. Decían que en cualquier otro país estaríamos mejor que allí. “De algo debe serviros ser europeos”. Éramos 200 familias viajando, algunos en furgonetas viejas y la mayoría pidiendo para billetes de autobús. Finalmente llegamos a una gran capital del Occidente. Miles como nosotros se asentaron en periferias de Roma, Colonia o París. Levantamos chabolas a las afueras de la ciudad, en un solar abandonado de cárcavas, escombros, ratas y serpientes. La mitad éramos niños y unos treinta éramos hombres. Comenzamos a vivir de lo que podíamos. No había ningún plan. Simplemente escapamos hasta que pudimos parar.

Una parroquia no lejana nos comenzó a ayudar. Luego llegó la policía. Hay algunos policías que son iguales en todo el mundo. Les mandaron presionarnos para que nos fuésemos a otra ciudad. Orinaban en nuestras chabolas, las golpeaban con porras de madrugada, disparaban disparos. Atropellaron a una niña y le rompieron la pierna por varios sitios. Luego el ayuntamiento dijo que los jueces les ordenaban demoler nuestras viviendas. Era mentira pero lo hacían igual. Como sólo pueden tirarlas si están deshabitadas, nos sacaban a todos por la fuerza, un tipo entraba para decir que estaba abandonada y entonces las excavadoras las tiraban abajo con lo poco que teníamos dentro: ropa, documentación, juguetes, comida, platos… Un grupo de voluntarios de la parroquia comenzó a defendernos. Se interponían ante la policía, denunciaron al ayuntamiento, hicieron escolarizar a nuestros hijos, nos apoyaban cada día. Vinieron los medios.  Al principio eso fue bueno.

El lugar se convirtió en un sitio emblemático, hicieron un estudio de nuestra pobreza y también un plan de autoconstrucción pero el ayuntamiento no lo aprobó. No nos dejaba ni levantar una letrina. Todos los medios veían a sacarnos fotografías en la miseria. Hacían programas en directo y no podíamos arreglarnos para ser entrevistados sino que teníamos que parecer pobres “de verdad”. ¿De verdad se podía ser más pobre que nosotros en esa ciudad? ¿Debíamos parecerlo aún más? El caso cobró notoriedad y los políticos comenzaron también a venir. Pocos no venían con cámaras. Vinieron ONGs y les pagaron por ayudarnos. No era fácil lograr que siempre estuvieran de nuestro lado y no de quien les pagaba. Y entonces aquello dio el gran salto.

Nos convertimos en un lugar al que más y más gente quería venir. Todas las ONG de la ciudad querían estar en el sitio más pobre. Llegaban autobuses de jóvenes escolares acompañados de profes motivados, para conocer nuestra miseria. Aunque somos gente muy alegre, teníamos que parecer tristes y desolados. Durante unas horas teníamos que no frustrar su deseo de ayudar. Pero no era fácil porque además de atenderlos también teníamos que trabajar. Se metían en nuestras casas y nos sacaban fotografías. Trajeron decenas de colchones, toallas, miles de cosas que no sabíamos dónde meter. Montamos unos tenderetes en un mercadillo de la ciudad para darle salida a todo aquel género. Había cuatro familias que tenían que dedicarse sólo a eso y nos les llegaban las manos. Vinieron actores y cantantes y grabaron un vídeo que fue viral. Se abrazaban a nuestros niños, sacaban fotos con ellos y las subían a las redes donde eran seguidos por cientos de miles de personas. Eso hizo que viniera más gente aún. La gente necesitaba ver la pobreza. La gente necesitaba ayudar. Había necesidad de tocar la pobreza, meterse en nuestras chabolas, comer de nuestra mísera cocina, mancharse con nuestro barro. Había días que había más visitantes y voluntarios que habitantes éramos. Un domingo por la mañana llegaron dos autobuses de niños y un cura dio misa para todos ellos en medio de nuestras chabolas. Les enseñaron todo y dijeron que nos venían a ayudar. Pero ya no había tareas para tantos. Si quisieran ayudarnos era mejor que se fueran a hablar con la alcaldía de la ciudad.

No podíamos atenderles y se nos rompía el corazón porque aquella gente necesitaba ayudar. Pero aquello era insostenible porque todos teníamos que trabajar duramente durante toda la jornada para tener unos pocos euros para comprar lo de cada día. Los adultos nos daban algunos billetes discretamente como acto de solidaridad antes de irse.

Las visitas seguían viniendo. Los colegios y universidades de la ciudad habían puesto la visita a nuestro suburbio como actividad. Claro que muchas veces se enfadaban porque había muy poca gente. Los niños estaban en la escuela, los adultos haciendo trabajillos, los mayores recolectando. Nos dijeron que era mejor que les atendiéramos cuando vinieran. Si no, podía ser contraproducente. Así que decidimos que siempre habría un grupo de gente dedicado a recibirles. Montamos varias chabolas sólo para que pudieran visitarlas porque si no molestaban demasiado a los enfermos y ancianos. Comenzamos también a conseguir que pagaran un dinero por aparcar en el poblado.

Pero no dábamos abasto. Al estar un grupo recibiendo se convirtió en una actividad aún más demandada. Una ONG nos puso un teléfono para que fuésemos dando cita porque a veces coincidían dos o más colegios, parroquias o asociaciones y acababan discutiendo por quién tenía derecho. Los voluntarios de la parroquia aquella que nos ayudaba al principio trataban de mediar para que todo fuera razonable, pero quedaron desbordados y ya era muy difícil que hicieran su trabajo.

