El espectáculo histórico de la aventura humana en economía (1)

Durante los últimos veinte años, debido al tipo de materias que me ha tocado impartir en  la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales-ICADE, de la Universidad Pontificia Comillas, he ido confeccionando mi propia síntesis sobre la marcha de la historia económica de la humanidad. A alguno pudiera parecerle que no era necesario ir a buscar el agua tan arriba; pero yo, opino exactamente lo contrario. Y por ello, presto siempre gran interés a las dinámicas genéticas de las realidades -en este caso económicas- que busco comprender.

Estoy convencido de que es, precisamente, desde esa perspectiva -la que atiende a la historia y a la génesis de las instituciones, los usos, las realidades fácticas y objetivas presentes en la sociedad que entre todos construimos y mantenemos viva, al paso que ella misma nos configura a todos y cada uno de nosotros- desde donde podremos esperar encontrar pistas de solución a inquietantes cuestiones que, al menos a mí, me resultan fascinantes. Y que, por supuesto, merecen ser convenientemente abordadas, no tanto por un prurito puramente intelectual, sino más bien por la dosis de practicidad que llevan implícitas. Según yo veo las cosas, sólo desde el empeño sistemático e intelectualmente honrado por contestar ciertas preguntas de calado, se articularán las condiciones de posibilidad para una toma de decisiones con fundamento bastante y lucidez suficiente como para llevar e cabo un proceso de discernimiento que nos aleje de intoxicaciones ideológicas de las que tantas veces se han derivado procesos de alienación y dispersiones en la superficialidad y la epidermis de las cosas.

Sin ánimo de exhaustividad -y ciñéndome estrictamente a lo que más inmediatamente se relaciona con el Imperativo Económico de la vida humana en sociedad- ofrezco a la consideración del lector algunas de las que -ya digo- a mí me resultan particularmente relevantes:  ¿Dónde estábamos cuando todo empezó -y aquí, el todo es la variable que se busca comprender; y cabe referirse a la larga marcha de la historia de la humanidad, cuanto, por ejemplo, el proceso de reconstrucción del orden mundial tras la Segunda Guerra Mundial?; ¿cómo hemos ido avanzando de entonces a acá?; ¿qué caminos se han ensayado con éxito?; ¿qué vías se han mostrados inapropiadas y por qué?; ¿qué cabe aprender de los procesos seguidos?; ¿por dónde andamos ahora y qué agenda tenemos abierta?; ¿qué panorama estamos en condiciones de anticipar de cara al próximo futuro?; ¿hay algunos riesgos que debamos conjurar inexorablemente?; ¿qué potencialidades anidan en las circunstancias que nos toca vivir?; ¿qué impactos -positivos y negativos- son previsibles en los ámbitos clave de la vida humana en sociedad?; ¿cómo se deberían proponer y gestionar los procesos sociales, las dinámicas económicas, los proyectos políticos, las propuestas culturales, religiosas y de sentido?; ¿qué providencias habrían de ser impulsadas a escala global? Atendiendo a todo lo anterior, resulta necesario plantearse ¿qué tipos de políticas, de gobernanza y de gestión empresarial sería bueno tratar de aclimatar en los contextos particulares?; y sobre todo, ¿por qué y para qué de todo ello?

Como se ve, aunque dije en el arranque del párrafo anterior que me quería ceñir expresamente a lo económico… tal pretensión no deja de ser una quimera. Es una suerte de achique de campo; de encorsetamiento artificial de la dinámica de la vida humana en sociedad. Está bien como aproximación metodológica; con el ánimo de enfocar, de concentrar el tiro. Pero nada más. Las cosas son muchísimo más complejas e impredecibles: lo económico se entrevera con lo político; la gerencia de empresas se ve posibilitada y condicionada, a la vez, por aspectos técnicos y reglamentaciones jurídicas; la globalización, la desigualdad, el desarrollo de las tecnologías, de la Inteligencia Artificial y de  biotecnología da lugar a todo un imaginario cultural de nuevo cuño.

