Espejismos tecnológicos

Este es el título del último número de la revista Papeles editada por la Fundación Hogar del Empleado (FUHEM Ecosocial). Comienza por preguntarse: ¿Es la tecnología la solución perfecta de los problemas que acechan a nuestras sociedades? ¿Los avances tecnológicos traerán consigo la respuesta a aquellos interrogantes que amenazan al sistema tal y como lo conocemos? Y en la introducción se concluye: “no hay cosa más peligrosa que potentes tecnologías en manos de personas que no están dispuestas a cambiar ni sus comportamientos ni su mentalidad”.

Esto enlaza con el post anterior que concluía con la necesidad de un cambio de actitud y mentalidad: “De la creencia en el poder omnímodo del hombre y en su capacidad ilimitada para dominar la naturaleza mediante el progreso científico técnico habría que pasar a una actitud más humilde y contemplativa, abierta a los “otros” y que ponga la ciencia y la técnica al servicio de los más necesitados en vez de ser por encima de todo objeto de negocio”.

Parece haberse instalado en nuestro mundo la idea de que cualquier problema o limitación tenemos capacidad para superarla. Operaciones quirúrgicas que restituyen o sustituyen órganos, fármacos que eliminan enfermedades, reproducción artificial, clonación, modificación genética, medios de transporte cada vez más veloces, medios de almacenamiento de datos y programas de software cada vez más potentes y rápidos, en general productos cada vez más perfeccionados. Constantemente aparecen noticias que alimentan esa idea.

Bajo esa creencia nada importa y todo es posible. Irresponsabilidad, hedonismo y egolatría se dan la mano. Si contaminamos habrá descontaminantes, cualquier capricho por absurdo y sofisticado que sea acabará estando a nuestro alcance, buscando nuestro propio beneficio conseguiremos el mayor bienestar para todos. Incluso las amenazas más globales y peligrosas parecen poder conjurarse. Que se agota la vida en la Tierra, podremos escapar a otros planetas; que se agotan algunas fuentes de energía, habrá otras que las sustituyan. Que hay quienes sufren y mueren, para eso están los Gobiernos y las organizaciones de ayuda que lo solucionarán. Que alguien se mete en un callejón sin salida y entra en una profunda depresión, habrá medicamentos y técnicas “espirituales” que le restituirán la salud mental.

No se trata de caer en el rigorismo moral y legal. Hay que admitir nuestras limitaciones y fallos, eso no es ser irresponsable sino todo lo contrario. Igualmente es preciso reivindicar el placer y disfrute de la vida, que es lo contrario del hedonismo (el placer como fin supremo de la vida). Y conviene recordar que el amor a los demás requiere quererse (cuidarse) a uno mismo y que el intercambio interesado (mercado) no hay que desterrarlo. Pero si es fácil verse atrapados en la trampa. Una vez enganchados a la ciencia y la tecnología como poder caemos en un círculo vicioso. No parecen importar las consecuencias de nuestros actos porque creemos que siempre habrá algo que solucione los problemas que pueda causar nuestro comportamiento.

De algún modo nos identificamos con la herramienta sin reconocer su naturaleza limitada. Heisenberg, premio Nobel de Física, lo explica a través de una vieja historia: “He oído decir a mi maestro que cuando uno usa una máquina, hace todo su trabajo maquinalmente, y al fin su corazón se convierte en máquina. Y quien tiene en el pecho una máquina por corazón, pierde la pureza de su simplicidad. Quien ha perdido la pureza de su simplicidad está aquejado de incertidumbre en el mando de sus actos. La incertidumbre en el mando de los actos no es compatible con la verdadera cordura. No es que yo no conozca las cosas de que tú hablas, pero me daría vergüenza usarlas”.

La rutina y el automatismo que genera el uso cotidiano y continuo de los aparatos tecnológicos convierten hasta al hombre más sensible en un borrego gregario, como señalaba Miguel Delibes. Hasta el ocio deja de ser tal para convertirse en un simple espacio entre negocios. “La rutina laboral genera el gregarismo en los ocios, de forma que todos los hombres se procuran análogas distracciones y unos mismos estímulos, por lo general, no fecundadores, ni liberadores, ni enaltecedores del espíritu” (Miguel Delibes). Se pone por delante la acumulación de riqueza y todo se valora en términos monetarios. Pasamos de medir las cosas por el valor que tienen para cada uno de nosotros en función de nuestras necesidades y deseos, de lo que nos aportan para nuestro bienestar físico y espiritual, a valorarlas en primera instancia en términos monetarios.

“Ahora ya no es el oro el que es medido por la vaca, sino la vaca la que es estimada en dinero, y el resultado queda expresado en un número abstracto, el precio”. De ese modo, “la imagen económica queda reducida exclusivamente a cantidades, prescindiendo de la calidad, que es justamente la nota esencial del bien”.  Sin embargo, “para el aldeano no hay sino valores transitorios, valores sentidos en relación a su yo, valores que se le imponen en el trueque, de vez en vez. Lo que él no usa o no quiere poseer, no tiene para él «ningún valor»” (Véase Oswald Spengler, La decadencia de occidente II, Espasa libros, Colección Austral, Barcelona, 2013 páginas 589 a 591).

La propia industria medioambiental y una interpretación sesgada de la denominada Responsabilidad Social Corporativa favorecen con frecuencia, consciente o inconscientemente, consumos superfluos y comportamientos irresponsables. Si el agua se contamina sabemos que las técnicas descontaminantes y el agua envasada será negocio seguro. Si el aire se hace irrespirable la oferta de botellas de oxígeno, de agentes purificadores de la atmósfera o de lugares con buen aire serán negocios redondos. Si contribuyo a contaminar y suscito modos de vida contrarios a la salud física y mental, me puedo presentar como un adalid de la ecología y de la sanidad con mis empresas de marchamo medioambiental, comida saludable, medicamentos curativos y de sofisticados aparatos de cirugía restauradora

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Como señalaba al comienzo es necesaria una conversión personal. Y eso es algo más que un cambio de conducta individual más o menos voluntarista. Requiere generar comunidades y espacios de convivencia alternativos donde otras formas de vida, más saludables y respetuosas con la naturaleza y con los demás, sean posibles.

Imagen de El Roto en el diario El País: http://ep01.epimg.net/diario/imagenes/2007/01/23/vinetas/1169506805_850215_0000000000_noticia_normal.jpg

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