Atendíamos a cuatro excursiones al día y había lista de espera de meses. Algunos pedían que no hubiera colegios cuando viniesen a visitarnos. Eran un coche o dos de buena gente. Algunos profesores universitarios, líderes sociales, artistas, gente de ONG. Sobre todo cuando traían a extranjeros tenía que estar todo despejado de gente, voluntarios, visitantes. En realidad eran todos voluntarios. Cuando venían querían hacer algo. Como no había mucho que hacer al haber tanta gente, les pusimos a rellenar la cárcava, que estaba siempre con charcos verdes y ocultaban a las alimañas. También les enseñamos a hacer chabolas pero era tanta gente que había que construir más aunque no hicieran falta.

Llegó un momento en que ninguno podíamos salir a trabajar porque desde primera hora llegaba gente. No era sólo dejarnos ver sino que había que hablar con ellos, contarles historias, escucharles porque también ellos se desahogaban al ver nuestra pobreza. Se echaban a llorar. Era una gran catarsis. Les ayudaba mucho vernos pobres y estar al lado de nosotros. Para que no fuera solo ver problemas sino que conocieran nuestra cultura, montamos un número musical con guitarras y bailes. Luego, pusimos un bar en una barraca grande para que probaran nuestra comida típica. Supimos que su experiencia sería mejor si nos poníamos trajes tradicionales de nuestra región. Pusimos unos burros para que los niños visitantes pudieran dar una vuelta. Y nuestros jóvenes organizaron juegos para ellos. Incluso se contó una pequeña escuela en la que poder contar a la gente nuestra cultura. Una ONG nos financió unos paneles con fotografías de nuestra región. Se montó un parque infantil con inflables para los niños que se cansaban. Abrimos una carpa como capilla católica para misas pero nuestro amigo párroco nos la hizo cerrar. “Que vengan a la parroquia si quieren”, zanjó. Pero a cambio pusimos en la carpa un restaurante étnico, luego había baile con música actuaciones de trompeta y acordeón. Todos los pasábamos muy bien.

Quien venía a nuestro asentamiento comenzaba siendo recibido en la chabola de información. Se comprobaba que tenían la cita concertada. Se cobraba por persona que entraba en el asentamiento porque si no, peleaban sobre el donativo entre las distintas excursiones. Si se quería el poblado para un pequeño grupo entonces se cobraba un precio especial. Como mucho se podía estar dos horas. Comida y bebida se cobraba aparte. También se comenzó a cobrar por dormir en las chabolas. También cobrábamos a los universitarios que venían a investigar y a dos universidades por tener gente haciendo prácticas. Al comienzo eran de trabajo social, sociología y psicología. Luego sobre todo eran alumnos de turismo. La gente era compasiva, buena y simpática. Les ayudaba mucho a valorar lo que tenían. Hubo matrimonios en crisis que se arreglaron tras estar una noche entre nosotros. Muchos de nosotros nos pasábamos haciendo terapia para una o dos personas durante horas. Daba gusto ayudar. Pusimos a los psicólogos en prácticas a ayudar a los voluntarios y visitantes. Reconozco que también nosotros somos buenos anfitriones. Había el doble de chabolas que familias y todas las llenábamos los fines de semana.

Pero más y más gente pedía venir así que como se ganaba bastante dinero con aquello, decidimos que la mitad de nosotros se alquilaran unos pisos en la ciudad, pero no lejos. Con lo que se pagaba por una chabola, se cubría de sobra un pequeño apartamento. La gente al llegar recibía una clase sobre nuestra cultura. Luego había una visita guiada donde les enseñábamos donde matamos a la culebra más grande, que estaba allí colgada de un palo. Luego hacían un ejercicio práctico de pelar cobre y luego cazaban ranas en las charcas que quedaban. Les poníamos a cultivar huertos, a hacer de pastores de cabras durante horas, a traernos agua del grifo que estaba a media hora, vaciarnos las letrinas. Teníamos que inventar trabajos nuevos de tanta gente que quería ser voluntaria. Los peores, los de las grandes empresas, que venían un solo día en tropa y exigiendo. Pero había para todos. Somos gente imaginativa. Acumulamos un buen fondo y pensamos en echar cemento sobre el barrio pero pensamos que les podíamos decepcionar. Tras una discusión decidimos irnos todos a pisos y turnarnos por grupos para atender el poblado. Fue bueno sobre todo para nuestros niños porque así no salían en la prensa cada mes.

Un año después ninguno de nosotros iba ya a aquel poblado. Le pedimos a otra gente que lo atendiera trabajando para nosotros. Algunos de nosotros van cada día para supervisar. Hemos cambiado a pisos mejores y todos nos dedicamos a este asunto de atender a los voluntarios y visitantes que van a los suburbios a ayudar. Hemos abierto otro poblado para ser visitado y puede que el año próximo abramos otro más para atender a la zona norte de gente solidaria. Ahora sí que el ayuntamiento nos da permisos pero es porque tratamos con la gente de Economía y Hacienda. Hacemos una función social e hizo bien el Ayuntamiento en darnos una subvención como voluntarios para ayudar a los otros voluntarios. Hemos constituido con todo esto una fundación u ONG y nos ha dado incluso para comprar los terrenos. Incluso una Business School nos ha dado un premio como emprendedores de lo que ellos llaman un modelo de negocio. Para nosotros no es trabajo sino un deber. Sin nosotros, ¿cómo iba la gente a poder sentir tanto la solidaridad? No me incomoda seguir pareciéndoles pobres; todos tenemos el deber de ayudar.

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