Es la cultura lo que hay que cambiar

Antes de hablar de la cultura, contaré primero mi pesado caminar en busca de la Justicia. En un principio pensé que para conseguir un mundo más justo y más humano todo era cuestión de dinero, de recaudar dinero e invertirlo en proyectos de desarrollo. Después me di cuenta que sólo con dinero no íbamos a ningún lado, si no conseguíamos antes cambiar las leyes, y así desemboqué en la política. Después me di cuenta del escaso margen de maniobra que tienen hoy los gobiernos para cambiar las leyes y cómo el mundo está realmente gobernado por el dinero. Así que volví al principio: De nuevo al dinero.

Y es que el dinero hoy es poder. ¿Por qué? Pues sencillamente porque los gobiernos también necesitan dinero. Si no se hace la política que quieren los ricos, se llevan su dinero a otro sitio, así que los gobiernos ceden.

En un mundo donde los gobiernos, las empresas, las ONG y la ciudadanía necesitan dinero, el que tiene el dinero tiene el poder. El rico, o sea, el poderoso, conseguirá del gobierno la ley que quiera (con tal de que no se lleven el dinero a otra parte), conseguirá comprar a las empresas los productos que quiera (aunque sea necesaria la energía de toda la Tierra para fabricarlos), conseguirá que las ONG realicen los proyectos que él quiera (simplemente amenazando con donar a otra ONG) y conseguirá contratar a los empleados que quiera.

Es nuestra cultura lo que le da el poder al dinero. Si cambiamos la cultura, se desmonta todo el “chiringuito”. Si cambiamos nuestros hábitos, nuestros valores y nuestras aspiraciones, lo cambiamos TODO. Dejaremos entonces de servir al dinero y, de la noche a la mañana, el dinero perderá todo su poder, y al perder su poder, los ricos dejarán de establecer las normas, por lo que recuperaremos la democracia y con la democracia llegarán reglas más justas.

¿Y qué debemos cambiar de nuestra cultura? Lo primero es darnos cuenta de las que son, a mi juicio, las 3 contradicciones más importantes de nuestra cultura y quizás de toda la historia de las culturas:

  • La primera es que no podemos creer en la “igualdad de derechos” de todos los seres humanos y al mismo tiempo legitimar diferencias tan abismales. Decir que vivimos en una sociedad basada en la “igualdad de derechos” y que sea legal que yo viva como vivo mientras el senegalés se deja la sangre atravesando desiertos, alambradas y mares soñando con poder llegar algún día a recoger nuestras fresas, es sencillamente la cosa más absurda y contradictoria de la historia de la humanidad.
  • No podemos seguir insistiendo en la importancia del dinero para ser felices sin hacer caso de las evidencias de su limitada utilidad para ese objetivo. El dinero, una vez alcanzado un determinado nivel (en torno a los 10.000 dólares brutos por persona y año) es absolutamente inútil para ser feliz. Una vez satisfechas las necesidades básicas, la felicidad depende “en exclusiva” de la calidad de nuestras relaciones con nosotros mismos, con las demás personas y con nuestro entorno. Nuestros días más felices no suelen ser los que ganamos o gastamos más sino aquellos en los que nos sentimos más a gusto con nuestra familia, con nuestros amigos o con el paisaje que nos rodea. El que teniendo más de 10.000 dólares al año, envidia a los ricos, comete una gran estupidez.
  • No podemos seguir insistiendo en la importancia del dinero para “asegurar” nuestro futuro cuando se demuestra que, a partir de ese mismo nivel de renta de aproximadamente 10.000 dólares por persona y año, el dinero no tiene ninguna relación con la salud de las personas. A partir de ese nivel de renta, la salud termina dependiendo otra vez mucho más de la calidad de nuestras relaciones que de la cantidad de nuestro dinero.

Para el que tenga curiosidad, decir que esos 10.000 dólares por persona y año suponen un tercio aproximadamente de la renta media española.

Señaladas entonces las incoherencias de nuestra cultura, quedaría responder tres o cuatro preguntas:

¿Cómo conseguimos la felicidad? Rezando una y otra vez las Bienaventuranzas, que para eso se dijeron y para eso se escribieron. Sólo viviendo de forma sencilla descubre uno la inmensa riqueza de las personas o que las pequeñas flores que están en el parque de enfrente se abren por la mañana y se cierran por la noche. Eso necesariamente supone trabajar menos, consumir menos, rezar más y servir más. Solo así conseguimos VER y AGRADECER. Ese es el verdadero camino de la felicidad.

¿Cómo conseguimos la seguridad en el futuro? Atesorando tesoros en el cielo donde no hay ladrones ni polilla. Esa es la verdadera seguridad en el futuro.

¿Conseguiremos así la Justicia? Conseguiremos mucho más que la Justicia, conseguiremos el Amor. El Amor “pulveriza” la justicia. El Amor desborda el carácter “estático” de la justicia porque no busca un punto de equilibrio de “igualdad de derechos” sino que avanza siempre de forma dinámica hacia el servicio al otro, sin mirar el punto de equilibrio, sin mirar cuánto da ni dónde está. El Amor es la verdadera justicia, porque es la Justicia de Dios.

Decía San Ignacio: “Señor, dadme vuestro Amor y Gracia que esto me basta”. Ese es el cambio de cultura que necesitamos: Poco a poco ir dándolo todo para quedarnos con TODO.

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