Ahorrar y especular: ¡Gracias, Mauricio!

Juan Eslava Galán relata en uno de sus libros –ahora no recuerdo en cuál de ellos- la anécdota de la denominación de un tipo de coche importado, allá cuando la autarquía franquista tasaba y sólo con cuentagotas permitía traer vehículos del extranjero. Se necesitaba para ello, permiso expreso de la autoridad administrativa. Y claro, si uno tenía amigos en el ministerio del ramo, la cosa se agilizaba mucho. Como el ministro de turno se llamaba don Manuel, cuando alguien veía circular el dichoso automóvil por las carreteras patrias, podía –y, al decir de nuestro autor-, solía exclamar: “¡Mira, ahí va uno conduciendo un Gracias-Manolo!”

Conversando con Mauricio

Pues yo no puedo arrancar este artículo, más que declarando muy sinceramente mi agradecimiento a un amable lector que tuvo la gentileza de dar eco a un reciente post mío en este mismo blog: ¡Gracias, Mauricio, de todo corazón!

El iter de la cosa es, sobre poco más o menos, el siguiente: Resulta que el pasado día 13 de diciembre de 2017 -mientras yo me encontraba en Bruselas, atendiendo a un seminario al que, amablemente, me habían invitado desde la Comisión Europea para explicarnos a un grupo de “expertos” algunas de las claves del denominado Semestre Europeo-, salía al ágora cibernética una colaboración mía, programada a la sazón para que viera la luz en tiempo y forma. Se titulaba: “¿Un fondo de inversión inspirado en la moral católica?” (http://entreparentesis.org/fondo-inversion-inspirado-la-moral-catolica/ ).

Leerlo y saltarle el resorte al amigo Mauricio fue todo uno. Véase si no: “Especular no es ético, y un Fondo de Inversión, por mucho que lo quieras disfrazar, es especulación pura y dura…  lo tuyo huele a justificación de un sistema que el papa Francisco ha dicho que mata… saludos”.

Terció a favor mío, saliendo al quite, Raúl González Fabre. En su comentario, afirmaba que no toda especulación es mala; que un fondo de inversión, difícilmente puede manipular el mercado en su conjunto; que no hay sistema económico perfecto; y que no deja de tener sentido experimentar, tratando de mejorar lo dado, siquiera sea de manera tímida. Decía, al final: “Yo no descartaría de antemano intentos de hacer algo, aunque sea ligeramente distinto de lo predominante. A lo mejor, según esos intentos se despliegan, muestran algún camino útil”.

Yo, al corresponsal, le di a entender -desde el cariño y la comprensión sincera de su punto de vista- que, aunque lo hacía, sin duda con la mejor de las voluntades, tal vez me estaba juzgando de manera injusta y temeraria…  Y, de paso, aproveché para preguntarle si conocía algún sistema que no matara…

Mauricio, por su parte, matizó y me confesaba –no sin, al paso, motejarme de “intransigente”, siendo así que yo sólo declaraba creer tener un cierto punto de razón– que: lo único que había hecho era “expresar lo que me salió, reconozco que impulsivamente, del corazón, que no, de la razón… porque no pretendo tener la razón, pero sí la obligación de no comulgar con lo que creo no es acorde a mi fe, y mi fe me dice, querido amigo José Luis, que la especulación aunque la vistas de ética, es especulación, y eso es el mayor de los males del sistema en el que vivimos”. Respecto a lo del sistema que no matara, me confesó que conocía uno. A saber: “el mensaje del Evangelio, recogido en la Tradición de la Iglesia, donde especular no es precisamente una virtud…”

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Mi respuesta final fue la siguiente: “Está visto que no nos vamos a entender… En todo caso: el Evangelio hay que “aterrizarlo” en los contextos… Y, por otra parte, especular es algo que hacemos todos, todos los días… y no nos va yendo mal. Dios nos libre de perder esta capacidad de “consultar con los astros” para tomar decisiones… En lo económico, depende de cómo se haga, la especulación tiene también -sin duda- mucho y bueno que aportar. De hecho, el arbitraje y la especulación han reportado grandes beneficios muchísimas veces… han quitado hambre a mucha gente y han dado estabilidad a unos mercados sin los que la vida social hoy sería inviable.