Los gustos, las aficiones, las modas, los modelos de negocio cambian, varían, mutan a una velocidad nunca antes conocida. El impacto en el sistema en su conjunto está haciendo que el cuarto de luna en el que nos toca vivir resulte tan fascinador. Nunca tuvo la humanidad en su mano tan buenas cartas. Por eso, no nos podemos permitir el lujo de jugarlas mal y de acabar perdiendo la partida. Sería imperdonable; y en consecuencia, todos, absolutamente todos -cada cual desde el peculiar cometido y tarea que desempeñe-, debemos aplicarnos a la común misión de mejorar el entorno, humanizar la dinámica social y construir un  mundo sostenible, más justo e igualitario, donde todas las personas puedan encontrar modo de vivir una vida en paz y donde la capacidad de desarrollarse y florecer como individuos venga posibilitada y garantizada por las condiciones que configuran el Bien Común.

Para quien, como es mi caso, se ocupa profesionalmente en tareas educativas en el contexto universitario; y más en concreto, en una facultad de Ciencias Económicas y Empresariales, aquellas cuestiones de fondo, me han venido sirviendo de norte a la hora de estructurar, si no los cursos -que en esto, las Guías Docentes tienen que adoptar unos marbetes administrativistas necesariamente rígidos, por el aquél de las acreditaciones de la Agencia Nacional de la  Evaluación y la Acreditación de las universidades en España ANECA-, sí al menos el talante desde el que entrar por la puerta de las aulas, la perspectiva interna con la que me enfrento a un nuevo curso, a una nueva clase, a un grupo de estudiantes con los que compartiré un proceso de colaboración educativa a lo largo de un semestre; lo mismo me da que sea para explicar Ética Empresarial o La Gestión de Empresas en el siglo XXI. Por supuesto, valdría también para Contabilidad Financiera o para Dirección de Proyectos

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Naturalmente, lo que estoy indicando apunta a una realidad previa al programa… lo envuelve y, en mi caso, le da orientación y acomodo. Lo ubica, por así decir, en las coordenadas ontológicas a partir de las cuales cobrarán posteriormente sentido la lógica de la asignatura, la metodología de las clases y las líneas de investigación.

Desde aquella realidad que apunta al telos, al bien intrínseco de la actividad docente e investigadora, recibirá luz y pertinencia, en su caso, la lección número cuatro, un determinado ejercicio en grupo, la eventual visita de un orador invitado, la posible elaboración de un diario de aprendizaje, la expresión creativa sustanciada en un video bien realizado… e incluso el examen final…

Pues bien, una de las películas que tengo siempre in mente y que, a las veces, comparto de manera explícita con mis alumnos es una suerte de síntesis de la dinámica histórico-económica de la humanidad -sin fechas ni datos concretos que, en este caso, son más rémora que facilitadores. Es una síntesis personal, de andar por casa, que me ido construyendo en mi cabeza a fuerza de tener que buscar un hilo conductor, el leit-motiv que evitara disonancias cognitivas capaces de ponerme a pique de trocear mi cabeza en compartimentos estancos.

Naturalmente, no he inventado nada. Quizás no más que la propia relación. Por suerte, hay muchas y muy buenas obras que abordan tanto la historia económica, cuanto la historia de la economía. Sin ir más lejos, en mi despacho tengo no menos de cinco o seis, a cada cual más buena, interesante y… voluminosa. Me gusta releerlas, bucear en tal o cual momento histórico… en éste o aquél contexto donde tuvo lugar una crisis, un salto adelante, una recesión… o un fraude piramidal parecido a otros que hubieron de florecer en situaciones distintas, décadas o centurias posteriores…

Como decía un buen amigo y colega, el profesor Carles Comas i Giralt, que explicaba en ESADE hace más de un cuarto de siglo Historia del Pensamiento Socioeconómico (Sociedad, Economía y Cultura),  el interés de este tipo de reflexiones tiene, sin duda, una evidente orientación pragmática: No en vano se enseña en Escuelas de Negocios y en Facultades de Administración… Pero, más allá -o más acá de todo ello-, tiene un interés contemplativo: nada más y nada menos que participar en el espectáculo histórico de la aventura humana.

