“Los inmigrantes son los pobres entre los pobres”. Así consta en el último documento de la Conferencia Episcopal Española,  Iglesia, servidora de los pobres“.

Estaba siendo debatido  en medio de las terribles noticias que culminaban el trágico número de 1.700 personas refugiadas y migrantes ahogadas en lo que va de año. Me encontraba releyendo el texto cervantino de Goytisolo en la ceremonia de la aceptación del Premio Cervantes. Mientras traía al corazón los cadáveres llegados a las playas italianas del Mar Mediterráneo. Ese del que algunos ya hablan como el Mar Muerto, como casi está muerta la Europa sin valores que bañan sus aguas. Leía: “Es empresa de los caballeros andantes, decía don Quijote, “deshacer tuertos y socorrer y acudir a los miserables” e imagino al hidalgo manchego montado a lomos de Rocinante (…)  a Estrecho traviesa, al pie de las verjas de Ceuta y Melilla que él toma por encantados castillos con puentes levadizos y torres almenadas socorriendo a unos inmigrantes cuyo único crimen es su instinto de vida y el ansia de libertad”.
Y volvía a dibujar de nuevo en mi memoria un cuadro medieval de Europa como una fortaleza con sus murallas y sus fosos. Ahora con manos de niños y adultos sobresaliendo del agua intentando asirse al puente levadizo que cerraba las puertas de la muralla. Mientras, las miradas perplejas de los habitantes europeos desde las almenas no sabían cómo reaccionar ante el panorama dantesco de vidas pidiendo auxilio, mientras los moradores de la fortaleza se debatían entre hacer o no lo suficiente para ayudar  o no mientras niños, hombres y mujeres mueren en el foso de nuestras murallas. Goytisolo en su discurso habla si os dais cuenta de manera parecida. Y el gran Galeano, recientemente fallecido, había dejado escrito en una entrevista a la revista italiana “Una Città” que las migraciones son un gran signo de nuestro  tiempo: “Es la  tragedia de las fronteras que se abren mágicamente al paso del dinero, al paso de las mercancías, pero que se cierran al paso de los seres humanos, al paso de la gente. La mía es una acusación contra todo sistema que prefiere los objetos, las cosas, a las personas”.

La mía desde el evangelio, también…

Europa se ha convertido en una fortaleza casi impenetrable. Muchas personas huyen de un conflicto, de la violencia y de la persecución. Para ellas, pagar miles de dólares a un traficante para atravesar el mar en un bote roto es casi la única opción que les queda. Tomar esta terrible decisión dice mucho sobre las circunstancias de las que huyen. Amnistía Internacional narraba el caso de Jean, sobreviviente de un barco rescatado cerca de Malta en enero. Alrededor de 35 de sus compañeros murieron de hipotermia y deshidratación. Jean nos contó que había huido de Costa de Marfil cuando su familia lo amenazó porque no quería someter a su hija a la mutilación genital femenina.

Cuando llegó a Libia, “los traficantes iban armados. Algunos teníamos miedo y no queríamos ir, pero nadie pudo echarse atrás. No nos dieron mapas, nada. Sólo dijeron: ‘id todo recto hacia adelante y eso es Italia’”.

Ahora Europa – y el gobierno español  en ella-  ofrece soluciones tan “ imaginativas” como hundir barcos abandonados en los que huyen. Una nueva modalidad de la llamada externalización de fronteras. Ante la gran evasión – y esta vez no es película- el Norte en vez de procurar pasillos humanitarios, quiere hundir los únicos agarraderos de “los nadie”.

Escuché fuera de España la petición de un minuto de silencio que el Presidente del Episcopado español pidió por los muertos del Mediterráneo. En ese momento me puse de rodillas. Estaba cerca del mar Mediterráneo mientras la noticia de los naufragios y la mirada de Europa hacia otro lado me golpeaba la sienes. “Es un asesinato”, pensé. Y postrado, a tientas, me acerqué al misterio del poder que genera cual asesinos modernos sin rostro, estas muertes. En mi fe, sin embargo, el único poder de Dios Todopoderoso que he conocido es el que se ha manifestado en formas escandalosas de no poder. A mi Dios todopoderoso -¡todopoderoso!- lo he reconocido en la  mañana como uno de los náufragos para los que no ha habido lugar en la posada de la UE, huyendo  de unos tiranos cualquiera de los países de origen, lo he visto hacer el bien por los caminos de los pobres, lo he visto peregrino en un mundo en el que nada era suyo, lo he visto crucificado como un malhechor entre malhechores… Lo he visto hoy en el Mediterráneo mientras sacaba su mano crucificada entre el arco de estrellas amarillas en el azul (mediterráneo) de Europa. Pues tiene mi Dios querencia por la vida de los pobres, y estaba en aquellas vidas antes de que salieran de su país, atravesaran otros y murieran en el mar.

Delante de mi Dios pobre, en la cruz del desierto, en el Mediterráneo, en todas las fronteras del dolor humano de la emigración continuaré arrodillándome, como hoy en la orilla del mar pidiendo fuerza porque hay heridas que curar, lágrimas que secar, hermanos a quienes amar, y todo eso se hace mejor de rodillas. Y pidiendo a Europa, si es preciso de rodillas (¡por ahora!), aumentar la insignificante cooperación exterior, sin hipocresías que afirman que esta es una solución y luego no se traduce en los presupuestos; practicar la hospitalidad reasentando a los refugiados sin protección en la región; reunificación familiar de los refugiados que ya están en la UE; y eximir temporalmente de la obligación de visado o, al menos, conceder  visados por motivos humanitarios… Pero ahora urgente y globalmente la prioridad es salvar vidas. No otra.

Puede que sea muy importante preguntarse por qué Dios “permite” esto; puede que sea muy importante denunciar, como ha hecho tanta gente de Iglesia con otra mucha gente estos días. O como lo hizo el Papa Francisco ante la muerte de inmigrantes en su Buenos Aires querido, “Pido por  los responsables de la muerte de esta gente, de estos chicos sobre todo, a los Herodes que todavía viven y que se enriquecen con la sangre de los chicos, que se enriquecen con la sangre de los pobres, para que Dios les toque el corazón y los convierta”. Y a nosotros que nos toque el corazón para seguir luchando por la justicia. Que así sea.

Pero lo más urgente, pienso que lo más importante hoy para mí, es arrodillarse ante los pobres, ponerse a su altura… Continuaré arrodillándome. Para que me perdonen. Y para llegar a su mano saliendo del agua, cogerla y acercarla a la orilla, antes de que se cierre del todo el puente levadizo del castillo europeo, que no está encantado. Sino cerrado.