Este tren que corre por la vida.

Las Patronas de Amatlan, Veracruz, Mexico

En estos días me llamó la atención la noticia del hallazgo de la momia de un monje budista. Fue encontrada en Mongolia, está bien conservada y un detalle: está en posición de flor de loto. No sé si dicho monje intuyó que el final se acercaba, quizá no, quizá sí y con serenidad se sentó, cerró sus ojos y fue consciente de que respiraba y exhalaba las últimas bocanadas de aire. Dos siglos después han encontrado sus restos. Algunos monjes dicen que esa momia no ha muerto, sino que se encuentra en «tukdam», que es un estado espiritual de meditación profunda y que, incluso, puede convertirse en un Buda.

De mi patria, México, me entero de que aquellas mujeres de Amatlán, Veracruz, cumplen 20 años de ser Las Patronas. Desde sus casas, cercanas a las vías del tren, escucharon los gritos: “¡Comida, madrecita, comida!”. Los trenes pasaban cada vez más llenos de hombres, mujeres y niños provenientes de Honduras, El Salvador, Guatemala y Nicaragua. Fue Doña Leónida Vázquez, de 75 años, quien viendo esa situación se dio a la tarea de preparar pequeñas viandas para los migrantes. Varias mujeres se le sumaron y, junto con ella, rifaron sombrillas e hicieron tómbolas para comprar alimentos. Otras se ofrecieron para la cocina. No quedó ahí, fueron a las vías, esperaron a La Bestia, como llaman a ese tren que mutila piernas y brazos a los caídos, y jugándose el pellejo repartieron bolsas con merienda y botellas de plástico –reutilizadas- con agua. Desde entonces ahí están, todos los días, al pie del cañón, sorteando y toreando a esa Bestia que no detiene su marcha, solidarizándose con los que sufren.

En el documental De Nadie, de Tin Dirdamal, fue la primera vez que supe del drama por el que atraviesan los centroamericanos que quieren llegar a EUA y tienen que atravesar México, escabulléndose de lo peor de las maras (pandillas), narcotráfico, secuestradores y corrupción de algunos policías. También ahí conocí de la existencia de Las Patronas y escuché sus motivos. Ante la pregunta del por qué hace eso, Norma Romero responde: “Porque tengo un hijo”.

Esta misma respuesta la encuentro en los ojos develados de una madre que sostiene a su bebé, en la habitación de un hospital de Madrid. Desde octubre no duerme más de 3 horas continuas. Su hija, Cádiz, espera un trasplante de hígado. Han sido meses de hospitales, de incertidumbre, de enfrentarse con lo peor de la burocracia, ineficacia y corrupción de algunos funcionarios o médicos del sistema de salud de México. Después de una odisea, literal, han llegado a España y el panorama ofrece esperanzas. Conversamos con cubre-bocas, la madre me cuenta del viacrucis por el que han transitado. La niña me observa con curiosidad, su mirada también está cansada, en esto llega su papá que la saluda con mimos y ella le regala una sonrisa inolvidable.

No sé si sea el próximo miércoles de ceniza, o el inicio de cuaresma, pero he andado dándole vueltas a que no somos más partículas o tripulantes de esta nave espacial llamada planeta tierra, que a su vez es una partícula que atraviesa la vastedad del espacio y del tiempo. Polvo fuimos, somos y seremos. Polvo serán, mas polvo enamorado, dice Francisco de Quevedo. La vida avanza como corre La Bestia por las vías de Veracruz. Somos seres vulnerables, expuestos a males naturales o a la injusticia, pero también al Misterio. Me duelen los migrantes de allá y de acá, pero ahí están colectivos solidarios, como Las Patronas, ofreciendo comida con una sonrisa. Me duele esta bebé que necesita trasplante de hígado, pero su sonrisa me da esperanza. Todos vamos en este tren. Para Cádiz, y para todos, deseo que sean muchos años de largo y buen viaje por la vida. Y que, al final, tengamos la serenidad de aquel monje encontrado en Mongolia, que percibiendo la llegada de lo último, se sentó en posición de loto, y quizá esperó el desenlace con una sonrisa.

@elmayo

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