Trabajo y capital en la ética social crítica desde la fe

Por Dr. Agustín Ortega Cabrera

Este artículo tiene su origen en algunas cuestiones y realidades, que se han desarrollado en el ámbito académico o cultural, en relación a la filosofía y pensamiento crítico. Por ejemplo, el latinoamericano con autores como E. Dussel. A partir de lo anterior, vamos a presentar una serie de claves y criterios u orientaciones desde el pensamiento social cristiano y la conocida como Doctrina Social de la Iglesia (DSI). Tomando como especial referencia una de sus cuestiones y enseñanzas más significativas, como es el trabajo. Tal como nos transmite San Juan Pablo II en su significativa encíclica Laborem Exercens (LE), sobre el trabajo humano, u otros documentos sociales de los Papas en estas cuestiones.

Este pensamiento y la DSI nos presenta la actividad del trabajo como creación, a la persona trabajadora como creadora. Y que, en la dimensión teológica de la fe, colabora con el Dios Creador que con su amor gratuito ha creado todo el cosmos, el mundo y la tierra (LE 4). Es toda una espiritualidad y ética del trabajo. “En la palabra de la divina Revelación está inscrita muy profundamente esta verdad fundamental, que el ser humano, creado a imagen de Dios, mediante su trabajo participa en la obra del Creador. Y según la medida de sus propias posibilidades, en cierto sentido, continúa desarrollándola y la completa… Esta descripción de la creación, que encontramos ya en el primer capítulo del libro del Génesis es, a su vez, en cierto sentido el primer «evangelio del trabajo». Ella demuestra, en efecto, en qué consiste su dignidad; enseña que la persona, trabajando, debe imitar a Dios, su Creador, porque lleva consigo —él solo— el elemento singular de la semejanza con Él. El ser humano tiene que imitar a Dios tanto trabajando como descansando, dado que Dios mismo ha querido presentarle la propia obra creadora bajo la forma del trabajo y del reposo…” (LE 25).

Como nos mostraba ya Pablo VI, “creado a imagen suya, «la persona debe cooperar con el Creador en la perfección de la creación y marcar, a su vez, la tierra con el carácter espiritual que él mismo ha recibido». Dios, que ha dotado a la persona de inteligencia, le ha dado también el modo de acabar de alguna manera su obra; ya sea el artista o artesano, patrono, obrero o campesino, todo ser humano trabajador es un creador” (PP 25). De esta forma, lo más importante es el trabajo subjetivo, el sujeto del trabajo que es la persona y que, con su actividad laboral, crea, transforma y renueva la realidad e historia. A la vez que se realiza y desarrolla como ser humano en dicho trabajo (LE 6). Como nos muestra el Evangelio de Jesús (Mc 2, 27-28), nada ni nadie, ninguna realidad por más sagrada que se crea (ya sea la economía o el dinero-riqueza), puede ir en contra de la vida y dignidad del ser humano como es el trabajador. La persona es el centro, sujeto y protagonista gestor de dicha realidad laboral, social e histórica. “El trabajo está «en función del ser humano» y no el ser humano en «en función del trabajo» Es el metro de la dignidad del sujeto mismo del trabajo” (LE 6).

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Pero, como ha sucedido en dicha realidad social e histórica, el capitalismo pervierte este justo orden de valores. Ya que niega a la persona trabajadora como “sujeto eficiente y su verdadero artífice y creador… En donde es tratado, a la par de todo el complejo de los medios materiales de producción, como un instrumento y no según la verdadera dignidad de su trabajo; o sea como sujeto y autor y, por consiguiente, como verdadero fin de todo el proceso productivo” (LE 7). Por tanto, frente a la entraña perversa del capitalismo, el trabajo con la dignidad y protagonismo del ser humano está antes que el capital. “Se debe ante todo recordar un principio enseñado siempre por la Iglesia. Es el principio de la prioridad del «trabajo» frente al «capital». Este principio se refiere directamente al proceso mismo de producción. Respecto al cual, el trabajo es siempre una causa eficiente primaria. Mientras el «capital», siendo el conjunto de los medios de producción, es sólo un instrumento o la causa instrumental…Conviene subrayar y poner de relieve la primacía de la persona en el proceso de producción, la primacía del ser humano respecto de las cosas” (LE 12).

Tanto el capitalismo con su liberalismo económico, como esa mala respuesta que es el comunismo colectivista o colectivismo (capitalismo de estado), tienen la misma raíz perversa: el error del economismo. Lo que niega este valor y principio de la primacía de la persona sobre las cosas, del trabajo del ser humano sobre el capital y su conjunto de medios de producción (LE 13). Es por ello que, frente a estas ideologías y sistemas economicistas como el capitalista, la fe e iglesia defiende la propiedad para toda la humanidad. No sólo para unos pocos ricos como en el capitalismo, lo cual va en contra del principio del destino universal de los bienes (LE 14). Frente a la esencia inmoral del capitalismo, lo primero no es el derecho de propiedad privada, que no es un dogma ni un derecho absoluto e intocable. Lo principal y clave es este destino universal de los bienes, que es “el primer principio de todo el ordenamiento ético-social” (LE 19).

