¿Un espacio para el fundamentalismo?

Por Augusto Hortal

El fundamentalismo empezó siendo el esfuerzo de unas confesiones protestantes por poner a salvo de la asimilación cognitiva a un entorno social descreído los contenidos esenciales e irrenunciables para el cristiano que quiere seguir siéndolo. Hoy “fundamentalismo” se ha convertido en un término con el que descalificar, sin necesidad de entrar en tema, todo fenómeno religioso que no se atiene a los criterios de lo políticamente correcto en la modernidad.

El fundamentalismo – como recuerda Habermas – es un fenómeno moderno, una forma de resistencia religiosa frente a la erosión que significa la modernidad para la religión – al menos cierta forma de modernidad. Y eso obliga a repensar tanto la modernidad como la religión y las condiciones de compatibilidad entre ambas, no dando por sentado que es la religión la que tiene que adaptarse a las condiciones que la modernidad le impone (“catolicismo moderno” en la terminología de Taylor), sino también la forma de aclimatación de la fe religiosa en una cultura particular como es la que llamamos moderna (“modernidad católica”).

Para la cultura laicista es fundamentalista toda manifestación religiosa que no se atiene a los criterios de lo aceptable por parte de la modernidad. Giddens, por ejemplo, define el fundamentalismo como la defensa tradicionalista de la tradición. Frente a la pretensión de la conciencia ilustrada autónoma y autotransparente (capaz de pensar por sí misma, sin tradición, sin autoridad) el fundamentalismo recurriría a una identificación a-crítica con la tradición que sólo da cuenta de sí porque así fue desde siempre, así lo heredamos…

El fundamentalismo antimoderno se propone dos posibles metas: amurallar social y sobre todo cognitivamente el propio espacio frente a contactos e influjos que no se adecuan al propio sistema de creencias; y recuperar la unidad perdida intentando restablecer el monopolio del sentido en todo el universo. Es más que dudoso que las tentativas fundamentalistas tengan éxito pero ellas inspiran algunas de las reacciones frente a la modernidad. Las mismas ideologías totalitarias no llegaron a lograr implantar la unidad de sus esquemas de interpretación.

El fundamentalismo antimoderno resulta inaceptable tanto para la conciencia moderna como para la conciencia religiosa en la medida en que pudiera ir asociado a la imposición coactiva (no digamos al terrorismo) y a las estrategias de inmunización frente a los datos y argumentos de la racionalidad común. La fe religiosa para ser auténtica tiene que ser hecha desde la libre aceptación; y las creencias tienen que ser compatibles con los datos de realidad que llegan por las distintas fuentes de conocimiento de la misma. Desde el mismo punto de vista religioso no parece que sea muy sabio encastillarse irreflexivamente en posiciones defensivas, negándose a la mediación hermenéutica con las situaciones sociales y los retos cognitivos.

Sin embargo, es comprensible que determinados grupos intenten defenderse de los efectos de erosión de las creencias religiosas que promueve la cultura moderna, y quieran evitar con métodos legítimos la desactivación religiosa que genera la hegemonía cultural. Para la convivencia pacífica entre la conciencia religiosa y la conciencia laica en condiciones de pluralismo y modernidad, ¿tenemos algo que comprender y algo que decir a las posturas cognitivas de los fundamentalistas o sólo cabe invitarlas a hacerse, como muchos de nosotros, “especialistas sin espíritu, gozadores sin corazón”?


Imagen: encicloarte.com/

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