Esperanza y confianza frente a la lógica imperante de la comunicación

francisco

Este pasado domingo la Iglesia ha celebrado la Jornada Mundial de las Comunicaciones, una celebración instituida por el Concilio Vaticano II para la que el Papa dirige cada año un mensaje que se hace público el 24 de enero, fiesta de san Francisco de Sales, patrono de los periodistas.

El mensaje de este año, titulado «Comunicar esperanza y confianza en nuestros tiempos», ha puesto el acento en los contenidos de la información que manejamos, o, para ser más precisos, en la lógica negativa que siguen esos contenidos, empañados en destacar siempre las «malas noticias». No es que para Francisco haya que ignorar el sufrimiento o caer en un optimismo ingenuo. De hecho, su voz profética se ha escuchado con fuerza ante las injusticias. A lo que el Papa se refiere es a «la lógica según la cual para que una noticia sea buena ha de causar impacto, y donde fácilmente se hace espectáculo del drama del dolor y del misterio del mal». Esta lógica mediática consumista, que han abrazado la mayoría de medios de comunicación y se ve intensificada en el contexto digital, genera frustración, desesperación y resignación entre la ciudadanía.

Frente a ello, Francisco pregona la búsqueda de «un estilo comunicativo abierto y creativo, que no dé todo el protagonismo al mal, sino que trate de mostrar las posibles soluciones, favoreciendo una actitud activa y responsable en las personas a las cuales va dirigida la noticia». Es la lógica de la «buena noticia».

El mensaje del Papa es una fuerte apelación a la función social de la comunicación, a su propósito último, y una advertencia sobre la responsabilidad en la que incurren los medios de comunicación y todas aquellas personas influyentes en el mundo de la comunicación. Comunicar no puede ser solo un negocio ni una manera de conseguir popularidad. Es obligación de todos llevar a cabo «una comunicación constructiva» que «fomente una cultura del encuentro que ayude a mirar la realidad con auténtica confianza».

Aunque el mensaje suena muy actual y más necesario que nunca, no es en absoluto novedoso. La Iglesia lleva insistiendo en las mismas ideas desde hace décadas. Se celebran las potencialidades de los medios, al tiempo que se realiza un análisis crítico de la cultura que a través de ellos se crea y se anima a la transformación de la misma en clave evangélica. Su documento más extenso y desarrollado es la instrucción pastoral Communio et progressio que el Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales publicó en 1971: una cuidadosa exposición de la posición de la Iglesia sobre comunicación, que parte de un análisis de la función de la comunicación en la sociedad, con orientaciones para su aplicación a las especificidades de la Iglesia católica.

Communio et progressio es una referencia para cualquier persona, creyente o no, que desee reflexionar sobre el papel de la comunicación en la sociedad moderna. Sus contenidos gozan de plena vigencia en el contexto digital actual y, de hecho, todos los mensajes posteriores con motivo de las Jornadas Mundiales o los documentos sobre internet Ética en internet y La Iglesia e internet de 2002 no son, en mi opinión, más que reelaboraciones y actualizaciones de aquel documento, que pivota sobre una idea fundamental: en contraste con muchas de las retóricas dominantes, la comunicación no es un bien en sí mismo, sino en la medida en que es un medio para el bien común.

Es comprensible que conceptos como el de «bien común» resulten sospechosos en estos tiempos de la post-verdad. Pero, aunque no seamos capaces de ponernos de acuerdo sobre el significado del bien común, creo que por lo menos podemos aspirar a un acuerdo razonable sobre lo que es el «mal-común». Y, ciertamente, los medios y comunicadores que apuestan por el sensacionalismo, la confrontación y el catastrofismo para ganar públicos promueven el «mal común», incumpliendo obscenamente su responsabilidad ética para con la sociedad.

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