La sensación de nihil sub sole novum, aunque, por un lado, me resulta desconcertante y paradójica…, por otro, me reconcilia con la humanidad; me reconforta, porque, sin duda, me ratifica en que, sobre poco más o menos, somos unos personajes que dan de sí lo que dan de sí… -y perdonada sea la tautología, que el sagaz lector sabrá interpretar-; y que, salvo salto cualitativo en la especie, con lo cual, dejaríamos de ser quienes somos, convendría que pusiéramos sordina a tantas pretensiones inmoderadas y quiméricas; y a tantos relatos fantasiosos como nos quieren vender en esta sazón próxima a la segunda década del siglo XXI…

Un poco de humildad¿qué digo?: cuanto más avanzamos y más parecemos saber, menos certidumbre se desprende de los conocimientos y de los datos…. Ergo, asumamos de buen grado lo que somos -frágiles, finitos, limitados, egocentristas…-; y tratemos de hacer con  ello y a partir de lo que hay, lo más que podamos… sabiendo que, sea por el  techo acristalado, sea por el suelo pegajoso, nunca conseguiremos subir muy arriba en la escala cósmica…

La película de la dinámica del que se podría denominar “el milagro económico de la humanidad” la sintetizo, resumiéndola mucho, por referencia a los hitos que expongo a continuación.

Según todas las evidencias, parece ser que todo empezó en África, hace un millón de años. En números redondos, durante el Paleolítico Inferior habitarían en el continente africano unos ciento veinticinco mil humanos. Hace unos trescientos mil años, durante el Paleolítico Medio, se calcula que ya habría en todo el mundo en torno a un millón de habitantes humanos, distribuidos en África y Eurasia. Y hace unos diez mil años, poco antes de comenzar el Neolítico, los humanos -que, por aquel entonces, no superarían el número de veinte millones- ya se habían encargado de extenderse por todos los continentes, de poblar la tierra y dominarla. Los avances de estos últimos diez mil añoscuatro días, si contamos a escala macro cósmica- resultan espectaculares. Como digo, sobre todo, a partir de la denominada Revolución Neolítica.

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Es la primera Revolución, mas no será la última. Se trata de la Revolución que trajo consigo la agricultura (Kurdistán) la domesticación de los animales, la propiedad privada y el trueque, los grandes imperios (Sumer, Acad), la escritura, los excedentes agrarios susceptibles de ser convertidos en capital. Aparecen entonces el sedentarismo, la división social, la especialización, la navegación y el comercio.  Surgen nuevas herramientas y va abriéndose paso un evidente desarrollo tecnológico. En paralelo, van desplegándose instituciones y modos de organización política y económica, que encuentran legitimación cultural en relatos y estructuras religioso-literarias como, por caso, la epopeya  de Gilgamesh donde se tematizan aspectos clave de la economía, tanto en su dimensión de actividad, cuanto en su vertiente de saber acerca de la economización.

Esta obra, la epopeya de Gilgamesh, con sus más de cuatro mil años de antigüedad, es la pieza literaria más antigua de que dispone la humanidad; y como digo, constituye, entre otras cosas, una aproximación a algunos de los temas constantes de la dinámica económica.

Gilgamesh, el gobernante de la ciudad de Uruk, es una especie de semidiós que está construyendo alrededor de la ciudad un muro perfecto, impresionante. Pero lo está levantando sin miramientos: maltrata a los súbditos y presiona de manera inmisericorde a los trabajadores encargados de ponerlo en pie. Como castigo por ese modo de organizar el proceso productivo, los dioses envían al salvaje Enkidu para que detenga el proyecto de Gilgamesh. Sin embargo, cuando los dos se encuentran, se hacen amigos y constituyen un par invencible, que se dedica a llevar a efecto hechos heroicos. Cuando Enkidu muere, Gilgamesh se lanza en busca de la inmortalidad. Supera obstáculos, conjura peligros, pero la inmortalidad se le escapa… la narración acaba -con una nota cíclica deprimente– donde empezara, cantando alabanzas al muro de Uruk.  Como es sabido, fueron los hebreos quienes hubieron de aportar el ingrediente del progreso, de la linealidad de la historia; del rumbo y meta de la humanidad que habrá de ver su culmen al final de los tiempos, con la llegada del Mesías.

