Eucaristía y ecología

Juan Pablo Espinosa Arce

Académico UC/U.A.H/U. La República

La importancia de la inteligencia relacional en las comunidades cristianas

El Papa Francisco en la Encíclica Laudato Si’ muestra una nueva y armónica comprensión de la ecología, la cual lleva por nombre ecología integral. El teólogo brasileño Leonardo Boff comprende que la Laudato Si’ viene a superar una reducción al ambientalismo o a la preservación de las especies en peligro de extinción[1]. El concepto de ecología integral busca comprenderse desde lo ambiental, lo social, mental y espiritual. Se asume, como dato sobre el ser humano, que estamos constituidos en redes interdependientes entre nosotros y entre nosotros y la Casa común.

Por ello el Papa Francisco insiste en la necesidad de “cambiar en los estilos de vida” (LS 204; 206), que muestre el paso de un “estilo de vida consumista” (LS 204) y excesivamente individualista a lograr un modo de vivir y de relacionarnos que tenga como horizonte “la capacidad de salir de sí hacia el otro” (LS 208). Con este cambio de estilos de vida, Francisco está pensando en la urgencia de crear espacios de compasión, cuidado, de empatía o reconocimiento. Por ello, afirma Francisco: “cuando somos capaces de superar el individualismo, realmente se puede desarrollar un estilo de vida alternativo y se vuelve posible un cambio importante en la sociedad” (LS 208).

El nuevo estilo de vida antropológico que considera la relación con los otros (el prójimo), con el otro ambiental (la creación) y con el Otro trascendente (Dios), viene a superar el excesivo individualismo y la pérdida de referentes de comprensión del mundo de la llamada posmodernidad. José María Mardones en su libro Postmodernidad y cristianismo, define a esta época como un “talante”[2], sensibilidad o disposición, en cuanto actitud del ser humano a rehuir el contacto real con los demás, ya que las relaciones se han vuelto “inseguras”[3]. Se reconoce que antiguamente existía en la cultura una capacidad de confianza más afianzada, pero resulta que la realidad hoy se ha vuelto más fragmentada, inestable y emocionalmente falible. Es la época de la angustia y la ansiedad como señas de un individualismo creciente, Albert Nolan reconoce que “el ideal cultural del mundo industrializado occidental es el individuo autodidacta, autosuficiente y autónomo que se basta a sí mismo, no necesita a nadie (excepto para el sexo) y no debe nada a nadie”[4]. Este es el ideal de ser humano, el que comenzó con Nietzsche y su muerte de Dios y que trajo como consecuencia la muerte del prójimo-del ser humano, y la muerte ecológica-de la Creación.

Frente a este panorama, Francisco reclama una vuelta a la relación entre los seres humanos. Por ello continuamente está hablando de que este nuevo estilo de vida o de las nuevas formas de cuidado entre nosotros deben sustentarse en “la solidaridad, la responsabilidad y el cuidado basado en la compasión” (LS 210). Es necesario por tanto apelar a las prácticas de comunión y de inteligencia relacional. No somos sólo animales de la razón, sino que también ejercitamos el sentimiento por medio de los cuales nos relacionamos con otros.

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Y es aquí donde entra la cuestión eucarística, porque en la Eucaristía comprendemos y hacemos experiencia concreta de la comunión vivida con Dios y de la comunión entre los miembros de la comunidad. De hecho, podemos pensar que la Eucaristía es la forma auténtica de la práctica de la inteligencia relacional.

Estamos hechos, física, biológica, psíquica, incluso religiosamente, para vivir con otros (con-vivir). García y Manga reconocen que existen a lo menos dos formas de vida: la biológica (la propiamente vida) y la relacional (la con-vivencia). En esta segunda dimensión, llamada también vivir social – podríamos llamarla nosotros vivir eclesial o vivir eucarístico (en cuanto donación, entrega) – tenemos una función clave: somos creadores de una vida social vivible. Dicen estos autores que “mientras la vida se nos da como un regalo, el convivir es fruto de nuestra creación. Construimos la sociedad a partir de las relaciones que establecemos. Al modificar nuestro actuar, la sociedad se transforma. Pero que quede claro: no porque uno cambie puede imponerles a los demás la exigencia de cambiar (…) en definitiva, podemos vivir de cualquier manera. Lo que debemos tener en cuenta es que las relaciones que establecemos repercuten en nuestra calidad de vida”[5].

