Y mi éxodo es ya viejo…

Yo no soy más que un vagabundo sin ciudad y sin tribu. Y mi éxodo es ya viejo… En mis ropas duerme el polvo de todos los caminos y el sudor de muchas agonías… y en la suela de mis zapatos llevo sangre, llanto y tierra de muchos cementerios”.
Quien así habla es León Felipe poeta peregrino del destierro y el exilio, uno de los grandes poetas de lengua castellana , zamorano ilustre y que sabe muy bien lo que es ser migrante en busca de trabajo y refugiado en busca de libertad.León Felipe, no permite a sus lectores el lujo de olvidar las angustias del peregrino sin hogar ni patria, que, en el fondo, son las penas de muchos otros caminantes. Como las de  “Los hijos e hijas de un Peregrino” como titula Alberto Ares su Cuaderno en Cristianismo y Justicia.

He alternado la lectura de algunos de los poemas de Leon Felipe con la del Cuaderno de Alberto Ares. Imprescindible el capítulo 5 en que me reposaré por sintonizar más propiamente con estos días navideños, donde volverse a reunir en torno a la mesa supone un espacio privilegiado para entender y vivir el dialogo y la fraternidad como vehículos claros que se viven en la hospitalidad.

“Hospitalidad: ¿con quién comparte mesa Jesús? La hospitalidad de Jesús, como en nuestros días, se apoya en “pilares sólidos”: acoger en el hogar e invitar a la mesa” escribe Alberto Ares. Lo hace en unas páginas hondamente teológicas (claves que yo también voy a intentar mantener). Esto va mucho más allá de acoger a un pobre en su mesa en estos días de Navidad que al lado del profundo sentido de la comensalidad apenas en un signo pasajero. Y lo que importan son los signos (y los hechos) permanentes  Siempre me ha parecido sólida la imagen de compartir la mesa como icono de la hospitalidad. Siguiendo a Leonardo Boff es esta, precisamente, una de las referencias más ancestrales de la familiaridad humana, pues en ella se hacen y se rehacen continuamente las relaciones que sostienen la familia y la comunidad.

Jesús el peregrino entendió su vida como una gran invitación – sin imponer ni obligar – a la fiesta final de Dios para todos en tomo a una misma mesa. Donde quizás para “adelantarla” en nuestros tiempos debemos seguir el consejo de aquella la canción del musical “El Diluvio que viene” : “un poquitín que os estrechéis y se podrán sentar”. Para que se sienten sobre todo los que no tienen ni tierra, ni techo ni pan.

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a) De la mesa …

La mesa familiar (y/o el altar de la eucaristía) nos aglutina en una experiencia existencial y a unas costumbres, incluso a un rito. En torno a la mesa familiar se construye (construía) la familia y con ella o con los amigos y compañeros (“cum panis” que dirían los latinos) se entrelazan (entrelazaban) lazos de comunión y de hermandad. Porque en torno a ella se comparte (compartía) el alimento y se vive (vivía) de manera espontánea, el gozo del encuentro pausado y tranquilo con la conversación o el repaso de la vida y sus aconteceres cotidianos. Aunque también hemos sido testigos en torno a la mesa de silencios tensos y de conflictos familiares, o sociales, de diferencias que terminaban con algunos “levantándose de la mesa“. La mesa compartida que va más allá y más al fondo de la sustitución moderna del “fast food”, la comida rápida que sólo hace posible la nutrición, pero no la comensalidad.

A esta experiencia se refería Leonardo Boff exactamente cuando hablaba de comensalidad: “Es una de las fuentes permanentes de renovación de la humanidad hoy globalmente anémica. Porque en ella se comparte el alimento y con él se comunica la alegría de encontrarse, el bienestar sin disimulos, la comunión directa que se traduce en los comentarios sin ceremonia de los hechos cotidianos, en las opiniones sin censura de los acontecimientos de la crónica local, nacional e internacional…”

b) A la Misa…


Hay una gran apuesta de Jesús por la comensalidad. Jesús que no rehuía las invitaciones. Jesus que disfruta comer y banquetear con sus amistades, con fariseos, con publicanos y pecadoras… Jesús para quien el comer con toda clase de gente es nota distintiva de su trato, en torno a un banquete, subvierte los convencionalismos sociales habituales cuando advertía que no hay que invitar a comer o cenar a tus amigos, hermanos, parientes y vecinos ricos sino a los pobres, a los extranjeros , a los lisiados, cojos y ciegos. Somos todos invitados al banquete de boda, que es símbolo del Reino de Dios. Por el que dará la vida anticipándola en una “última Cena”, que fue precisamente “la primera” de las que comunidad eclesial viene celebrando a través de los tiempos

