Los espíritus viven entremezclados

Una vez más se me ofrece la ocasión de ver el espectáculo de algunas de las formas que se supondría selectas de la vida del espíritu: un congreso magnífico en un magnífico lugar de California y dentro de unas más que magníficas instituciones y aulas y bibliotecas. Un conjunto casi enteramente muy encantador de profesores seniores de universidades de gran prestigio; y un elenco de jóvenes que llegan –una selección de ocho entre cerca de doscientos aspirantes, porque solo hay tiempo para escuchar y discutir las propuestas de ocho, y únicamente cuatro de ellas serán publicadas en el libro de actas–.

Hay además otro grupo: los jóvenes profesores o doctores locales que tienen el deber de la respuesta crítica a las ponencias de los conferenciantes mayores. Y todo esto se refiere al problema de la unidad y la unicidad y la soledad en el ámbito de la filosofía de la religión y la teología filosófica. De modo que se diría que nos hemos ganado un largo fin de semana en las puertas del Paraíso…

Y en cierta manera es, desde luego, así: no se puede vivir más confortablemente que en este pueblo a cien kilómetros de Los Ángeles. Tanto que los merodeadores –como seguramente soy yo, único paseante de la ciudad (y esta soledad casi debería ser tema del congreso)– serán inmediata, educada y bienpensantemente denunciados a la policía local, porque eso de caminar sin objetivo, subiendo hacia los montes de aspecto murciano que cierran el paisaje por la Avenida de los Indios, es claramente absurdo y, por tanto, sospechoso. ¿Qué hace el extranjero relacionándose con los jardineros mexicanos de las mansiones, las iglesias cerradas y las casas que forman frontera de los resorts? Algunos perros feroces alertan al vecindario de estas prácticas antieconómicas e incomprensibles.

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El bello mundo está aquí quieto, expuesto a la habitación humana, hirviente de una vida que apenas se ve –los hermosos árboles, las flores del invierno, los pájaros negros–. El vuelo ha permitido observarlo en formas maravillosas: la costa de Groenlandia, todo el Canadá helado –incluidas sus ciudades–, las extensísimas Montañas Rocosas… ¿Cómo será el espíritu de los que se llaman filósofos por estas partes del mundo? ¿A qué aspiran estos jóvenes que han acudido de todos los Estados Unidos para mostrar lo que tienen que decir sobre la soledad –o lo contrario, que ese era mi mensaje– del Dios y del místico?

Hay quienes meditan sobre los grandes maestros medievales tanto musulmanes como cristianos y judíos; y en sus profundas lecturas se adivina que desearían impregnar la sociedad con los problemas olvidados que ellos analizan (la existencia y la esencia de Dios, la contingencia del mundo, el anhelo del alma…).

Hay quienes comparan a interesantes teólogos contemporáneos y quizá confunden un poco, con su buena intención, los propósitos últimos de sus metafísicas.

Pero hay luego un importante resto de recién llegados a la Universidad que hablan de sus eruditas tesis doctorales y, en privado, cuando, por ejemplo, les pides una aclaración o les señalas que quizá tal lectura no hecha les habría servido de algo, confiesan sin ningún tapujo ni rebozo que ya no están interesados en lo que han dicho, si es que alguna vez lo estuvieron. Es decir, que la verdad sobre el tiempo, la existencia, la espera de Dios, la expectación de la Creación, la Parusía, el combate por la Redención y los auxilios de la gracia, no les atrae. Quien parece haberlo leído todo a los treinta años, se diría, tratado de cerca, que lo ha hecho por aquella bonita razón que señalaba Pascal: para poder decir que lo ha leído (a la que se añade la tampoco desdeñable de poder lograr así una plaza quizá para toda la vida, desde la que hablar –porque enseñar quizá sería un verbo inadecuado en este lugar de la frase–).

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A mí me toma otra vez un vértigo de múltiples sentidos: aquí se sientan gentes maravillosas, que siguen quemando su vida en el esfuerzo por la verdad, que custodian los archivos de filósofos extraordinarios, que irradian conocimiento y dinamismo moral; pero se diría que su concentración, su soledad o su desencanto los dejan impasibles ante la mezcla con estos otros raros ejemplares humanos que confunden la sabiduría imprescindible –para ellos mismos y para todos nosotros– con una ridícula profesión literaria, con una competición interminable por redondear argumentos y citas, y que quizá seduzcan para una forma de vida parecida a la gente muy joven que se acerque a la Universidad con un ingenuo apetito de ciencia –capaz de dispararse a la vez en demasiadas direcciones incompatibles las unas con las otras–.

Esto es muy cansado. Dan ganas de apartarse para siempre de esta mezcolanza que parece que jamás cesará; pero las tentaciones están, sin duda, para ser vencidas.

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