El esplendor de la misericordia

…fue a la vez santo y un sabio. En primer lugar, un verdadero santo, porque siempre prefirió a Dios entre las demás cosas…

Luis Ángel Montes Peral

Vivimos en un mundo que se mercantiliza todo, asistimos a una bulliciosa feria de la mercancía religiosa con ciertas superficialidades y seguridades de una fe vivida poco madura y ligera. Dios no vive en las superficies se oculta en la hondura de una fe madura acostumbrada a vivir con el misterio, más en estos tiempos de eclipse de Dios. Profundizar en la fe es aceptar esa franja de inseguridad y oscuridad y saber aguantar los momentos de la ausencia de Dios. Para ello se requiere la mucha paciencia, necesaria en el umbral del misterio, necesaria para el amor, la esperanza y la caridad.

En ningún tiempo ha sido fácil la fe, menos para anunciar a Dios en medio de un mundo donde parece que la injusticia se impone al amor. Las sociedades industriales son indiferentes o invertebradas, picoteando espiritualidades difusas en el supermercado de la religión. Vivimos en un mundo que nos hacen falta profetas que denuncien y anuncien, más allá de la indiferencia que vivimos, que puedan hablar en nombre de Dios e iluminar el presente con todos sus problemas concretos.

Una de las voces proféticas más hondas en los últimos tiempos de nuestro cristianismo cercano, ha sido Marcelino Legido (1935 – 2016), filósofo, teólogo, testigo, místico, humilde, pobre entre los pobres, sembrando vida desde las llagas del Crucificado. En la opinión Carlos Díaz, ha sido el teólogo más profundo e interesante de Occidente en la segunda mitad del pasado siglo, y desde luego el que la ha vivido hasta la locura, locura real, porque en Marcelino todo ha sido real.

No he conocido personalmente a Marcelino Legido, comencé a escuchar su nombre trabajando en mis tiempos de profesor en el Bierzo, he intentado acercarme a su vida y a su obra, allí se le llamaba El profeta. Me enteré que ha sido uno de los sacerdotes más influyentes del postconcilio, cuando comencé a saber de él, ya su salud le tenía muy mermado, pasó la última etapa la su vida consumido por la enfermedad y el sufrimiento. Cercano el segundo aniversario de su fallecimiento un 23 de julio, me atrevo a recomendar en estas páginas su libro homenaje, un maravilloso testimonio para nuestros tiempos descarnados de misericordia, que olvida fácilmente la justicia hacia los más pobres y necesitados. Su lectura ha levantado mi corazón, ahondando más profundamente en el sentido del testimonio cristiano y entrever la hermosa locura de una vida entregada a los demás.

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El libro lleva por título “El esplendor de la misericordia”,  ha sido publicado por Secretariado Trinitario en febrero de 2018. Señala el sacerdote palentino y coordinador del libro Luis Ángel Montes Peral, que quiere ser un sentido homenaje a un servidor del Evangelio, que ha marcado entre los sacerdotes y seminaristas de toda una época. Marcelino se dejó guiar por el señorío de Jesús, configurando su propia vida en beneficio de la comunidad, una vida sacerdotal que ha sido un acontecimiento orante, un esfuerzo para hacer de Cristo Pascual una experiencia viva en su vida personal y pastoral, siendo pobre entres los más desfavorecidos. Su pobreza, austeridad y espiritualidad conmueven, su sabiduría humana y religiosa fascina, pasando sin pretensión ninguna por la Iglesia de Castilla como una luz de radicalidad evangélica, que ha hecho mucho bien.

En el libro colaboran muchos de los que le conocieron y han compartido con él, testigos privilegiados de su sabiduría y testimonio evangélico, que ayudarán a los lectores a seguir las huellas proféticas de Marcelino Legido. Comienza con unas palabras de Calos López (Obispo de Salamanca), una “introducción” del coordinador Luis Ángel Montes Péral y una “Reseña biográfica” del sacerdote Joaquín Tapia, seguida de una nota Bibliográfica. Le siguen numerosos testimonios de diferentes obispos: Raúl Berzosa (homilía de su funeral) cardenal Carlos Osoro Sierra, el arzobispo de Toledo Braulio R. Plaza, los obispos eméritos José Sánchez, Antonio Ceballos y Nicolás Castellano, el auxiliar de Valladolid Luis J. Argüello; teólogos como Ángel Cordovilla, Xabier Pikaza, Carlos Chana; filósofos como Carlos Díaz; sacerdotes como Joaquín Tapia, Donaciano Martínez, Felipe Fernández, José Luis Martín Barrios, Domingo Martín Vicente, Eugenio Alberto Rodríguez y comunidades religiosas como las Carmelitas Descalzas de Salamanca y las Benedictinas de Alba, así como la comunidad cristina del Cubo de Don Sancho, testimonio vivo de la vida entregada a los más necesitados.