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c) En una mesa alargada, que rompa desigualdades odiosas, que salga al mundo… La mesa de la eucaristía es larga y no excluyente, sale de los templos y se prolonga en el mundo y en la calle, buscando invitados en “los cruces de los caminos”, en las fronteras ( las geográficas y las de todo tipo) que debieran servir para unir y relacionarse las personas en igualdad, donde Dios sigue invitando como bien recogen tantas escenas de los textos bíblicos citadas también en el cuaderno y que presentan al Pueblo de Dios como un pueblo peregrino, en movimiento.

[ctt template=”3″ link=”tYLb6″ via=”yes” ]La mesa de la eucaristía es larga y no excluyente, sale de los templos y se prolonga en el mundo y en la calle[/ctt]

De las encrucijadas habla muy bien Alberto Ares en una sintética y precisa adjudicación a cinco preguntas o interpelaciones imprescindibles que deben configurar nuestra mirada sobre la realidad del migrante:

  • La encrucijada en torno a la pregunta sobre la identidad y sobre quien es en verdad mi familia más allá de los lazos de sangre. Jesús quería volar más alto y más ancho a la hora de hablar de la familia. Por eso tuvo que iniciar su andadura como Abrahán rompiendo con su clan de origen: Sal de tu país, de tu parentela, de la casa de tu padre; sal, te lo digo, sal…
  • La encrucijada en torno a salvaguarda de la dignidad humana del emigrante y refugiado más allá de consideraciones legales;
  • La encrucijada que nos hace posicionarnos ante la (in) justicia cuando esta privilegia y excluye a los vulnerables ante principios básicos y derechos naturales: salvar la vida – en el mar o en el desierto- por ejemplo, o dar cobijo al necesitado sin arriesgarte a la penalización (véase mi articulo anterior sobre Helena Maleno).
  • La encrucijada que nos invita a tomar la senda de la hospitalidad para ayudar a sanar, reconciliar –personas y pueblos- celebrar, y ser coparticipes de la casa común cuando celebramos gozosa y precisamente esa cohabitación.
  • Y por último la integralidad como reto de la interconexión que sin parcializar los distintos retos que afectan a las causas y desarrollo de las migraciones forzosas (el hambre, la violencia, la degradación ambiental…) se aborda como una realidad cada vez más compleja e interrelacionada. La Ecologia integral de la Laudato Si. Y desde luego como una respuesta menos simplista que muchos de los populismos actuales ofrecen desde las vísceras de manera tan agresiva.
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León Felipe. El sempiterno peregrino, el romero de todos los caminos, el que hizo a México una patria final suya… Él que no tenía patria, pero las sentía como propias todas. Para dar la voz a los preferidos “hijos e hijas del Peregrino” como señala el cuaderno de CJ
Un cuaderno que fundamenta muy bien la solidaridad histórica que se hilvana desde las raíces del Antiguo Testamento hasta nuestros días (incluyendo los fundamentos de un sabio Magisterio Eclesial) si sabemos descubrir los signos de los tiempos y no nos dedicamos a miradas banales sobre la migración. Que no es poco. Y que nos empuja a caminar al lado de los fugitivos de la vida imposible, que buscan riberas y reposos por los mil caminos y mares de la vida. A quienes el poeta zamorano recomienda en “Versos del Caminante” ánimos y esperanzas tan claras como esta :

No andes errante…
y busca tu camino.
—Dejadme—.
Ya vendrá un viento fuerte
que me lleve a mi sitio.

Nota:  El dibujo de Portada es del gran dibujante Faro.

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