¡Europa, Europa…!

A finales de marzo participé en un interesante seminario sobre las prioridades políticas de la Comisión en el nuevo ciclo del Semestre Europeo 2017.

El Semestre Europeo se ha consolidado ya como pieza clave para la gobernanza económica de la Unión, toda vez que, desde dicha estructura, se coordinan políticas económicas tan relevantes como, de una parte, las reformas estructurales, que se orientan a la promoción  del crecimiento y el empleo en los países miembros; las políticas presupuestarias, con vistas a garantizar la sostenibilidad de la hacienda pública, en línea con el Pacto de Estabilidad y Crecimiento. Y en tercer lugar, se busca prevenir desequilibrios macroeconómicos que resulten en crisis y turbulencias, que no tardarían en extenderse a lo social y a lo político.

Naturalmente, esta búsqueda de estabilidad y de convergencia es muy loable y hay que seguir perfeccionándola. Pero para construir Europa, tenemos que ir más allá… O, tal vez, más acá. Quizás hayamos de reforzar los cimientos de la casa, volviendo a repensar algo de lo básico. Algo que -más allá de la mitología de la bella ninfa raptada por un Zeus ensabanao que, con el aquel del amor apasionado, habría de tener tan buena lidia como la que el maestro Chenel le recetara a un trasunto del padre de los dioses, allá por los años setenta del pasado siglo-; digo que habrá que volver a algo de lo básico; y que, por dar pistas concretas, habrá de tener que ver, sobre todo con tres fuentes sin las cuales no cabe entender la índole propia del topos cultural que construyó Occidente; a saber: la Filosofía de la Grecia clásica, el Derecho de Roma; y, sobre todo, el Humanismo Cristianismo con su inquebrantable lucha por la libertad y la dignidad de una persona, imagen de Dios como hombre y mujer.

Precisamente el día en el que la señora May entregaba la famosa carta que ha de marcar el punto de no retorno respecto al Brexit, me encontraba yo, como dije, en Bruselas. En los mismísimos predios que la primera ministra británica. Puedo dar fe de cómo teníamos –quien más, quien menos- cara de circunstancias: los funcionarios de la Unión, los visitantes, los periodistas, los que filmaban en la calle… En los bares de alrededor no es que hubiera llantos; pero, desde luego, tampoco había muchas alegrías. Todo lo más, un rictus leve que acababa esbozando una resignada mueca, una sonrisa de compromiso: La cosa no era para menos, porque como europeos tenemos ante nosotros una agenda complejísima –en lo económico, en lo político, en lo social, en lo cultural, en lo fiscal…-; un intrincado rosario de problemas que resolver; una letanía de demandas a las que tratar de dar respuesta… en una situación de incertidumbre, con grave riesgo de arrumbar un proyecto que, pese a todo, a quien suscribe –como firme y convencido europeísta- le sigue pareciendo deseable: setenta años de paz son más que una buena razón para tratar de sostenella y no enmendalla.

Era como si flotara en la plaza el trasunto de aquella tercera pregunta que, según Kant, debe la Filosofía responder. Todos parecíamos cuestionarnos al unísono: ¿Qué nos cabe esperar? Nadie lo sabe. Y como nadie lo sabe, el presidente de la Comisión, Jean-Claude Junker, acaba de poner encima de la mesa la pregunta que habrá que responder sin mayor dilación. O al menos, en cuanto se despejen algunas incógnitas previas. Capeado de momento el temporal holandés, queda por saber por dónde se acabarán decantando los franceses a la hora de escoger presidente- porque si eligen a doña Marine, entonces, se acabó el baile: apaga y vámonos, que ya “de lo otro, ni hablamos!”. Habrá que estar también muy atentos a ver qué dicen los alemanes respecto a la continuidad o no de Frau Merkel…

Pues bien, cuando esas cuestiones se vayan aclarando -quiera Dios que para el bien y la continuidad del proyecto europeo /dal prusás eurupeu/, que diría cualquier irredento independentista catalá al entonar, ¡otra vez!, la estomagante cantinela del Freedom for Catalonia-; digo que cuando estas cuestiones se vayan aclarando, tenemos que ponernos de acuerdo, al menos como en Betanzos, en lo que queremos. Ya se sabe: “Betanceiros, ¿qué queredes?” ; a lo que, se responde a voz en grito: “¡Que suba o pan e que baixe a caña!”.  A ver si en Europa nos acabamos aclarando por fin de si el vino se abarata o el pescado es caro…

Porque, en esencia, según el libro blanco que Junker presentara hace poco más de un par de meses, caben cinco escenarios posibles para refundar una UE a 27, ya sin el Reino Unido como socio; que esta vez, a los de la pérfida Albión, les explotó la gasolina con el revival del experimento que el laborista Harold Wilson, a finales de los 70 del pasado siglo, había llevado a cabo con el órdago de un referéndum que, in illo tempore, había ganado…

