El discurso religioso lo tiene muy crudo si quiere ser escuchado en el ámbito público, donde se intenta una comunicación aséptica asumible por todos. Por su propia condición, la confesionalidad religiosa tiende a la afirmación de absolutos, ya sean de naturaleza divina (teología) o humana (ética). Y en general, el ámbito público de nuestro tiempo parece empeñado en promover una paz social basada, por lo que respecta a la comunicación, en discursos matizados al extremo, esto es, en discursos de afirmaciones siempre relativas o relativizadas.

Por supuesto, no ayuda en nada la radicalización violenta de la religión, que no hace sino confirmar el prejuicio de que la religión, per se, conduce al fanatismo, y más si se trata de religiones monoteístas, a las que algunos asocian con una naturaleza totalitaria y violenta, ya que la afirmación de un dios único –dicen– conlleva la exclusión de otras divinidades y, por tanto, la  imposición de una cosmovisión sobre, o contra, otras.

Mi preocupación a este respecto la puedo expresar a modo de preguntas:

  • ·        ¿Puede darse un diálogo social real, cuando las partes, o algunas de ellas, se sienten intimidadas para expresar públicamente sus convicciones?
  • ·        ¿Puede de veras haber un proceso de escucha real –ésta es un a priori necesario para la buena comunicación– , cuando la confesionalidad es públicamente prejuzgada como fanatismo?

Quizás nuestra sociedad no lo crea, ya que lo único que salta a la palestra pública son las noticias que remarcan el ‘talante impositivo’ de la religión: la manipulación de las conciencias por parte de telepredicadores, los abusos sexuales de clérigos, los  atentados yihadistas  (¿hay que decir ahora ‘daeshistas’?), etc. Y además está la historia: una historia que ha dejado muchas cicatrices respecto a lo religioso. Pero yo observo que buena parte de la feligresía de las distintas confesiones se siente intimidada ante la expresión pública de sus convicciones por temor a ser tildada de fanática. Y esto se expresa en un discurso religioso público muy aguado o, por remedar terminología actual, ‘espiritualmente correcto’. Y si bien es bueno sentir un cierto grado de intimidación ante ‘lo público’, a fin de no pasar de afirmar absolutos a afirmar absolutismos, cayendo entonces en el desprecio del otro, también me preocupa el hecho de que la confinación de la religión a la esfera de lo privado, finalmente, vaya en contra de la calidad democrática de nuestra sociedad.

Sí, porque una sociedad cuyos miembros no saben dialogar y actuar solidariamente desde la pluralidad de las convicciones más firmes, no es una sociedad libre, sino un conglomerado social cargado de temores que pueden explotar en algún momento.  Para ser tal sociedad libre, es necesario practicar la escucha que nos permita conocer al otro tal y como realmente es, con sus convicciones y sus dudas. Por eso creo que el laicismo necesita comprometerse con la escucha de la rica realidad religiosa, del mismo modo que las confesiones deben escuchar a conciencia la diversidad de nuestra sociedad actual, aprendiendo sobre todo a unir esfuerzos por el bien común y cada uno desde la expresión pública de sus convicciones.

Por todo ello, creo que España necesita algo más que discursos y debates ‘política o espiritualmente correctos’; necesita que la ‘cuestión religiosa’ deje de ser un debate entre los poderes políticos y religiosos para convertirse en un debate más llano y cotidiano, más abierto y atrevido, más amplio en horizontes y así trascender de una vez por todas su monopolización pública en torno a temas que sólo tienen que ver con luchas de poder entre quienes lo detentan.

Viñeta