Como no me salían las cuentas, ni acababa de entenderme profesionalmente hablando –toda vez que soy profesor en una Facultad de CC. EE. y EE. de una universidad que dirige la Societas Iesu-… no pude por menos que hacerle partícipe de mi perplejidad en los términos siguientes: “¿Por qué los reverendos padres de la Compañía de Jesús no se deciden a cerrar sus programas Máster en Finanzas –en las que también se enseña a especular: ¡nadie lo dude!- y sus Business Schools, prestigiosas y prestigiadas, en todo el mundo? ¿No será que algo bueno verán en ello como instrumento de mejora paulatina de un sistema que -como los demás, el Evangelio incluido: véase el mártir- mata?” Y remataba, con un sincero y afectuoso: “Un abrazo desde la tolerancia, querido amigo”.

Volvió de nuevo a la carga y, en esta oportunidad, se aferró a que yo no era humilde y que no sabía encajar las críticas. Juro por Dios que encajo muchas críticas constantemente y que, si bien tengo un puntito de pundonor, en modo alguno cabría afirmar, sin grave injusticia, que ello raye en la soberbia. Según el Catecismo que yo estudiaba de niño, cuando don Baldomero nos preparaba para la Primera Comunión, la soberbia constituía un pecado capital, cuyo antídoto era, precisamente, la humildad.

El caso es que, de momento, por mi parte, quisiera dar por cerrada la polémica. Para reconocer explícitamente que él también afirma con buen tino, y por decirlo a la portuguesa, me encantaría sentar aquello de que: voçé tem razâo, mais non tem toda!…

Insisto: ¡Gracias, Mauricio! Tus comentarios me han estimulado -¡eso es muy bueno!- y, como no acabo de quedar tranquilo con lo que va dicho, trataré de perfilar un poco mejor mi punto de vista. En lo que resta de esta tribuna, expondré un poco más en detalle lo que pienso de la especulación y de los especuladores. Me basaré para ello en una breve entrada que, como artículo redacté hace unos años para la monumental Encyclopedia of Business Ethics and Society, de la que es eficientísimo editor Robert W. Kolb, que ya está preparando una segunda edición del libro. Sub voce “Speculation and Speculator” venía yo a decir lo que a continuación refiero.

Especulación y bien común

Especular consiste en invertir en algún activo –tal como, por ejemplo, podrían ser bienes, servicios, valores negociables, moneda extranjera- con la esperanza de obtener beneficios a partir de una variación en el precio. A veces la especulación se lleva a efecto a través de mercados líquidos y activos, con bajos costes de transacción. Pero puede ocurrir que también se lleve a efecto en contextos con altos costes y escasa liquidez. Tal es, por ejemplo, el caso de los inmuebles y el mercado hipotecario.

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Por su parte, quien especula, es un especulador: alguien que -en línea con el origen latino del concepto- observa, mira desde arriba, estudia detenidamente y muy a fondo las cosas, como desde una atalaya… tratando de captar el sentido profundo y los matices de las cosas. La imagen más común del especulador en el imaginario colectivo es la de alguien que juega a corto plazo en el mercado de valores, comprando y vendiendo acciones y lucrándose con ello.

Hay quienes contraponen al especulador y la especulación con la figura –supuestamente- más amigable del inversor. Quienes así opinan –como es el caso que nos ocupa y que está dando lugar a estas reflexiones- consideran que especular constituye en sí misma una actividad ontológicamente inmoral. Desde el implícito axioma del juego de suma cero –lo que uno gana, otro lo ha tenido que perder- que, con frecuencia tiene lugar, quienes no consiguen ver nada positivo al fenómeno, tienden a meter por el medio otra cosa que no necesariamente se tiene por qué producir. A saber: la manipulación del mercado. Llevar a cabo manipulación del mercado no sólo no es ético: es ilegal… Pero esto no es lo que, necesariamente, hacen los que especulan… al menos quienes lo hacen de buena fe y dentro de la legalidad. Hay un matiz sutil que, si no se quiere ver, no se verá; pero que existe y al que la ciencia económica, incluso, atribuye una útil función social.

Siguiendo la zanahoria que promete un beneficio económico cierto, el especulador, como decíamos unos párrafos más arriba, compra y vende activos. Con ello, contribuye al bien común, toda vez que, mediante su actividad se incrementa la liquidez del mercado, precisamente porque él está dispuesto a comprar y a vender. Quienes no se dedican a especular, encuentran fácil vender o comprar lo que desean en un momento determinado, exactamente, porque hay especuladores que están moviendo el mercado y haciéndolo líquido. Por lo demás, la actividad del especulador, de una parte, contribuye a desvelar el precio verdadero de un activo, al paso que lo objetiva y permite que otros agentes en el mercado lo puedan observar; y de otra, limita el diferencial de precios –bid-asked spread entre quien compra y quien vende, en un momento de terminado.