El capital, la propiedad y los medios de producción “no pueden ser poseídos contra el trabajo, no pueden ser ni siquiera poseídos para poseer. El único título legítimo para su posesión —y esto ya sea en la forma de la propiedad privada, ya sea en la de la propiedad pública o colectiva— es que sirvan al trabajo; consiguientemente que, sirviendo al trabajo, hagan posible la realización del primer principio de aquel orden: el destino universal de los bienes y el derecho a su uso común” (LE 13). La propiedad, por ejemplo de los medios de producción, nos sigue enseñando San Juan Pablo II, “resulta ilegítima cuando no es valorada o sirve para impedir el trabajo de los demás u obtener unas ganancias, que no son fruto de la expansión global del trabajo y de la fecundidad social. Sino más bien de la explotación ilícita, de la especulación y de la ruptura de la solidaridad en el mundo laboral. Este tipo de propiedad no tiene ninguna justificación y constituye un abuso ante Dios y los hombres” (CA 43).

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Desde ese punto de vista, pues, en consideración del trabajo humano y del acceso común a los bienes destinados al hombre, tampoco conviene excluir la socialización de los medios de producción (LE 13). La fe e iglesia defiende así una economía social y cooperativa. Con la copropiedad de los medios de trabajo, la participación de las personas trabajadoras en la gestión y los beneficios de la empresa, el llamado «accionariado» del trabajo, etc. Es la socialización que asegura la subjetividad de la sociedad. Es decir, cuando todo ser humano, basándose en su propio trabajo, tenga pleno título a considerarse al mismo tiempo «copropietario» de esa especie de gran taller de trabajo en el que se compromete con todos…Se trata del argumento «personalista», con el principio de la prioridad del trabajo respecto al capital, como postulado que pertenece al orden de la moral social. En donde, por medio de la socialización de los medios de producción, se hace posible que el ser humano pueda conservar la conciencia de trabajar en «algo propio» (LE 14-15).

De ahí que  la clave de la ética social, para esta justa distribución de los recursos, es la justa remuneración por el trabajo realizado. No existe otro modo mejor para cumplir la justicia en las relaciones trabajador-empresario que el constituido, precisamente, por la remuneración del trabajo. El salario justo se convierte así en la verificación concreta de la justicia de todo el sistema socio-económico, de su justo funcionamiento. Es la verificación clave (LE 19). Frente a la esencia injusta del capitalismo, justo, es decir, intrínsecamente verdadero y a su vez moralmente legítimo, es aquel sistema de trabajo que en su raíz supera el conflicto del capital sobre el trabajo. Tratando de estructurarse según el principio expuesto: la sustancial y efectiva prioridad del trabajo, de la subjetividad del trabajo humano y de su participación eficiente en todo el proceso de producción. Y esto, independientemente de la naturaleza de las prestaciones realizadas por el trabajador” (LE 3).

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Por lo que, como sigue afirmando San Juan Pablo II, se puede hablar justamente de lucha contra este sistema económico del capitalismo. Ya que impone como método el predominio absoluto del capital, la posesión de los medios de producción y de la tierra en contra de la libre subjetividad del trabajo de la persona (CA 35). Es lo que hace esa profunda corriente de solidaridad que es el movimiento obrero. Esas organizaciones de trabajadores y sindicales que luchan éticamente por la justicia, frente a todo este conflicto social que causa el capitalismo, explotando injustamente a los trabajadores u obreros (LE 8, 11). Lo cual “es un importante valor y elocuencia desde el punto de vista de la ética social. Era la reacción contra la degradación del ser humano como sujeto del trabajo. Y contra la inaudita y concomitante explotación en el campo de las ganancias, de las condiciones de trabajo y de previdencia hacia la persona del trabajador. Semejante reacción ha reunido al mundo obrero en una comunidad caracterizada por una gran solidaridad.

Para realizar la justicia social en las diversas partes del mundo, en los distintos países, y en las relaciones entre ellos, son siempre necesarios nuevos movimientos de solidaridad de las personas del trabajo y de solidaridad con los seres humanos del trabajo. Esta solidaridad debe estar siempre presente allí donde lo requiere la degradación social del sujeto del trabajo, la explotación de las personas trabajadoras y las crecientes zonas de miseria e incluso de hambre. La Iglesia está vivamente comprometida en esta causa, porque la considera como su misión, su servicio, como verificación de su fidelidad a Cristo, para poder ser verdaderamente la «Iglesia de los pobres». Y los «pobres» se encuentran bajo diversas formas; aparecen en diversos lugares y en diversos momentos; aparecen en muchos casos come resultado de la violación de la dignidad del trabajo humano: bien sea porque se limitan las posibilidades del trabajo —es decir por la plaga del desempleo—, bien porque se deprecian el trabajo y los derechos que fluyen del mismo, especialmente el derecho al justo salario, a la seguridad de la persona del trabajador y de su familia” (LE 8).



Ph. D. Agustín Ortega (España) es Trabajador Social y Doctor en Ciencias Sociales (Dpto. de Psicología y Sociología).  Asimismo ha realizado los Estudios de Filosofía y Teología, Doctor en Humanidades y Teología. Profesor e investigador de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador y, actualmente, de la UNAE (Universidad Nacional de Educación) así como invitado en diversas universidades latinoamericanas. Autor de diversas publicaciones, libros y artículos.

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