De aquellos tiempos en adelante, la historia ya nos es bien conocida. No faltan ni fuentes ni vestigios.  Y por lo que a nuestro mundo europeo se refiere, sabemos cómo el mar Mediterráneo se convierte en el eje comercial más preeminente, más o menos, desde el año 1500 antes de Cristo. Los fenicios, los griegos, los cartagineses, los romanos… forman parte de nuestro acerbo cultural, de nuestros estudios cuando escolares.

Sabido es que las invasiones bárbaras, en torno al siglo V, trastocaron el mundo que hasta entonces se había venido fraguando. El Imperio, dividido, mantuvo en Oriente las esencias y la cultura… En Occidente, sin embargo, el Imperio se hunde, con la muerte de Rómulo Augústulo en el año 476. Nótese, de paso, el diminutivo en el nombre del imperator… No deja de tener sentido que hubiera quienes -con injusticia palmaria, pero comprensible- consideraran que, desde entonces y por espacio -nada menos que- de mil años, la civilización, la cultura y sobre todo, la economía occidentales, hubieran retrocedido.

Se perdieron técnicas agrícolas y económicas; se hubo de volver a una economía de subsistencia; hubo que capear serias crisis y coyunturas recesivas en lo económico, como en el siglo IX… que se hubo de prolongar en el siglo siguiente -el décimo, conocido como saeculum ferreum, plumbeum et obscurum con la crisis del papado, la pornocracia o la presencia de personajes famosos, como la impúdica meretriz Teodora.

De no ser por los monjes, los conventos, las adías y los monasterios; si no hubiera habido un San Benito de Nursia -con razón considerado uno de los padres de Europa-; de no haberse escrito, promulgado y asumido como clave de ordenación de la vida y las horas cenobitas una Regla  como la benedictina, que institucionalizara la espiritualidad del Ora et labora… tal vez el desarrollo histórico de Occidente hubiera resultado más precario y dificultoso.

China, India, el Islam, el Imperio de Oriente, la Ruta de la Seda… iban, en paralelo, con su marcha… Pero en lo que posteriormente hubiera de ser Europa Occidental, la situación no empezó a tener visos de despegue en lo económico hasta tanto no se hubo de producir la denominada Revolución Comercial, llevada a efecto, sobre todo en las Ciudades-Estado de la península italiana.

En efecto, entre los siglos XII y XIII tiene lugar una lenta recuperación económica. Se traduce en un aumento demográfico; en una mayor producción industrial de parte de los artesanos; en un crecimiento de las ciudades, con el consiguiente  paso de la economía rural a la urbana -los denominados burgos. Se amplía el  comercio -Italia, Flandes, Castilla, Aragón, la Liga Hanseática-; se consolidan los gremios de artesanos; aparecen compañías y sociedades con formas sofisticadas de organización e instrumentos de gestión que hoy perduran –letra de cambio, partida doble…-, y que hicieron que, aunque el contexto fuera duro para los negocios y las asimetrías de información estuvieran a la orden del día, el desarrollo económico y cultural fuera un dato indisputable.

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Hubo exitosos comerciantes, fabricantes, mercaderes y financieros… Creadores de eficaces empresas… Algunas de ellas bien gestionadas, incluso a nivel internacional. Por lo demás, los modelos organizativos de las manufactureras eran diversos y poco centralizados. Predominaban los de tipo gremial y los de encargo a domicilio; y, por consiguiente, la gestión era sencilla, toda vez que la propiedad, el control y la dirección solían estar centralizadas en las mismas manos.

El siglo XIV volvió a ofrecer el contrapunto con la peste negra, que diezmó a Europa; el hambre, las quiebras empresariales y la sobreexplotación agraria. Hubo muchos que creyeron sinceramente en el milenarismo; que los Cuatro Jinetes del Apocalipsis cabalgaban ya a lomos de sus caballos -blanco, rojo, negro y bayo-, representando la victoria, la guerra, el hambre y la muerte; y que el fin del mundo estaba ya a la vuelta de la esquina.

