Sí, esforzarnos para cambiar el mundo

Pedro José Gómez Serrano.

Mi compañero de comunidad -Jorge Gallego-, en la última aportación al blog titulada “¿Esforzarnos para cambiar el mundo?”, realizaba un conjunto de consideraciones muy acertadas sobre la importancia de cambiar de vida, aunque el influjo de la nuestra, en particular, parezca insignificante en un planeta poblado por más de 7.400 millones de seres humanos. Subrayaba que, en todo caso, una vida sostenible está cargada de sentido, enriquece a quien la practica, mejora a quienes nos rodean y merece realmente la pena ser vivida. Tiene razón.

Con todo, quiero sostener que, por otra parte, el cambio individual tiene mucha más repercusión de lo que parece, recuperando la actitud “productivista” o “de resultados” de la que Jorge quería librarse.

Es verdad que la dimensión de los problemas actuales nos desborda y que puede generar reacciones muy negativas entre nosotros: paralizarnos, culpabilizarnos, hacernos mirar para otro lado, negar la realidad… Por eso, ante una globalización que nos abruma, será siempre necesario recordar que, en realidad, cada uno de nosotros somos responsables, estrictamente, de la siete mil millonésima parte de los problemas del mundo: ni más, ni menos. Ni podemos asumir como propia la carga de los retos globales, ni podemos escabullirnos de nuestra responsabilidad, que es personal e intransferible: nadie puede sustituirnos en lo que a cada uno nos toca.

Pero, además, lo cierto es que un cambio serio de estilo de vida individual sí tiene mucha importancia, y no deberíamos escudarnos en la enormidad de los problemas para pensar que no podemos hacer nada ante ellos. Ya hace tiempo se estimaba que “en el transcurso de su vida, un bebé norteamericano nacido en 1990 producirá un millón de kilos de basura atmosférica, 10 millones de basura líquida y un millón de kilos de basura sólida. Para mantener el nivel de vida medio estadounidense, él o ella necesitarán consumir 700.000 kilos de minerales, 2.400 millones de unidades térmicas de energía (4.000 barriles de petróleo), 25.000 kilos de productos agrícolas y 28.000 kilos de productos cárnicos (el sacrificio de 2.000 animales)” (Lester C. Thurow. El futuro del capitalismo. Ariel, Barcelona 1996, p. 95). Un gesto aislado no tiene impacto real en nuestro mundo, pero 80 años viviendo de una u otra manera sí.

Más aún, en una camiseta de la ONG SETEM (que trajeron los Reyes Magos a una de mis hijas) ponía en letras grande: “Me siento una hormiga”. Pero, en letra mucho más pequeña, indicaba “Una hormiga es capaz de cargar con 50 veces su peso” (lo que me confirmó un biólogo). Es decir, cuando de verdad nos comprometemos con algo, el impacto de nuestra acción puede ser mucho mayor al de quienes adoptan una actitud pasiva. Hay estilos de vida provocadores que interpelan a los demás y les animan a cambiar. Por eso suelo decir que Jesús de Nazaret no resolvió los problemas de su época, sino que “creó tendencia” y que, gracias a ello, se inició un movimiento imparable de fe y solidaridad al que se han sumado durante dos mil años millones de personas.

Y, claro está, lo que hacemos comunitariamente tiene un efecto multiplicador de lo individual muy grande que, en particular los creyentes, debemos reconocer. Por eso, es el momento de recuperar la acción colectiva, que facilita muchísimo el cambio de vida individual. Para vivir a contracorriente hace falta el apoyo de otros. No olvidemos que “las hormigas… trabajan en hormigueros”.

Y termino. Es cierto que la verdadera solución de los grandes problemas pasa por respuestas estructurales y políticas, pero no olvidemos tres cosas: que las respuestas políticas solo llegan cuando muchos individuos las defienden, que los grandes logros colectivos (la democracia, los derechos humanos, la igualdad de razas o de género) siempre se iniciaron con el comportamiento diferente de algunos pioneros y que, a la postre, cada uno de nosotros puede ser parte de la solución o parte de los problemas del mundo. No podemos echar las culpas de nuestro males a los poderosos, cuando nosotros no queremos renunciar personalmente a nuestros hábitos más dañinos.

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