En la comunicación de la experiencia religiosa de unos con otros, y en su apropiación por esos otros pueden surgir conflictos con respecto a las claves culturares desde las que se vive. ¿Es el núcleo de una fe y de una experiencia sobre el sentido último y abarcante de la totalidad de la existencia algo distinto de una cultura, se puede comunicar una fe pura sin el vector de una cultura determinada?

En la entrada anterior, al hilo de la película Silencio mostraba en parte la relación de la experiencia espiritual con la dirección política de una sociedad. Ahora quiero tocar la relación entre espiritualidad y cultura. Podemos tomar como trasfondo la discusión entre el inquisidor japonés que defendía la fe budista como la propia de su pueblo, la que satisfacía sus necesidades espirituales y la que casaba con la propia sensibilidad cultural. Frente a ella, la fe cristiana que portaban los misioneros jesuitas era, según se presenta en el discurso del inquisidor local, algo que por su carácter extraño nunca arraigaría bien en ese pueblo, y que por consiguiente debía ser prohibida y combatida políticamente como forma de preservar el orden cultural que permitía la sana continuidad del propio pueblo.

Pero esta relación, cruenta en este caso para los misioneros cristianos-europeos y las comunidades cristiano-japonesas perseguidas, ha tenido otras fes y otras comunidades sacrificadas en otros momentos de la historia. Otras veces los inquisidores han sido cristianos y las fes perseguidas las de otras comunidades minoritarias en Europa o minorizadas ante el avance político-religioso de la fe cristiana en el caso de otros pueblos colonizados. No trato ahora de mostrar la complejidad de estas historias cruzadas, sus violencias, dificultades, beneficios y ambivalencias de estos “encuentros”.

A la altura de nuestra historia, es pertinente buscar un aprendizaje de estos procesos. Y ello porque esta relación entre religiones/espiritualidades y culturas en las que se encarnan sigue siendo una cuestión viva, que todavía nos desafía y que no la hemos resuelto satisfactoriamente. Las voces de las plurales víctimas en el pasado nos interpelan también hoy para no repetir historias de desencuentros, de violencias cruzadas y de ingenuidades en la autocomprensión de los que creían portar solo “una fe” independiente e incontaminada por un proyecto político y social que daba por evidente muchas veces la inferioridad de los otros, y la asimetría que debía regir las relaciones entre el centro y las periferias de destino. Una fe que solía identificar experiencia espiritual con mundo cultural propio, y proyectar esa cultura como exigencia ineludible de la propia transmisión de la fe.

Quiero traer, en este caso desde la tradición cristiana, lo que resultan algunas observaciones lúcidas sobre estas relaciones entre la transmisión de la fe de unos y la culturas y sociedades de destino que el Papa Francisco ofreció en su diálogo con la Congregación General 36 de la Compañía de Jesús. Traigo sus palabras entrecomilladas:

Cambiar el modelo de globalización-uniformadora, actuar desde otra lógica geopolítica pluralizante:

“Hoy tenemos más conciencia de lo que significa la riqueza de los pueblos indígenas, justo en la época en que, tanto política como culturalmente, se los quiere anular siempre más, a través de la globalización concebida como una «esfera», una globalización donde todo se uniformiza. Entonces hoy, nuestra profecía, nuestra conciencia, tiene que ir por el lado de la inculturación. Y nuestra figura de globalización no tiene que ser la esfera, sino el poliedro. Me gusta la figura geométrica del poliedro porque es una, pero tiene caras diferentes. Expresa cómo la unidad se hace conservando las identidades de los pueblos, de las personas, de las culturas. Esa es la riqueza que hoy tendríamos que dar al proceso de globalización, porque si no es uniformante y destructivo”.

Recuperar el valor de las culturas negadas:

En el proceso de globalización uniformante y destructor entra la destrucción de las culturas indígenas, que son en cambio lo que hay que recuperar. Y hay que recuperarlas con la hermenéutica correcta, que nos facilita esta tarea. Una hermenéutica que no es la misma que había en la época de la colonia. La hermenéutica de aquella época era la de buscar la conversión de los pueblos, la de ensanchar la Iglesia…, y por lo tanto se anulaban las independencias indígenas. Era una hermenéutica de tipo centralista, donde el imperio que dominaba era el que de alguna manera imponía su fe y su cultura”.

Tratar a los otros desde “otra hermenéutica”:

Es comprensible que se pensara así en aquella época, pero hoy es necesaria una hermenéutica radicalmente diferente. Tenemos que interpretar las cosas de otra manera: valorando a cada pueblo, su cultura, su lengua. Nos tiene que ayudar este proceso de inculturación, que fue cobrando cada vez mayor importancia a partir del Vaticano II”.

Aprender de las buenas prácticas “interculturales” del pasado:

“De todos modos, quiero hacer referencia a conatos de inculturación que hubo en los primeros tiempos de las misiones. Tentativas que nacen de una experiencia como la de Pablo con los «gentiles». El Espíritu Santo le inculcó muy claro cómo había que inculturar el Evangelio en los pueblos gentiles. La misma cosa se repite en la época de la expansión misionera. Pensemos, por ejemplo, en la experiencia de Mateo Ricci y de Roberto de Nobili. Fueron pioneros, pero una concepción hegemónica del centralismo romano frenó esa experiencia, la detuvo. Impidió un diálogo en el que las culturas se respetaran. Y esto ocurrió porque se interpretaban con una hermenéutica religiosa lo que eran costumbres sociales. El respeto a los muertos, por ejemplo, se confundía con una idolatría.

Aquí, las hermenéuticas juegan un papel central. En este momento creo que es importante, con esta mayor conciencia que tenemos respecto de los pueblos indígenas, apoyar la expresión, la cultura de cada uno de ellos… y la misma evangelización, que toca también a la liturgia y llega hasta las expresiones de culto”.