Exilio espiritual

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Hace apenas unos días acabé de leer un librito sobre el tema tan ‘actual’ del Juicio Final,[1] donde un teólogo y una psicoanalista debaten sobre el posible significado para nuestro tiempo de este tema preñado de horrendas y tétricas imágenes, al menos en la imaginería cristiana heredada de buena parte de la Edad Media que a su vez amplificó algunos elementos apocalípticos de la Biblia.

En una de sus respuestas, la psicoanalista hace la siguiente reflexión:

¿[…] los que vendrán después de nosotros deberán buscar otras vías de acceso al paraíso, en otras culturas y religiones, por no tener acceso a él mediante las nuestras, lo que haría de ellos unos conversos al precio de un exilio espiritual, mientras que la tierra de sus raíces permanecería inaccesible bajo sus pies? (págs. 123s)

Me pareció muy interesante este comentario sobre un «exilio espiritual». El Diccionario de la RAE define el «exilio» como la «expatriación, generalmente por motivos políticos», esto es, se trata de una expatriación forzosa. Y sobre esta definición, ¿cabe pensar que hay personas que han tenido que dejar forzosamente su «patria espiritual» o que han tenido que salir de ella porque las oprimía o, cuando menos, ya no les proporcionaba las mínimas condiciones para la vida espiritual?

Siguiendo este hilo, reflexionaba yo: ahora que las iglesias en Europa están llamando a la sociedad y a todos sus estamentos —particularmente a los estados—, a la acogida de tantos refugiados que buscan una nueva patria, quizás sea un buen momento para que también ellas hagan todo lo que tengan que hacer para llamar a muchos de sus propios feligreses en el exilio y cambiar todo lo que tengan que cambiar para volver a ser su verdadero hogar espiritual. Porque, ¿cómo pueden las iglesias interpelar a nadie, cuando ellas mismas han dejado de ser un hogar para muchos de sus propios feligreses? No nos engañemos: la mayor parte de feligreses que parten al exilio no lo hacen porque las iglesias se hayan vuelto más proféticas y sus demandas resulten más incómodas. Sencillamente, se van porque el discurso teológico, sea tradicional o ‘puesto al día’, no les dice nada, no les interpela, no les llega al corazón; y también se van porque la institucionalidad eclesial es asfixiante para el desarrollo de una fe personal vital en comunidad.Foto

La esencia de la fe cristiana es la encarnación de Dios en Jesús. Por extensión, la encarnación del mensaje cristiano debe hacerse en personas, no (solo) en ideas (doctrinas) e instituciones (proyectos). Ahora que toca encarnar ese Evangelio en la acogida de exiliados políticos y económicos, es una gran oportunidad para ser iglesia de verdad y quizás también hogar espiritual de quienes se fueron al exilio.

 


[1]     Marie Balmary y Daniel Marguerat, Iremos todos al Paraíso. El Juicio Final en cuestión. Fragmenta Editorial: Barcelona, 2013, págs. 123s.

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