Experiencia espiritual y diálogo interreligioso

La experiencia espiritual es un diálogo con el mundo desde los ecos interiores. En esos ecos, en ese acontecimiento, hay elementos comunes entre unos sujetos y otros. Desde ese proceso interior nos podemos reconocer en una común humanidad, como próximos y prójimos, cercanos y hermanos en el proceso de búsqueda, de encuentro, reconocimiento, clarificación. Por ello, nos podemos reconocer en otros encaminados desde otras tradiciones y religiones. Hermanos que nos acompañan, nos alumbran, interpelan y con los que reconstruimos la común y plural humanidad, tantas veces empañada, rota o vivida monológicamente.

Este ha sido para mí el aprendizaje surgido de la lectura del libro De tu hermano musulmán. Cartas a Charles de Foucauld, y del encuentro y diálogo en el Centro Arrupe (Sevilla) con su autor, Dídac P. Lagarriga.

Dada esta proximidad de buscadores, a mi juicio, hay tres ámbitos de clarificación a los que tenemos que responder quienes quieren vivir desde una clave espiritual. Son tres clarificaciones y elecciones, que aquilatan el sentido de lo encontrado gracias a un triple discernimiento que siempre tiene que estar activo para que el camino espiritual y religioso sea de humanización y no de extravío o de aniquilamiento.

Discernimiento de las mociones interiores

¿Qué seguir, a qué dar valor? La convivencia interreligiosa tiene un núcleo ético que se puede objetivar en la calidad mundana o sociohistórica de lo generado desde cada experiencia espiritual. Los otros nos devuelven la humanidad o inhumanidad de lo vivido y adoptado. Este fue el criterio de Charles de Foucauld, “quiero habituar a todos los habitantes, cristianos, musulmanes, judíos e idólatras, a que me miren como a su hermano universal”. Los otros como espejo nos permiten clarificar aquello que realmente estamos viviendo. Ello le ha permitido a Foucauld ser acogido, aun en la distancia, por Lagarriga como quien acompaña y en parte anima un diálogo que le guía en su propio proceso espiritual.

Qué elegir y seguir, se ilumina por el adonde nos lleva y en qué situación nos coloca. No seguir el camino de la discordia, del odio, de la apropiación exclusivista que niegue a los otros la honesta búsqueda y el valor de su propio camino. Desde ahí se rompe la común humanidad, y por tanto la común fraternidad.

Discernimiento de los dioses

El proceso interior puede ser un encuentro con lo sagrado en su alteridad. Encuentro que nos convoca al seguimiento, a la unificación con la voluntad de ese dios que entrevemos y queremos abrazar. Pero en esa entrega hay un momento previo fundamental. Es el discernimiento del carácter o cualidad de aquello que entrevemos como Dios. Para no errar o perder la vida necesitamos continuamente saber a qué dios nos estamos entregando para su seguimiento y servicio. Cuál es su raíz última más allá de la máscara de divinidad con que se nos puede imponer. Esta raíz se nos muestra también en los frutos o consecuencias de esta adopción. El que sea “buena noticia” o “mala noticia” pende de la situación en que nos coloque. Somos el campo de pruebas de la cualidad de esa alteridad sagrada que nos pide entrega. Aquí surge el criterio de discernimiento, esa alteridad tendrá un carácter idolátrico cuando provoque nuestro sacrificio o el de los otros, cuando pida sangre y muerte como forma de culto. O bien se revelará como el verdadero Dios cuando nos introduce en la vida buena, y buena para todos y la creación.

Este discernimiento puede ser común a las religiones proféticas. En este sentido, para judíos, cristianos y musulmanes, Abraham puede ser el padre de la fe, no porque se entregó a la voluntad de Dios, sino porque discernió entre las voluntades según los distintos ecos que de la alteridad sagrada se le presentaban en su conciencia. En ese proceso de clarificación, entre matar y permitir la vida, descubrió al verdadero Dios que merece nuestra entrega. Sólo un Dios de vivos y no de muertos merece nuestro seguimiento, ser sus instrumentos. Sólo a ese Dios podemos entregarnos como hizo Charles de Foucauld: “Padre mío, me abandono a Ti. Haz de mi lo que quieras. Lo acepto todo con tal que tu voluntad se cumpla en mí y en todas tus criaturas. (…) Con una infinita confianza porque Tú eres mi Padre”.

Discernimiento de las religiones

Y un tercer ámbito de clarificación es el de las religiones que son el fruto institucionalizado de una práctica espiritual comunitaria. La institucionalización es la sedimentación de un camino repetido que alumbra el camino para los continuadores de ese camino espiritual. Articula formas de oración, del culto, de ascesis, de relaciones comunitarias, un cuerpo de doctrinas a ser validadas por los practicantes de una tradición.

Pero al igual que sirven de camino público, proponiendo formas de recorrer la experiencia espiritual al alcance de quien quiera emprenderlo, también pueden dificultar o imposibilitar una experiencia espiritual humanizadora. Por ello, quienes están en los diversos caminos espirituales, tienen que ir discerniendo entre las formas sociales y culturales que adopta una práctica espiritual comunitaria. ¿Ayuda esta forma religiosa a servir al Dios de la vida y de los vivos, alienta la mayor humanización de sus practicantes?, ¿permite el libre ejercicio de otros caminos de humanización, en suma, tiene capacidad convivencial? Se trata de evitar la continua tentación de la violencia, de la apropiación exclusivista de la verdad, del sometimiento ciego y acrítico de sus seguidores. De que la forma religiosa se erija en forma de control social y de poder que impida o devore la experiencia espiritual en lugar de ayudarla y encaminarla.

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