Un emergente de nuestras sociedades postseculares es el cultivo de las espiritualidades. La fenomenología puede ser variada.

Desde el ámbito religioso, y ante la erosión que el proceso de secularización ha provocado en las formas tradicionales de religiosidad que se imponían cultural y socialmente como algo natural e incuestionado, su vitalidad o reproducción no se puede confiar ya a la inercia social, sino a la recuperación de su núcleo espiritual por parte de sus miembros. En cierto modo, esta secularización ha servido para purificar y tomar en serio el núcleo vital de la experiencia religiosa. En esta línea, recordemos la clarividente afirmación de Karl Rahner, “el cristiano del futuro o será un `místico´, es decir, una persona que ha `experimentado´ algo o no será cristiano. Porque la espiritualidad del futuro no se apoyará ya en una convicción unánime, evidente y pública, ni en un ambiente religioso generalizado, previos a la experiencia y a la decisión personales”. Por ello, la mística o experiencia espiritual o es un pan común, o no habría propiamente comunidades de fe más allá de banales o vacías identidades colectivas de quienes no viven o no pueden experimentar los valores de su tradición espiritual originaria.

Pero por otro lado, el proceso de la secularización ha generado una anemia o un déficit de la dimensión espiritual de las personas, que retorna ahora como lo reprimido por la cultura tecnocientífica dominante. Por ello, se reivindica la espiritualidad incluso más allá de sus formas históricas desde las religiones occidentales u orientales en una nueva secularización de las religiones que asume prácticas de formas de oración o de meditación despojadas de referencias religiosas tradicionales. En este caso, se trata de espiritualidades postreligiosas. El caso prototípico de este fenómeno es la práctica del mindfulness que hace abstracción de la tradiciones históricas orientales, y en particular del budismo, presentándose así como una “espiritualidad laica”, que puede incorporarse, por ejemplo, en el ámbito educativo para el desarrollo de la dimensión espiritual del alumnado. Caso parecido, es el del yoga, cuya práctica se plantea como “postreligiosa”, con independencia de la tradición hindú de la que se ha recibido.

Así, el trabajo de la dimensión espiritual del ser humano, que venía siendo practicado como un monopolio de las religiones, se entiende como un más allá de las religiones históricas establecidas en siglos anteriores. Por un lado, se trata de retomar el núcleo espiritual presente en las religiones, por encima de sus dimensiones institucionales de ritos, adscripciones identitarias cerradas, normas y dogmas que fijan un sistema de creencias. Por ello, esta centralidad del núcleo espiritual de la religión, se puede plantear como un abandono de todo lo accesorio o “externo”. Pero también, de un ir más allá de ellas, en una etapa “postreligiosa”, pero que no renuncia al cultivo de la interioridad y de la trascendencia en el ser humano. Es un movimiento de renovación, que es incluso reclamado por perspectivas que eluden todo contacto histórico con el mundo de las tradiciones religiosas, desde una “espiritualidad atea” como es el caso de Comte-Sponville.

¿Qué aportan las espiritualidades al desarrollo humano y al espacio público? Entiendo que las espiritualidades emergen porque hay una necesidad de dar respuesta a las carencias fundamentales sobre las que ha asentado el desarrollo histórico de la cultura moderna. Por ello, pueden tratar de ofrecer un camino que tienda puentes entre las rupturas fundamentales que la cultura moderna ha consolidado, y que apunte hacia una reconciliación entre ámbitos disgregados. Las cuatro rupturas fundamentales que podemos nombrar son hacia la propia interioridad y la integración del propio cuerpo; hacia los otros diversos y fuera de las fronteras político-culturales; hacia la naturaleza en la que se inserta y materializa la vida humana y no humana; y hacia la trascendencia en búsqueda de la experiencia de lo Absoluto. Por ello, están en el centro de la renovación y de la creatividad cultural, en el ámbito antropológico, ético-social, ecológico y en la crítica de las idealizaciones y absolutizaciones. Tienen pues, ante sí, un enorme desafío.