Europa da alas a los reaccionarios; refuerza sus populismos de ultraderecha al ceder ante ellos en política de refugiados. Ningún movimiento ascendente que logre una batalla parcial baja en apoyos. Todo lo contrario, la cesión europea para expulsar a los refugiados, inyectará fortaleza, ánimo y credibilidad a los populismos reaccionarios. Los ultraderechistas que el 27 de marzo pisotearon las flores y velas en una vigilia por las víctimas del atentado de Bruselas, volverán a interpretar su macabra danza pero serán más, en más sitios y más envalentonados. Saben que Europa ha cedido una vez y que volverá a hacerlo. Europa no ha sido prudente sino cobarde y hasta temeraria.

A Europa le hubiera bastado con leer a uno de sus europeos, Ignacio de Loyola: cuando se cede al mal, éste se crece y acecha más. Y cuando se disimula y esconde el mal, también se hace más fuerte. Es la regla 13 de Loyola: la negación, la vergüenza y el miedo ante el mal, lo hacen crecer.

A Europa parecen asustarle más el avance de sus populismos que el terrorismo del Dáesh. Nos tenemos más miedo a nosotros mismos que a los terroristas. Y la prueba es que la política de refugiados beneficia al Dáesh porque multiplica las contradicciones tanto en Europa como, sobre todo, en Medio Oriente.  Con la devolución de peticionarios de asilo, Europa inyecta mucha más inseguridad en la región. Contra lo que cree Europa, esta medida también beneficiará sustancialmente a los populismos. La política europea ofrece muchos flancos a la ultraderecha. Tras echar a los sirios, tocan los inmigrantes de otros países y luego los europeos del Sur y luego… Es la espiral de Bertold Brecht (fueron a por los judíos pero no tuve miedo porque yo no lo era…).

El 30 de marzo el Secretario General de la ONU, Ban Ki Moon, solicitó a Europa un plan trienal que dé seguridad al 10% de conjunto de refugiados, lo cual significarían 480.000 personas. Es 1 refugiado cada 1.500 habitantes en tres años. Si Europa fuera el Líbano, el continente tendría en estos momentos a 100 millones de refugiados de las guerras de Medio Oriente. La responsabilidad que se le solicita a Europa es factible y prudente. Europa no es la fabricante del Dáesh pero no puede no tener responsabilidades proporcionales a su poder en la solución.

Por el contrario, Europa ha perpetrado la política de subrogación de refugiados que tanto criticó de Australia. Los gobiernos de Australia pagaban a países empobrecidos para que dieran residencia a personas que pedían asilo en el país de los canguros. Europa criticó reiteradamente una política de refugiados que ahora ella practica. Además, Europa ha cerrado los ojos para no juzgar las acciones militares del régimen sirio y Rusia: ha levantado la veda contra la oposición siria. Europa busca hacerse todavía más ajena: “¿qué tengo yo que ver con estos refugiados?”, parece preguntarse. Al legitimar esa pregunta, alimenta la insolidaridad ciudadana.

Se nos parte el corazón en el campo de refugiados de Idomeni. Las imágenes nos muestran hundidos en el barrio a los niños, las tiendas de campaña, juguetes olvidados. Así está Europa: embarrada; se ha quedado con las ruedas patinando en medio del problema. Cuando expulsa a los refugiados, una parte de Europa se va con ellos y puede que la mejor. Los refugiados no son el problema, son una vía para que Europa encuentre lo mejor de sí. Por el contrario, Europa embarrada.