El martes de la semana que viene, 14 de junio, tendremos una mesa redonda en ICADE (Madrid) para discutir uno de los temas cruciales de nuestro momento histórico: Las capacidades y los límites del Estado nacional frente a las dinámicas globales.

Aquí puede verse la invitación con los detalles del evento, en que participarán Jaime Mayor Oreja, Joaquín Estefanía y Juan José Almagro, tres personas que desde diferentes lugares vitales (el gobierno español y la política europea; el periodismo internacional; y la gran empresa primero, UNICEF después) han tenido que lidiar con ese tema. En la misma invitación está el link para notificar la asistencia.

A ello dedicamos precisamente nuestro último seminario interno de Justicia y Solidaridad, con la participación de gente de la Universidad, ONG, think tanks y empresa. Las conclusiones las publicamos aquí hace unas semanas.

Podría pensarse, y de hecho yo lo pienso, que el Estado nacional resulta un instrumento poco apto para gestionar el bien común de la Humanidad frente a dinámicas globales. El problema no estriba en el Estado mismo (que no es más que un nivel de organización política, como el municipio, la región o la Unión Europea) sino en que precisamente a ese nivel se atribuya una soberanía absoluta. Los demás niveles de gobierno tienen los poderes que el Estado les ceda.

La soberanía absoluta implica que el Estado actúa siempre en defensa de su interés, sin que nadie pueda ordenar su actuación a propósitos externos (cualesquiera que sea, también propósitos superiores). Visto hace cincuenta años, en la época de la descolonización, ello parecía tener mucho sentido: la nación sirve solo a su propio interés, no al de ninguna potencia exterior. Hay quienes siguen fijados en ese tema: son los nacionalistas de todo color, de cualquier nación chiquita o grande, existente o en proceso.

Pero ahora encontramos un problema bastante mayor: el de desarrollar una acción política unificada a nivel de toda la Humanidad para embridar dinámicas globales, económicas, financieras, migratorias, comunicacionales, ecológicas… cuya extensión supera los límites de cualquier Estado y cuya fuerza supera los poderes del Estado más poderoso. Esas dinámicas tienden a gobernar los Estados no dictándoles lo que han de hacer desde una potencia exterior, sino dictándoselo desde una competencia exterior.

El interés que sirve el Estado nacional soberano suele venir pautado por las bases políticas del poder en ese Estado, esto es, por quienes mantienen en el gobierno a quien mande. Por ejemplo, un Estado perfectamente democrático defendería los intereses que la mayoría de sus electores perciban como propios. ¿Intereses a qué plazo? Al plazo hasta las próximas elecciones, que ha de ser siempre el corto o medio plazo en una democracia. ¿Y actuando cómo en la defensa de esos intereses? En la línea que sostenga quien gobierne el Estado. En una democracia, el gobernante puede cambiar con facilidad, por solo un resultado electoral; y con él cambia fácilmente también la estrategia para promover el interés nacional en la globalización.

Sin embargo, una respuesta política adecuada a las grandes dinámicas globales requiere actuar sostenidamente por los intereses de toda la Humanidad en un plazo más largo, con una estrategia global. El Estado nacional no es un buen instrumento para ello, porque ni se ocupa primero de los intereses de toda la Humanidad, ni lo hace a largo plazo, ni a menudo sostiene sus estrategias a través de los cambios de gobierno. Y sin embargo es soberano, esto es, nada puede hacerse sin su consentimiento.

El interés a corto plazo de la nación, incluso en el más democrático de los Estados, incluye en lugar muy primero tener éxito en la competencia global con las demás naciones. Para ganar ese éxito (que son inversiones en el territorio nacional, exportaciones para las empresas y puestos de trabajo para los electores) se emprende una “carrera hacia el fondo” en que los Estados compiten por resultar atractivos a los capitales, evitar la entrada de refugiados e inmigrantes no deseados, fomentar la producción y el consumo incluso si suponen daños ecológicos en el clima, los mares, etc.

El fracaso en la competencia de corto plazo no es una opción para un Estado nacional soberano y democrático. Si fracasas y espantas a los capitales, no logras vender fuera y pierdes puestos de trabajo para los nacionales, precisamente cuanto más democrático sea tu Estado menos duras en el poder: hasta las próximas elecciones. Como consecuencia, muchos derechos humanos –por su misma naturaleza universales– son sacrificados al éxito competitivo de la nación a corto plazo.

Ese es, a grandes trazos, un problema básico que discutiremos en nuestra mesa redonda, a la que invitamos a todos los lectores de entreParéntesis.org. Las ideas que aporten nuestros panelistas sobre por dónde buscar soluciones, las comentaremos en futuros posts.


Imagen: www.domesticatueconomia.es/las-pymes-y-la-marca-espana/