Especular es algo más complicado que jugar a la ruleta en un casino. El especulador, como decíamos, trabaja de manera diligente para captar las sutilezas del mercado, ya se trate de la bolsa de valores, de propiedades inmobiliarias o de cualquier otro activo. El especulador de éxito estudia a fondo la coyuntura, coteja los indicadores más relevantes e invierte, fundando en sus previsiones acerca de los precios futuros de las cosas.

Esto –como digo y ya reconocía cuando le concedía a Mauricio la parte de razón que, en justicia, le corresponde-, de todas maneras, puede tener también impactos negativos cuando el especulador pasa a ser una especie de adicto al juego y empieza a funcionar al margen de la prudencia. Muchos, llevados de esta suerte de frenesí, obnubilados por el sinsentido de creer que los precios pueden subir ilimitadamente a partir de unos subyacentes que –a partir de una mínima consideración crítica- no dan para tanto…, creen poder engañar al mercado y se encargan de inflar las burbujas, alejando los precios de lo que la realidad económica indica.

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La especulación puede tener también impactos negativos cuando el especulador pasa a ser una especie de adicto al juego y empieza a funcionar al margen de la prudencia

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Desde el caso de los tulipanes en el siglo XVII, pasando por minas, los trenes, las puntocomes o las hipotecas sub-prime… no resulta difícil ilustrar las demasías de una especulación desbocada y mal entendida. Sin embargo, en modo alguno cabe afirmar que toda actividad especuladora –y menos aún, como ya dije, la de arbitraje– sea metafísicamente perversa y radicalmente inmoral.

Las cosas son más complejas y requieren matiz… De lo contrario, cuando manca finezza, tiramos al bulto y, al no precisar, arrojamos al niño con el agua de lavarlo.

Fondos de inversión y especulación

¡Ah! Y lo más importante de todo este cantar, querido Mauricio, es que, en todo caso, siempre me cabe aducir aquello de que: Nego maiorem!

¿Cómo que aportar algo de dinero a un fondo de inversión va a consistir en “especulación pura y dura“? Los pocos cuartos que podamos apartar con lo que nos quede de renta disponible a fin de mes es, simple y llanamente, ahorro, querido amigo.

Yo lo vengo haciendo desde hace años –y a todo el que me lea, y pueda, le aconsejo que lo haga-… y ello, tanto por razones fiscales, cuanto por consistir en un adecuado mecanismo de ahorro para que, cuando nos jubilen, podamos complementar la exigua pensión pública que nos haya de poder quedar. Eso sin contar con que al gestor del bien común también le interesa que la gente ahorre y los mercados funcionen.

Por cierto, creo también que el papa feliciter regnantetiene dicho en algún sitio del que, como Cervantes, en inmortal arranque literario, en este momento no me quiero acordar –o sea, que no me viene a las mientes y que, como tampoco tengo tiempo ni modo de andar ahora haciendo mayores investigaciones, dejaré en hipótesis-; digo que Francisco tiene dicho en algún sitio que un mercado financiero ágil y capaz de aportar financiación a los proyectos empresariales de la economía real, constituye un elemento muy relevante de las condiciones que contribuyen al bien común…

En todo caso, un fondo de inversión está gestionado siempre por profesionales que -cuando menos, en principio, debieran velar por los intereses del propio fondo, diversificando la cartera de manera adecuada, en función de la coyuntura, de las expectativas, de los indicadores de variado tipo que habrían de estudiar con buen criterio… especulando, siempre, también… como no puede ser de otra manera.

Si, encima, a la hora de llevar a efecto la inversión de lo poco que cada quien pueda ahorrar, le ofrecen a uno  la oportunidad de ser partícipe en un fondo inspirado en valores éticos que comparta … ¡miel sobre hojuelas! Aquí se ve cómo la decisión económica de invertir tiene, sin duda, una dimensión moral. Esto, que, por lo demás, ya lo había dicho hace años Juan Pablo II… era lo único que había querido yo subrayar en el post que motivó estas reflexiones complementarias.

Y esto era todo, amigo Mauricio.

Intelligentibus, pauca!

 

 

4 Comentarios

  1. Un abrazo.
    Me gas dado ocasión para explicarme.
    ¡Cómo me gustaría conocerte en persona para darte un abrazo!
    ¡Feliz 2018!

  2. Bueno te has empleado a fondo… te lo agradezco… no merezco tanta atención… Saludos

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