Envejecimiento y soledad en la cultura digital

Hace unos días tuvimos un curso en la sede de la UIMP de Valencia para tratar de manera transdisciplinar la soledad en las personas mayores. Formaba parte de un amplio programa de investigación que ha puesto en marcha la Fundación la Caixa junto a la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología. En la Comunidad Valenciana, una de las personas que lidera este programa y que tuvo la habilidad de dirigirlo fue la profesora Sacramento Pinazo, a su vez responsable de la Sociedad de Geriatría y Gerontología en tierras valencianas.

No era la primera vez que este año nos juntábamos para analizar los desafíos que el envejecimiento está suponiendo para la sociedad en general y para las políticas públicas en particular. Ya hemos analizado los desafíos que plantea una atención residencial y una de las técnicas más revolucionarias que los cuidadores están poniendo en marcha: el modelo de una Atención Centrada en la Persona (ACP). Por obvio que pudiera parecer, este modelo no está centrado en el usuario, el consumidor, el cliente, el paciente o el ciudadano. Está centrado en la dignidad de la persona planteada en clave relacional, es decir, cuidando de manera especial la red de relaciones que se transforman en colchón amortiguador ante situaciones de enfermedad, aislamiento, abandono o soledad.

Este último encuentro estuvo dedicado al estudio de la soledad en las personas mayores. No entendida únicamente desde la perspectiva de una soledad buscada y deseada como confortable encuentro con uno mismo, sino desde la perspectiva de una soledad forzada por el cambio de modelo en las relaciones familiares y una estructura social que favorece el aislamiento. En este sentido, la batalla no es contra la soledad, sino contra el aislamiento, maltrato, descuido y abandono progresivo de las personas mayores.

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En muy pocas décadas se han incrementado los recursos tecnológicos para evitar el aislamiento y abandono. Basta como ejemplo el impresionante desarrollo de los servicios de teleasistencia que permiten mantener conectado al mayor con sus familiares y cuidadores. Con solo apretar un botón y desde la misma línea telefónica, los familiares sabemos cómo se encuentran nuestros mayores. También es importante recordar los programas de atención domiciliaria que no sólo evitan el internamiento hospitalario o residencial sino que promueven o estimulan la autonomía personal y el autocuidado en estas situaciones de forzada dependencia.

Hasta ahora, los servicios de teleasistencia, los servicios de comida caliente a domicilio o incluso de limpieza del hogar, estaban pensados para evitar el problema del aislamiento, pero no para fortalecer las redes sociales, familiares y de cuidado que los mayores necesitan. Estar más conectados no quiere decir estar mejor cuidados, y eso lo saben las personas que atienden diariamente a los mayores bien porque son el familiar más implicado, bien porque son los cuidadores más próximos.

Los servicios de atención domiciliaria han sido pensados desde una Ley de Dependencia que se está aplicando mal porque sus gestores sólo evalúan las situaciones para asignar determinados recursos administrativos que eviten el descuido, el maltrato o el abandono de los mayores. Se facilita el acceso a una residencia o la asignación de unos cuidados domiciliarios que por lo general gestionan indirectamente los ayuntamientos o diputaciones. Las autoridades locales se han convertido en gestoras y tramitadoras, sin caer en la cuenta de la responsabilidad que tienen para promover redes sociales, vecinales y comunitarias que faciliten el autocuidado de los mayores y el respiro de los cuidadores.

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Si para educar a un niño hace falta una tribu, para cuidar bien a los mayores también hace falta una tribu. De la misma forma que las organizaciones sociales están pasando de un sistema 2.0 basado en la aplicación inmediata de la tecnología, a un sistema 3.0 donde se valoran vínculos humanos, redes de apoyo mutuo y atención personalizada, la nueva política social debería situarse en este “horizonte 3.0”.

[ctt template=”3″ link=”adou3″ via=”yes” ]Las organizaciones sociales están pasando a un sistema 3.0 donde se valoran vínculos humanos, redes de apoyo mutuo y atención personalizada de los mayores[/ctt]

Ha llegado el momento no sólo de evaluar con rigor la maltrecha Ley de Dependencia, sino de tomársela en serio y adaptarla al horizonte ético reticular donde nos ha lanzado la cultura digital, lo que significa plantearla en términos de autocuidado prolongado, corresponsabilidad cívica y solidaridad vecinal. Es muy fácil cuantificar recursos y hacer tablas de excell que maximicen, minimicen y optimicen asignaciones, lo realmente difícil es generar redes de confianza básica interpersonal para clarificar deseos, perfeccionar cuidados y atender necesidades. Todo un desafío para una “comunidad 3.0” que aún no hemos conseguido crear porque, sintiéndolo mucho, quizá nos falta el colchón de una alianza de solidaridad vecinal básica.

1 Comentario

  1. Magnifico articulo y que trabajo por hacer mas maravilloso…

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