En consideración de estas prácticas relacionales, Francisco en Laudato Si’ menciona que “la preservación de un ambiente sano” (LS 215) pasa necesariamente por la difusión de este nuevo modelo de vida. En el caso del cristianismo, la transformación de las relaciones se hace desde Jesús. Esa es la esencia de nuestra fe: hacer las cosas desde Jesús, desde su práctica y mensaje. Por ello recuerda Francisco: “hace falta entonces una conversión ecológica, que implica dejar brotar todas las consecuencias de su encuentro con Jesucristo en las relaciones con el mundo que los rodea” (LS 217).

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Si nuestra vida se construye desde Jesús, con mayor razón nuestra práctica eucarística de donación, compasión, ternura, gratuidad, debe vivirse en clave ecológica y de inteligencia relacional. Hemos de aprender a acercarnos a los que nos rodean desde la Eucaristía. En la celebración eucarística, los creyentes ejercitamos nuestra adhesión a Jesucristo y experimentamos la comunión con Dios a través de su vida, a la vez que practicamos la caridad con los otros. De hecho, decir, por ejemplo, “acercarse/acerquémonos a la comunión”, no representa sólo un aspecto de comer el Cuerpo o beber la sangre. Es algo más profundo: es entrar en la vida de Dios a través del encuentro y de la celebración con los otros. Es, como dice San Buenaventura – citado en Francisco – “encontrar a Dios en las criaturas exteriores” (LS 233).

En el sacramento, cualquiera de los siete que sea, el Papa Francisco nos recuerda que ellos “son un modo privilegiado de cómo la naturaleza asumida por Dios se convierte en mediación de la vida sobrenatural. A través del culto somos invitados a abrazar el mundo a un nivel distinto” (LS 235). Por ello, la Eucaristía en particular y los sacramentos en general tiene un fuerte carácter “cósmico” (LS 236), en cuanto Dios ha querido quedarse en lo más cotidiano que tiene el ser humano: la comida, que incluso, cuando falta puede provocar la muerte del mismo ser humano. Dios se juega su vida en la debilidad y en la vulnerabilidad del alimento y del que recibe el alimento, que a su vez necesita de alguien que sembró-plantó; cosechó-preparó; vendió-compró, y que al morir el ser humano toda esa carga cósmica vuelve a la tierra para regenerar la creación. Eso es una auténtica dinámica relacional y una fuerte señal de la necesidad de vivir la interdependencia: mi vida depende de otros, no soy un individuo aislado. La Eucaristía se comprende mejor en esta forma de interdependencia.

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Gracias a la lógica de la interdependencia-inteligencia relacional o veneración humilde de los procesos que intervienen para lograr el fin último, el Papa Francisco reconoce que la Eucaristía y su relación con la ecología ayuda a que la acción humana sea “preservada del desenfreno voraz y de la conciencia aislada que lleva a perseguir sólo el beneficio personal” (LS 237). En la Eucaristía comprendemos que sólo desde la comunidad-Iglesia podemos experimentar que la celebración, la alegre celebración de la muerte y vida de Jesús, de su paso en nuestra historia, representa un alto profético a las lógicas de individualismo y de autosuficiencia que la época actual va imponiendo como única medida de lo humano. Por ello el ideal eucarístico para nuestras comunidades es la de crear comunidades que compartan. Dice Nolan “hoy más que nunca necesitamos encontrar formas de reavivar el espíritu del compartir de Jesús. Nuestra solidaridad y nuestro amor mutuo no pueden seguir siendo una idea abstracta o un sentimiento afectuoso. En la práctica, tendrán que convertirse, si bien gradualmente, en una realidad económica”[6].

Cuando Nolan habla de lo económico no piensa en la transacción monetaria. Economía viene del griego oiko nomos, literalmente, la ley de la casa, la forma de convivencia en un espacio habitable. La ecología tiene que ser económica, la ecología eucarística tiene que ser habitable. En las celebraciones eucarísticas, que deben teñir nuestras prácticas de solidaridad, hemos de recuperar continuamente el modelo relacional de Jesús. Sólo desde este modelo podremos crear comunidades cristianas inteligentemente relacionales.


[1] Leonardo Boff, Una ética de la madre tierra. Cómo cuidar la casa común (Santa María, Buenos Aires 2016), 8.

[2] José Ma. Mardones, Postmodernidad y cristianismo. El desafío del fragmento (Sal Terrae, Santander 1988), 10.

[3] Albert Nolan, Jesús, hoy. Una espiritualidad de libertad radical (Sal Terrae, Santander 2006), 30

[4] Albert Nolan, Jesús, hoy, 41.

[5] Jaime García/Manuel Manga, Inteligencia relacional: una mejor manera de vivir y convivir (Vergara, Santiago 2007), 62-63.

[6] Albert Nolan, Jesús, hoy, 215.

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