My dear Mister Cameron, eso es lo que tiene que los políticos abdiquen de sus responsabilidades… ¡Vamos que viene la cosa a ser como si el conductor del autobús, al  llegar a cada cruce, parara el carro, se levantara del asiento y, micrófono en mano preguntara al respetable que se pronunciara, a mano alzada y de manera vinculante, si tiramos hacia la derecha o si vamos a la izquierda…! Cameron parece primo carnal del aquel otro que asó la manteca… De modo que, aunque tenemos muchos motivos para quejarnos de nuestra clase dirigente -¡panda de ladrones!, entre otras cosas…-, cantamañanas e iluminados, a lo que se ve, haylos en to los sitios, como dicen los de El Meruxal…

La primera opción es la de dar un paso atrás para salvar el proyecto, aparcando toda pretensión política y volviendo al puro y simple mercado común, sin barreras comerciales ni aranceles… Esta posibilidad tendría sentido, sobre todo, si los populistas consiguen llevar el pulso de los pro europeos en las elecciones que se esperan este año.

Cabe también instrumentar alguna versión más o menos creativa  de la Estrategia Virgen de Lourdes -“¡Virgencita, virgencita: que me quede como estaba!” Ahora bien, no creo que esta opción sea deseable: acabará convirtiéndose en táctica de avestruz y dejará, de nuevo, la casa sin barrer… como resulta palmario al comprobar cómo de aquel compromiso en firme para realojar a los refugiados, de momento ná de ná, que diría el castizo.

¿Por qué no instrumentar una Europa de dos velocidades? También es una opción. Los países que quieran, que configuren un núcleo duro, que apuesten de manera decidida por avanzar en los procesos de integración política… y que ¡el que tenga mieo, que nun monte!, según recen en Bardana…

Cabe reforzar el principio de subsidiariedad, y ver qué cosas merece la pena centralizar en Bruselas; y cuáles otras tienen visos de mejor gestión en los países miembros. Este cuarto escenario buscaría construir Europa a la misma velocidad, pero de manera más acotada. Aquellas políticas que se quieran ver gestionadas desde una autoridad europea requerirán como condición de posibilidad que los países cedan competencias. Si esto funciona bien en lo tocante al comercio exterior, por caso… Si se decide que asuntos del calado político, por ejemplo, de la Defensa, de la posibilidad de establecer un Tesoro Público unitario, de la gestión de las migraciones… debieran gestionarse dese las autoridades de la Unión, todo ello requeriría cesión de soberanía por parte de los Estados miembros. Habrá que ver si se quiere o no dar esos pasos… Y sobre todo, hacerlo sin marear más la perdiz ni andar tratando de cazar vientos, como señalaba Qohélet, al sentenciar contra la vanidad de las vanidades..

Y ya por soñar: ¿qué tal una Europa federal? Una Europa con instituciones centrales reforzadas, un mayor presupuesto, un ejército europeo… Parece utopía -¡y lo es!-; pero no es en absoluto quimera. Lo utópico es difícil, pero no imposible metafísicamente de alcanzar, siempre que haya voluntad para ello, un liderazgo firme y su aquél de suerte… La quimera, por contra, es impracticable, resulta ser algo ontológicamente inhacedero. No en vano se alude a aquel monstruo imaginario que, según la fábula, vomitaba llamas y tenía cabeza de  león, vientre de cabra y cola de dragón…

¿Cómo rescatar y reforzar la utopía de Europa? No cabe otra: hay que volver a las raíces, rescatar lo básico, apostar por el espíritu de Europa, que es mucho más que un concepto geográfico que denota a esta península al oeste de Asia. Europa, ya nos lo dijo Guardini al acabar la Segunda Guerra Mundial, es mucho más que un lugar: es una entelequia viva, una figura espiritual operativa, que tanto ha aportado y debe seguir aportando a la humanidad. Para ello, entre otras cosas, urge volver a conectar con el afán de la Filosofía griega -comprender racionalmente la vida y el universo, crear belleza, encontrar la verdad…-; es preciso subrayar el amor de Roma al Derecho, al orden, a la legalidad y a la eficacia. Y sobre todo, resulta inaplazable alinearse con la tradición de la libertad interior y de la lucha por la dignidad, aunada con las sombras de Sócrates y de Platón, de San Agustín o Kant; y de manera, aún más plena y trabada, con lo que significa y representa el Humanismo Cristiano y la dimensión moral del proyecto europeo.

Zurück zu Europa implica, sin duda, volver a lo básico y recuperar los principios. Sólo desde ellos cabe esperar que el sueño europeo se convierta en realidad.

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