Dejó una brillante carrera como filósofo e intelectual en la Universidad de Salamanca en la especialidad de filosofía griega y clásica, para estudiar teología y hacerse sacerdote en 1970. Un intelectual que demostró muy pronto tener un corazón lleno de amor y siempre abierto a la transcendencia. Pasará unos años en Alemania para realizar su tesis doctoral, a la que se dedicará en profundidad, no menos que a la atención pastoral y personal de numerosos inmigrantes españoles, portugueses, turcos, etc.

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Su filosofía y teología las pondrá al servicio de la pastoral, su pensamiento abierto a los grandes logros del siglo, irá más allá de la sabiduría aterrizando en une práctica que une lo social y lo religioso. Con tres doctorados le proponen dar clases en la Universidad Pontificia, renunciando a su vida académica y afirmando que los pobres también necesitan doctores. Desplegando esa sabiduría práctica en la Parroquia de El Cubo de Don Sancho en el año 1972, una zona rural y pobre, cerca de la raya entre Salamanca y Portugal. La vida de Marcelino en este momento no fue una transición, sino una conversión total (Xavier Pikaza), un cambio en la forma de pensar y ser en la Iglesia, llevando el evangelio hasta las últimas consecuencias.

Allí llegó, comenta Domingo Vicente Martín, con una gran humildad y extrema pobreza rodeada de una alegría contagiosa, yéndose a vivir con una familia pobre compuesta por dos piadosas mujeres ya jubiladas, más tarde, con otra familia similar habilitándose un humilde corral como habitación y sala de estudio. Compartió todos sus bienes, comenta la comunidad cristiana del Cubo de Don Sancho (Salamanca), entendía y vivía tan a fondo la gratuidad del Evangelio, que lo recibía como sacerdote, lo aportaba a la comunidad. Poro sobre todo, afirma la comunidad, que compartió todos sus dones regalando sus saberes al todo el que se lo pedía, así como su propia vida, gastándose y desgastándose por los últimos. Comentaba el propio Marcelino, la debilidad no es un obstáculo para anunciar el Evangelio, sino precisamente es lo que mejor lo anuncia. Marcelino anunció el Evangelio no solo con la palabra, sobre todo con el testimonio de su vida.

Siguiendo con el testimonio de Xabier Pikaza, Marcelino no quería tomar el poder, tampoco educar para el poder, sino buscar una realidad más humana, escogiendo a los últimos para compartir con ellos el camino en la búsqueda del Reino. Buscaba el proyecto de una nueva humanidad que comenzaba aquí y ahora, en los pueblos de su comunidad del Cubo de Don Sancho. Desde el mundo rural quería otro tipo de presbíteros, tomados del pueblo cristiano, sin pasar por los seminarios que eran buenos y necesarios, pero que corrían el riesgo de separar a los candidatos de la vida de los demás creyentes, asentándose en el poder formando parte de una élite sin compartir la vida del pueblo. Obispos y presbíteros con buena intención, con gran trabajo, pero no responden al ideal misionero de Jesús. Quería crear presbíteros que fueran laicos, o lo siguieran siendo, gente del pueblo que no se clericalizaran y que siguieran siendo obreros y trabajadores como el resto de la población.

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Un profeta y un místico, lo define el Obispo Nicolás Castellano, con él convivió en muchos encuentros de Semana de oración y concienciación en Arévalo (Ávila) y Ejercicios espirituales en Villagarcía de Campos (Valladolid). Afirma que dedicaba muchas horas a Dios, viviendo esa experiencia en un grado tal que llegaba a una unión inefable con Dios por el amor. Quería vivir al estilo de Jesús, volviendo a sus huellas al Jesús de la historia, al crucificado. Su identificación total con Jesucristo lo conformó y lo configuró intensamente, pero también lo “abrasó” totalmente. Todo en su vida, estudio, pastoral, pobreza era misión y oración.

Quiero terminar con las palabras de Domiciano Martínez: bendecidos por su presencia; su palabra, pan fresco de Evangelio; su profecía, luz alentadora de la historia; su vida, siembra de mostaza en el corazón de estas Iglesias. Mañana florecerá más allá de lo que podemos pensar.  Sirvan estos testimonios para esta presentación humilde de este gran libro que expresa la vida de un hombre que nos remite al Silencio.  Desde aquí, puede surgir un discurso que es único y que sólo puede hacerse con todo nuestro ser. La experiencia de todos los tiempos es expresar el misterio de Dios con todo lo que somos, al principio y al final de nuestra existencia. Es una palabra que se lleva a la vida y no se limita a leerla y a escucharla.

 

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