¿Es mi religión buena?

Religión que mata

Acabamos de celebrar la Semana de oración por la unidad de los cristianos, y sin duda esta oración debe rogar por la unidad tanto de conciencia personal como de estructura eclesial, al menos si no quiere verse reducida a una oración difusa y, de facto, incrédula, y también si se pretende que la unidad sea testimonio público de Cristo.

Pero sin pretender ahora tratar tema tan capital, me pregunto: ante un mundo tan plural y abierto, ¿pueden cada una de las distintas confesiones cristianas contribuir a crear un ‘hombre y una mujer mejores’? Puedo incluso ampliar el horizonte de la pregunta: ¿pueden cada una de las religiones de una sociedad plural contribuir a crear un ‘hombre y una mujer mejores’? ¿Pueden las religiones, cada una por separado, contribuir a una sociedad mejor?

Tomo prestada mi respuesta de un pastor y teólogo alsaciano muy poco conocido en España:

«¿Es mi religión buena? ¿Cómo puedo saberlo? He aquí la respuesta a esta pregunta: tu religión es buena si es viva y comprometida; si te nutre del sentido del valor infinito de la existencia, la confianza, la esperanza y la bondad; y si está aliada con la mejor parte de ti mismo, en contra de lo peor de ti, haciéndote sentir la necesidad constante de ser un hombre nuevo; si te hace comprender que el dolor es liberador; si acrecienta en ti el respeto por la conciencia del otro; si te hace más fácil el perdonar, menos arrogante tu dicha, más querido el deber, menos oscuro el más allá. Si es así, tu religión es buena y poco importa su nombre. Por muy rudimentaria que sea, si cumple este oficio, entonces procede de la fuen­te verdadera y te ata a los hombres y a Dios.

Mas si por azar [la religión] te sirve para creerte mejor que los demás, para discutir sobre citas, para poner semblante grave, para dominar la conciencia del otro o entregar la tuya a esclavitud, para adormecer tus escrúpulos, para rendir culto según la moda o por interés, para hacer cálculos sobre el beneficio a obtener en el más allá, ¡ay!, si es así, enton­ces aunque te proclames seguidor de Buda, de Moisés, de Mahoma o del mismo Cristo, tu religión no vale nada. Te separa de los hombres y de Dios.

Quizás no tenga yo la autoridad suficiente para hablar de este modo, pero otros antes que yo lo han hecho, y son más grandes que yo, sobre todo aquel que contó al escriba hacedor de preguntas, la parábola del Buen samaritano. Tras su autoridad me parapeto».

Charles Wagner, La vie simple, Librairie Armand Colin et Librairie Fischbacher: París, 19052 (Primera edición: 1895)

Para un diálogo ecuménico fructífero, así como para un diálogo interreligioso honesto y fraterno, es fundamental que cada confesión y religión se muestre capaz de generar desde su teología –e incluso desde su proclamación– personas, grupos e instituciones desprendidos de intereses espurios y  entregados al bien común. De lo contrario, sus discursos ecuménicos y sus diálogos interreligiosos aparecerán ante la sociedad como ‘palabras huecas’ o, peor aún, como palabras hipócritas si las confesiones y religiones están realmente enfrascadas en una espiral de competencia por el espacio público.

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