Nada más alejado de la realidad: Una centuria después, no sólo todo parecía re-nacer… sino que, además, se producen avances tecnológicos de gran relevancia. La brújula, la carabela, el timón, la pólvora, la conveniencia de tratar de abrir nuevas rutas comerciales, posibilitaron y favorecieron la expansión europea en ultramar. Y ello, sobre todo, una vez se hubieron de producir descubrimientos tan extraordinarios como el que llevaron a cabo los expedicionarios de Castilla, a las órdenes del almirante Cristóbal Colón.

Queriendo éste llegar a las Indias Orientales por nueva ruta, esto es, navegando hacia el Oeste por el océano Atlántico, se topó con una isla –La Española– y, con ella, con todo un continente del que -dígase lo que se quiera-, no había habido constancia relevante hasta entonces en Europa. Lo descubierto en el Nuevo Mundo -patatas, tomates, judías, tabaco, calabazas, oro, plata…- tuvo múltiples repercusiones, de todo tipo -culturales, religiosas, políticas, ideológicas, económicas-, que hubieron de marcar el devenir de la historia humana durante estos últimos cinco siglos y aún hoy siguen ofreciendo ámbitos, aspectos y problemáticas que debemos tratar de solventar de manera adecuada.

Con todo, incluso con el aprovechamiento de los nuevos recursos, la suerte económica de la humanidad no conseguía despegar. La naturaleza -más madrastra que madre- parecía empeñada en no dar gratis casi nada. El hambre, la escasez, las penurias, la falta de confort era la tónica en todas partes.

Naturalmente, los hubo que siempre vivieron bien; pero, ciertamente, no eran la mayoría de la población. La agricultura no acababa de estar en condiciones de asegurar los recursos básicos para todos. Y en cierta medida, cabría decir que, desde la Revolución Agrícola del Neolítica hasta el mismísimo siglo XVIII, las cosas habían evolucionado muy poco: energía animal, hidráulica y poco más.

Incluso llegaron a elevarse voces temerosas: “¡No va a haber para todos!”, tronaba el buen clérigo de Thomas Malthus… “Los recursos crecen en proporción aritmética, mientras que  los comensales  lo hacen en proporción aritmética…” venía a decir… Para acabar sentenciando: “¡Esto es insostenible!”  Otra vez la cantinela: ¡El mundo se va a acabar!… Y otra vez, la hegeliana  Astucia de la Razón echándonos un capotillo y poniendo las cosas en su sitio. Urgiéndonos, eso sí, a tomar cartas seriamente en el asunto y a implicarnos en la resolución de los problemas que tenemos ante nosotros y que nosotros mismos, en buena medida, nos creamos.

Dejémoslo estar aquí. Ya continuaremos en el post siguiente dándole hilo a esta cometa. De momento, retengamos lo que importa: que ha habido una Revolución Agrícola, que supuso un salto adelante en la dimensión económica de la humanidad; que ha habido una Revolución Comercial que sentó bases para un progreso económico sustancial, el incentivo para globalizar la vida mercantil, cultural y religiosa… Y que, con todo y con ello, en pleno siglo XVIII, la vida material de la inmensa mayoría de la humanidad aún dejaba muchísimo que desear.

En la próxima entrega, reflexionaremos sobre el sentido de las cuatro Revoluciones Industriales, conocidas desde mediados del XVIII hasta el día de hoy.

Luces y sombras, como en todo lo humano, no serán difíciles de identificar. Pero lo relevante, lo verdaderamente interesante, será ver si, desde la perspectiva que todo esto nos ofrece, estaremos en condiciones de responder a alguna de aquellas preguntas clave que motivaron esta primera parte de las reflexiones en torno a la fascinante dinámica económica de una aventura humana de la que formamos parte y que, en sí misma, merece ser contemplada desde el asombro, la admiración y el respeto…

4 Comentarios

  1. Me alegro de que te haya gustado, Ángela.
    Un abrazo.

  2. Querido amigo:
    Va a ser mucho para mí tratar de abordarlo todo.
    Pero algo se hará.
    Muchas gracias y un fuerte abrazo.

  3. A la espera de la segunda parte en los planos sociales, técnicos, comerciales, económicos, morales,…

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