Error de errores

Las identidades nacionales son algo muy real y efectivo que influye en las decisiones de las personas a las que afectan, desde sus sentimientos de filiación.

Son reales pero no espontáneas ni innatas. Son deliberadamente creadas por el Estado, principalmente por el poder que maneja la educación en cada sitio. Otros elementos, como la TV pública, las fuerzas armadas o las selecciones deportivas, también contribuyen a construir y mantener las identidades nacionales; pero menos, porque todo ello se ha pluralizado mucho últimamente comparado con lo que era hace cincuenta años por ejemplo.

En cuanto dependen de la educación, puede decirse que las identidades nacionales son “constitutivas” de la persona: desde jovencitos, nos enseñan que somos esto o lo otro, que debemos sentir así respecto a los propios y de otras maneras respecto según a qué ajenos. Luego intervienen sociologías y opciones personales varias, que llevan a cada cual a abrazar o separarse de las identidades que le inculcaron de crío, pero esas ahí quedan.

La primera función de las identidades nacionales consiste en ser utilizadas por quien gobierna para crear afectivamente la nación misma que va a gobernar. El político no “se encuentra” la nación para ocupar el gobierno del correspondiente Estado, sino que que usa el Estado (su sistema educativo sobre todo) para recrear la nación sobre la cual mandan él y los suyos.

A veces ello es más o menos desde cero, como en los países recientes; a veces meramente desde el “cero generacional” que suponen los nuevos niños de tres añitos sin más nación que su papá y su mamá; a veces con el asunto añadido de que papá viene de Ecuador y mamá de Senegal.

La creación afectiva de la identidad nacional se hace pues desde el gobierno, y con el fin de generar dentro de los ciudadanos algo sobre lo que gobernar. Esto ocurre siempre para todas las naciones, nacionalidades, autonomías… dondequiera que pongas la autoridad educativa. Si la pones en cierta instancia política, esa instancia la va a usar para construir afectivamente su poder.

Puede hacerlo con más o menos entusiasmo, afincándose más o menos en que las criaturas se embeban de tal identidad, pero hay una estructura constante: la nacionalidad no tiene que ver con la historia sino con el poder (el cual reescribe la historia según le convenga para inculcar una identidad; nada cambia con más ductilidad que el pasado). No es la historia que “necesite” continuidad de las identidades, sino el poder que necesita obediencia “desde adentro” de las personas, quien crea las identidades nacionales.

Ahora, eso no es en sí problemático. El punto crítico estriba en si ese poder construido afectivamente como identidad, está en capacidad de responder a los desafíos históricos del momento. El problema no consiste en si tal o cual identidad nacional es compatible con otra envolvente, o si corresponde mejor o peor a cierto relato histórico. Todo ello es muy secundario. Lo relevante es si nos enseñan a poner el corazón en una instancia capaz de afrontar las grandes cuestiones sociales que van a afectar realmente nuestras vidas.

En el caso de las identidades nacionales, ya no es así. Los Estados nacionales no son unidades administrativas capaces de lidiar efectivamente con asuntos como los problemas macroecológicos, las migraciones masivas, los refugiados, la pobreza mundial, la estabilidad financiera global, la justicia básica de los intercambios mercantiles, el terrorismo yihadista, o el gobierno de las mil cosas que pasan en internet. Incluso las naciones más grandes son demasiado pequeñas para esos temas.

Al revés, los diversos nacionalismos construidos como identidades adentro de las personas, agudizan muchos de estos problemas, haciendo que un subsahariano importe menos al ciudadano que un catalán, un sirio que un español, un yemení que un árabe, un polaco que un inglés, un ucraniano que un ruso, un indonesio que un japonés, un guatemalteco que un americano…

Las identidades nacionales devienen en una interiorización afectiva del egoísmo de los nuestros frente a los otros, en una época en que la solidaridad universal, hacia todos por igual, no es solo recomendable sino necesaria para la sobrevivencia de la especie. La Humanidad está siendo bamboleada por desequilibrios globales de gran fuerza. Para dominarlos las instancias de poder construidas sobre identidades nacionales resultan insuficientes por mucho. Nunca ha sido más necio el “salvémonos a nosotros mismos” prometido por identidades nacionales y soberanías construidas sobre ellas.

Otras instancias más capaces que poco a poco aparecen son tratados internacionales, a los que las mismas naciones niegan el poder educativo para construir identidades afectivas dentro de las personas. Por eso resulta tan fácil al gobierno de Venezuela retirarse de la OEA, a la Gran Bretaña de la Unión Europea, a Estados Unidos del Acuerdo sobre Cambio Climático.

La razón nos dice que es insensato, pero no hay sentimientos en los respectivos ciudadanos para moverles a poner el Continente o el Mundo por encima de su nacioncita. Un discurso patriótico dicho con ardor, y las mayorías fervorosamente siguen lo que ese discurso proponga, por estúpido que sea. Los sentimientos políticos dominantes parecen consistir en devociones muy sentidas a la bandera patria, egoísmos de “el otro nos roba” o “el otro quiere mandarnos”… y nada en la escuela para enseñar la inutilidad de soberanías territoriales frente a los grandes desafíos globales.

Por eso me ha asombrado que este fin de semana un partido ¡socialista! se haya definido por la plurinacionalidad, mientras que la oposición interna se declara tranquila porque se mantiene el reconocimiento a la soberanía política de conjunto del pueblo español. Ambas posiciones ampliamente inútiles para todo lo que importa, reafirmadoras de sentimientos impotentes frente a lo que ya está afectando, y afectará bastante más en el inmediato futuro, a los militantes del partido y a los ciudadanos que aspira a gobernar.

Nación de naciones: error de errores. Vuelve, Marx, a explicárnoslo.


Imagen: psoe.es

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