Tras el ver y el juzgar, el actuar. Seguimos comentando el documento de la Conferencia Episcopal Española Iglesia, servidora de los pobres. En este último post de la serie, entramos en la parte práctica del documento, que ofrece ocho propuestas esperanzadoras desde la fe. La palabra clave, me parece, es esperanza. En medio de la crisis y su impacto tan dramático, hablar de optimismo puede ser hiriente, ingenuo o interesado. Pero tampoco podemos caer en el pesimismo, la resignación o el derrotismo. Los obispos, que comparten el dolor de las víctimas, quieren abrirse a la esperanza. Y lanzan para ello ocho propuestas.

[1] Promover una actitud de continua renovación y conversión porque “cada cristiano y cada comunidad estamos llamados a ser instrumentos de Dios para la liberación y promoción de los pobres, de manera que puedan integrarse plenamente en la sociedad”. Esta llamada a cambiar nos afecta a todos, personas e instituciones, y en todos los niveles de la existencia: personales, sociales e institucionales.

[2] Cultivar una sólida espiritualidad que dé consistencia a nuestro compromiso social y evite “disociar acción y contemplación, lucha por la justicia y vida espiritual”. Por ejemplo, “la vivencia del misterio de la Eucaristía, alimento de la verdad, nos capacita e impulsa a realizar un trabajo audaz y comprometido para la trasformación de las estructuras de este mundo”.

[3] Apoyarse en la fuerza transformadora de la evangelización. “El compromiso social en la Iglesia no es algo secundario u opcional sino algo que le es consustancial y pertenece a su propia naturaleza y misión. El Dios en el que creemos es el defensor de los pobres”. Por ello, “la Iglesia nos llama al compromiso social” sabiendo que éste es “transformador de las personas y de las causas de las pobrezas

[4] Profundizar en la dimensión evangelizadora de la caridad y de la acción social, reconociendo que “el lenguaje que mejor evangeliza es el del amor” y que “nuestra caridad no puede ser meramente paliativa, debe de ser preventiva, curativa y propositiva”.

[5] Promover el desarrollo integral de la persona y afrontar las raíces de las pobrezas, con una batería de medidas que incluye “un Pacto Social contra la pobreza aunando los esfuerzos de los poderes públicos y de la sociedad civil”. Esto supone, entre otras cosas, que “las Administraciones públicas, en cuanto garantes de los derechos, asuman su responsabilidad de mantener el estado social de bienestar, dotándolo de recursos suficientes”.

[6] Defender la vida y la familia como bienes sociales fundamentales. En ese contexto, dicen los obispos: “nos preocupan las desigualdades que sufren las mujeres en el ámbito familiar, laboral y social. Es preciso aceptar las legítimas reivindicaciones de sus derechos, convencidos de que varón y mujer tienen la misma dignidad”.

[7] Afrontar el reto de una economía inclusiva y de comunión, lo cual implica “superar el actual modelo de desarrollo y plantear alternativas válidas sin caer en populismos estériles”.

[8] Fortalecer la animación comunitaria para que “la comunidad cristiana sea el verdadero sujeto eclesial de la caridad y toda ella se sienta implicada en el servicio a los pobres”, sabiendo además que “la acción social en la Iglesia no es labor de personas inmunes al cansancio y a la fatiga, sino de personas normales, frágiles, que también necesitan de cuidado y acompañamiento”.

En definitiva, concluyen nuestros obispos, “la caridad hay que vivirla no solo en las relaciones cotidianas –familia, comunidad, amistades o pequeños grupos–, sino también en las macro-relaciones –sociales, económicas y políticas–”.