Eucaristía y ecología

Mons. Pedro Barreto SJ será creado cardenal por el Papa Francisco a finales de este mes. Como muestra del pensamiento del nuevo cardenal, presentamos aquí un extracto de su intervención en la XI Asamblea del Sínodo de Obispos, 2005:

En el mundo actual hay angustia y decepción ante el fracaso de las esperanzas humanas, ligadas al medio ambiente y a la pobreza extrema porque “Dios ha sido desterrado de la vida pública”, por eso “la crisis ecológica, no solo es un problema científico y técnico es también y principalmente ético y moral”. La convicción de la Iglesia es que “la tecnología que contamina, también puede descontaminar; la producción que acumula, también puede distribuir equitativamente, a condición de que prevalezca la ética del respeto a la vida, a la dignidad del hombre y a los derechos de las generaciones humanas presentes y futuras”.
El cambio climático presenta una amenaza seria para la paz mundial. Es un auténtico “signo de los tiempos” que nos exige una conversión ecológica. Y la Iglesia tiene una gran responsabilidad en este campo espiritual. En este contexto, “la Eucaristía, siendo la cumbre a la cual tiende toda la creación, es también la respuesta a la preocupación del mundo contemporáneo por el equilibrio ecológico”.

  • Como “fruto de la tierra”, el pan y el vino representan la creación que nos es confiada por nuestro Creador. Por ello, la Eucaristía tiene una relación directa con la vida y la esperanza de la humanidad y debe ser una preocupación constante de la Iglesia y señal de autenticidad eucarística. “No sólo las personas humanas, sino la creación entera… espera la recapitulación de todas las cosas, también las de la tierra, en Cristo”.
  • Como “fruto del trabajo” de la persona humana, en muchas partes del mundo, como es el caso del territorio de la Arquidiócesis de Huancayo (Perú), el aire, la tierra y la Cuenca del río Mantaro están seriamente afectados por la contaminación. La Eucaristía nos compromete a trabajar para que el pan y el vino sean fruto “de la tierra fértil, pura e incontaminada”. Para ello es necesario hacer cada vez más visible la “comunión” en el Colegio Episcopal, reunido bajo el Vicario de Cristo y la “colegialidad afectiva y efectiva”, de la cual se deriva la solicitud de nosotros los Obispos por las otras Iglesias particulares y por la Iglesia universal…”, incentivando la participación de los laicos.
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En la Exhortación Apostólica postsinodal Sacramentum Caritatis, el Papa Benedicto escribe: “Para desarrollar una profunda espiritualidad eucarística que pueda influir también de manera significativa en el campo social, se requiere que el pueblo cristiano tenga conciencia de que, al dar gracias por medio de la Eucaristía, lo hace en nombre de toda la creación, aspirando así a la santificación del mundo y trabajando intensamente para tal fin… La Eucaristía misma proyecta una luz intensa sobre la historia humana y sobre todo el cosmos. En esta perspectiva sacramental aprendemos, día a día, que todo acontecimiento eclesial tiene carácter de signo, mediante el cual Dios se comunica a sí mismo y nos interpela.

De esta manera, la forma eucarística de la vida puede favorecer verdaderamente un auténtico cambio de mentalidad en el modo de ver la historia y el mundo. La liturgia misma nos educa para todo esto cuando, durante la presentación de las ofrendas, el sacerdote dirige a Dios una oración de bendición y de petición sobre el pan y el vino, «fruto de la tierra», «de la vid» y del «trabajo del hombre». Con estas palabras, además de incluir en la ofrenda a Dios toda la actividad y el esfuerzo humano, el rito nos lleva a considerar la tierra como creación de Dios, que produce todo lo necesario para nuestro sustento.

La creación no es una realidad neutral, mera materia que se puede utilizar indiferentemente siguiendo el instinto humano. Más bien forma parte del plan bondadoso de Dios, por el que todos nosotros estamos llamados a ser hijos e hijas en el Hijo unigénito de Dios, Jesucristo (cf. Ef 1,4‐12). La fundada preocupación por las condiciones ecológicas en que se halla la creación en muchas partes del mundo encuentra motivos de consuelo en la perspectiva de la esperanza cristiana, que nos compromete a actuar responsablemente en defensa de la creación.

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En efecto, en la relación entre la Eucaristía y el universo descubrimos la unidad del plan de Dios y se nos invita a descubrir la relación profunda entre la creación y la «nueva creación», inaugurada con la resurrección de Cristo, nuevo Adán. En ella participamos ya desde ahora en virtud del Bautismo (cf. Col 2,12 s.), y así se le abre a nuestra vida cristiana, alimentada por la Eucaristía, la perspectiva del mundo nuevo, del nuevo cielo y de la nueva tierra, donde la nueva Jerusalén baja del cielo, desde Dios, «ataviada como una novia que se adorna para su esposo» (Ap 21,2).

La fe en Cristo resucitado hace que la Eucaristía sea “un proyecto de solidaridad” para compartir los bienes con los más pobres” y vivir la espiritualidad eucarística en la Iglesia.

 

 

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