Ética de la pasión: morir o matar

Es pertinente atender a los relatos de la pasión de Jesús para obtener de ellos algún aprendizaje ético. Pero una lectura ética de la pasión no es fácil de entrada desde el presupuesto secularista de separación de esferas. Nos encontraríamos ante un hecho vinculado al universo religioso, del que se deriva una enseñanza teológica. En ellos se revela en buena medida el misterio de Dios que acogen los cristianos. Por ello, si no se da una confesión cristiana de partida, no habría ninguna enseñanza pública o frente a cualquiera. Sin embargo, consideramos que es posible una lectura ética de la pasión de Jesús, lo cual ni es una reducción de su sentido religioso y teológico, ni tampoco implica dar por buena la irrelevancia pública de esta memoria que cae dentro de la “esfera religiosa”.

En los relatos de la pasión, y ante proceso judicial que padeció y que culminará con su muerte legalizada, Jesús asume una posición pacificadora y reconciliadora que expresa su voluntad de fraternidad con todos, incluso con los enemigos. Jesús renuncia a la violencia como instrumento para incidir en la política.

¿Tiene esto algún sentido?

De la violencia legal o legítima según el realismo político

Max Weber impugna el sinsentido de fondo en el que incurre una cosmovisión religiosa del mundo como la cristiana. Un sentido cristiano de la existencia que no aporta nada a la ética, ni a la ética política, antes bien, entontece a los individuos para asumir su responsabilidad. Por ello, Weber critica los valores del mensaje cristiano que se expresan en el Sermón del Monte, y que entran en juego real y dramáticamente en el juicio a Jesús. Weber denuncia la búsqueda de la construcción de relaciones pacíficas entre los sujetos como extrañas al arte de la política y enemigas de una ética de la responsabilidad. Ello sería propio para Weber de una ética de la convicción, que implica la incapacidad de responder a las exigencias de la realidad en vista de unos valores asumidos. Estos valores impiden negociar con la realidad y tratar adecuadamente con sus límites. La paz o la fraternidad universal serían bellos ideales, pero son ajenos a cualquier realismo dada la condición humana. Por ello, cualquier sociedad política instituida o por instituir reclama el ejercicio de la violencia legítima en nombre de su ley.

Puede interesarte:  Daniel Solomons, el mundo venidero

Ética de la vida frente a la ética de la ley

Frente a ello, Franz Hinkelammert sí considera relevante para la ética, y en particular para una ética de la política y frente a la ley, la posición de Jesús. La ética es vista como voluntad de bien y de vida, que justamente reacciona ante la ética de la ley. La ética de la ley, da por buenos y necesarios los sacrificios humanos, sean de culpables, de inocentes, o de mártires de la patria en vistas del mantenimiento del orden instituido, o del logro del orden revolucionario por conquistar. Toda administración de la ley, sea instituida o instituyente-revolucionaria, mantiene siempre el recurso último de la fuerza, y por ello, justifica la administración de la violencia legal o legítima, de la exclusión e incluso de la muerte, ajena y propia. Una y otra no cambian. Los contenidos de los sistemas legales sí, pero sus mecanismos esenciales de exigir obediencia y cumplimiento voluntario, o de forzar el cumplimiento si no se da lo primero, no cambian.

La ética de la vida reacciona porque una ética de la ley asume con naturalidad la administración de la violencia legítima-legal. El recurso a la fuerza puede ser necesario, pero toda exclusión o muerte, implica en parte un fracaso de la vida social. Naturalizar o legitimar sin pesadumbre la administración de la violencia, nos sitúa en un camino que no minimiza la muerte, antes bien, la banaliza y normaliza. Confronta que se mate en vista de la vida.

Por ello, según Hinkelammert, la ética de la vida parte de un postulado de la razón práctica: “asesinato es suicidio”. Pues bien, podríamos ver anticipado este postulado en aquél comportamiento de Jesús ante su prendimiento y la resistencia armada de su discípulo, “vuelve tu espada a su sitio, porque todos los que empuñen la espada perecerán” (Mt 26, 52). Aquí en la frase de Jesús no hay en primer término un juicio moral (debemos seguir la paz y no la guerra) sino un juicio empírico: quien asesina, provocará a su vez su asesinato, siguiendo del juicio empírico el juicio moral: si queremos vivir, entonces debemos seguir la paz y no la guerra. Jesús intenta orientarse por la mejor lógica para seguir con vida y con “vida en abundancia”, vida de todos incluso de aquellos que lo pretenden matar judicialmente, legal o ilegalmente. Pero su fracaso no es suyo, es de quienes lo matan cínicamente sin intentar seguir con la vida de todos.

Puede interesarte:  Acciones buenas, prácticas malas

Hay indicios empíricos de que “asesinato es suicidio”, pero no se puede hacer la prueba completa para acreditar su verdad, pues sólo puede hacerse disolviendo a cada paso con ello la vida humana. Mientras más se ensaya su prueba, más en peligro se pone la vida humana. Sólo puede hacerse la prueba anticipando los resultados de su experimentación sin realizarlos. Sólo así puede conocerse su “verdad”, en cuanto es postulada, aunque no esté desconectado de base empírica no se puede deducir plenamente de ella. Es por ello, como ha indicado Franz Hinkelammert, un “postulado de la razón práctica”.

Por otro lado, la ética de la ley y de la sociedad política cuando se erige en última instancia, tiene su propio criterio de orientación: someter al desobediente y al enemigo, o la derrota o muerte del otro es nuestra victoria.

¿Qué introduce más novedad o liberación en las relaciones sociales, asesinato es suicidio; o domina o serás dominado?

Jesús y la novedad ética

Toda sociedad política parece necesitar fundarse en un absoluto, sea un Dios, unos dioses, o algo que funcione como última instancia de la realidad (El Estado o la República en su versión moderna-secular). Este absoluto dará seguridad de sostenimiento colectivo, fundamenta el sometimiento y el sentido del sacrificio a su orden y ley, así como la competencia asesina con las otras sociedades. Este absoluto también concede el título de dignidad a los están bajo su amparo y permite construir fronteras que los distingan. Es un dios celoso.

Sin embargo, frente a esto, la posición de Jesús trasciende esa lógica de la retribución y del sacrificio para tratar interrumpir el flujo de violencia y hacer brotar, aquí y ahora, otra sociabilidad que subvierta la legitimación del sacrificio, de la retribución, de la competencia asesina y de las identidades excluyentes:

Puede interesarte:  Un ejemplo práctico de seducción

“Viendo los que estaban con él lo que iba a suceder, dijeron: “¿Señor, herimos a espada?”, y uno de ellos hirió al siervo del Sumo Sacerdote y le llevó la oreja derecha. Pero Jesús dijo: “¡Dejad¡¡Basta ya¡” Y tocando la oreja le curó.” (Lc, 22, 49-51).

La posición de Jesús desnuda así al rey o al presidente de la república, en cuyo nombre se administra la violencia, sea legal o en vista de la legalidad por instituir, no deja constituir un mal que impide la circulación y comunicación de la vida. Su lógica es la lógica de la abundancia y del cuidado, es el compromiso con la construcción del bien común universalizable que trasciende las rupturas internas o externas de las relaciones inter-humanas.

Por ello, tampoco permitiría que en su nombre se construya otro “absoluto” que sea última instancia sobre las vidas humanas afectadas.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.