Esther Duflo y la lucha contra la pobreza

Esther Duflo, economista francesa afincada en Estados Unidos, ha recibido el premio Princesa de Asturias de las Ciencias Sociales.

Esther Duflo es una economista que ha dedicado su vida profesional a la lucha contra la pobreza. No es la corriente principal de la profesión, aunque a ello se dedican economistas muy conocidos como Amartya Sen o Jeffrey Sachs.

Hay algo de raro en que la lucha contra la pobreza no concentre más esfuerzos de economistas, porque la pobreza es sin duda la principal enfermedad económica de las sociedades. Sanar esa enfermedad social, erradicar la pobreza, parece que debería ser precisamente la misión principal de la ciencia económica, de la misma manera que sanar enfermedades físicas es el principal objetivo de la ciencia médica.

Más que hablar de la figura de Esther Duflo, vamos a resumir aquí un argumento central del libro “Poor Economics” que publicó con A.Banerjee en 2011. El argumento se sitúa dentro de una discusión sobre si la ayuda al desarrollo promueve el desarrollo, o más bien lo impide.

Empecemos por la segunda posición, que es la más provocativa, sostenida por economistas como William Easterly o Dambisa Moyo. Para ellos, la forma de “salir de pobre” consiste en ahorrar e invertir, aunque sea en pequeñas cantidades, para que el producto futuro de la familia sea mayor que el presente, y eso a su vez permita ahorrar más, invertir más y crecer en ingreso más deprisa. Lo peor que puede pasar en este esquema es carecer de mercado donde colocar tus productos y donde adquirir a precios competitivos los ingredientes de tu producción. Y casi lo segundo peor que puede pasarte es que te den ayuda al desarrollo, porque eso significa romper el ciclo ahorro-inversión en la familia, usando el dinero de otros para invertirlo (en el mejor de los casos), o simplemente para gastarlo (para qué invertir, si por ser pobre ya me dan). Así que la familia deja de generar ahorro, y probablemente también inversión, con lo que permanece indefinidamente pobre. Dambisa Moyo lo resume en un expresivo título, que además rima: “Trade, not aid” (comercio, no ayuda). Trade y un gobierno decente que no incaute los ahorros y las inversiones de los pobres sino que los deje prosperar. Este es otro aspecto donde la ayuda al desarrollo puede resultar problemática, porque favorece sin quererlo la corrupción de las administraciones: los recursos de afuera son más fáciles de administrar mal que si tuvieras que sacárselos a la misma gente.

La posición contraria es más convencional, al menos en el sentido de que estamos más acostumbrados a ella a través del mensaje de las ONGD. Muchos economistas que se ocupan del desarrollo y la pobreza la sostienen también, entre ellos Jeffrey Sachs. Detecta la existencia de una “trampa de la pobreza”, una especie de círculo vicioso del que uno no puede salir por sus propias fuerzas. Es más fácil poner un ejemplo que describirlo en abstracto: supongamos que una persona pobre es afectada por la malaria, lo que la debilita físicamente; como consecuencia, resulta menos productiva en el trabajo; gana por tanto menos dinero con que comer, lo que a su vez le hace más susceptible de nuevos ataques de malaria; además lo poco que gana lo necesita para sobrevivir, lo que le impide ahorrar para capitalizarse y salir de la pobreza. Cada vez es más pobre, come menos, sufre más agudamente la malaria. Trampas así solo pueden ser superadas con ayuda “desde afuera”, porque su carácter de círculo vicioso hace imposible que desde dentro de ellas puedan generarse los recursos necesarios para salir.

Particularmente las “trampas de la pobreza” relacionadas con salud y educación, darían lugar a una ayuda al desarrollo que solo necesita ocurrir una vez: la precisa para que la respectiva población salga del círculo vicioso. A partir de ahí, comienza el círculo virtuoso ahorro-inversión que hemos descrito antes.

Yo he vivido algo más de un par de años en Zambia, un país considerablemente pobre del sur de África. Por mi trabajo he tenido ocasión de ver ambos esquemas en funcionamiento: los dos suceden en la práctica. No se trata en realidad de quién “tiene razón”, sino de en qué situaciones concretas tiene razón cada uno. Por eso me ha gustado que el premio Princesa de Asturias haya sido otorgado a Esther Duflo.

Su trabajo básicamente consiste en aplicar la metodología empírica de los “randomized control trials (RCTs)” para detectar dónde se da en concreto una “trampa de pobreza” y la ayuda al desarrollo puede constituir una contribución a la vez insustituible y decisiva para que la respectiva población salga; y también para detectar dónde no se da tal “trampa” y por tanto la ayuda al desarrollo puede tener más efectos negativos que positivos para la capitalización de las poblaciones.

En el estudio de la pobreza concreta con esta metodología, Duflo va haciéndose a la vez preguntas y sacando conclusiones acerca de cómo deciden los pobres su distribución de recursos, esto es, cómo toman sus decisiones económicas. Un punto también muy interesante que a veces los economistas olvidan: la pobreza de quien ha nacido en ella es algo enteramente distinto a si yo, criado en la clase media profesional española, mañana me quedara sin recursos y pasara a ser pobre. Pienso que Duflo no utiliza la palabra, más de sociólogo, pero hay una “cultura de la pobreza” que sus estudios ayudan a ir desentrañando. Saber cómo reaccionará cada población pobre a la llegada de recursos externos es muy importante, porque lo esencial no es tener razón y llevarse el gato al agua, sino que la ayuda al desarrollo disponible sea eficaz en erradicar la pobreza.

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