Nos encontramos en una época realmente interesante dentro del mundo de la educación. Por primera vez, los centros educativos no han podido hacer de barrera ante las innovaciones tecnológicas que han surgido en la sociedad y se han visto obligados a introducirlas en sus aulas, a utilizarlas por la demanda de los alumnos y a adquirirlas a precios desorbitados aún sin saber qué ventajas iban a proporcionar. Esto ha favorecido, al mismo tiempo, que grandes multinacionales tecnológicas hayan fijado en la escuela su punto de mira como un mercado emergente del cual esperan obtener enormes beneficios a partir de ahora.

Sirva esto como antecedente para intentar hacer una reflexión sobre el verdadero significado de la palabra innovación en la escuela. Innovación es, sin duda alguna, encontrar nuevos medios que proporcionen ventajas cualitativas (no sé si también cuantitativas), en la manera en que los alumnos adquieren los conocimientos que serán la base para su desarrollo integral como personas. Innovación, por lo tanto, es una palabra que se sitúa más allá de una moda que pretende utilizar cualquier dispositivo electrónico para acabar enseñando de la misma manera, que se sitúa también más allá de ser un proceso simplemente ‘de transmisión’ en el que el docente sigue ocupando su lugar predominante en el aula, allá en lo alto de su tarima, y en el que los alumnos siguen tomando apuntes que deben memorizar (apuntes que ahora, posiblemente, ya no tomen con papel y lápiz sino con teclados; o sea, apuntes más limpios pero con toda seguridad no de mayor calidad).

Que el docente exponga los contenidos utilizando una tiza sobre una pizarra, o que lo haga proyectando los mismos contenidos sobre una pizarra digital es solo un cambio en el soporte, pero no una innovación lo suficientemente poderosa como para justificar su uso dentro de las aulas. Que los alumnos puedan ver vídeos y escuchar audios en sus propios dispositivos no es una ventaja cualitativa sobre el mismo proceso realizado con una televisión o con una radio. Que un examen se presente de manera digital a modo de test de elección múltiple tampoco garantiza que los alumnos aprenderán más o que estarán más motivados para responder correctamente a todas las preguntas.

El verdadero cambio, si queremos realizar innovación, sigue estando en la mano del docente y en su imaginación para obtener beneficios dentro del aula con los medios que se encuentran a su alcance, y estos, no lo olvidemos, pueden ser tan tecnológicos como puede serlo una tablet o como puede ser un proyector de diapositivas.

Resulta significativo que en la última gala de los premios Global Teacher Prize haya resultado ganadora y reconocida como mejor docente del mundo una profesora (Nancie Atwell es su nombre, y aparece en la foto adjunta) cuyo mérito ha sido conseguir que sus alumnos lean más de 40 libros (en papel) al año de media, que propugna una didáctica en la que los alumnos se divierten dentro del aula, que aboga por incitar la curiosidad y que defiende que la escuela no debe ser un lugar destinado a evaluar y clasificar, sino a resaltar las diferencias individuales de cada alumno buscando lo mejor para cada uno de ellos.

Resulta paradigmático que a los docentes nos encante escuchar cómo se clasifican dinámicas que venimos realizando desde siempre y que van quedando en nuestro ideario como un objetivo a lograr y que está lejos de nuestras manos.

Hablamos de Flipped Classroom y no nos damos cuenta de que dar protagonismo al alumno en su propio aprendizaje y dejar que el profesor sea un mediador entre ellos y el conocimiento es una de las premisas del aprendizaje cognitivista (sí, hablamos de una teoría de mediados de 1950). Hablamos de crear una escuela abierta al mundo y que premie la creatividad de los alumnos y no nos damos cuenta que estas son las bases de la Institución Libre de Enseñanza (pongamos que hablamos de una escuela que ya estuvo en práctica en 1915). Hablamos de Inteligencias Múltiples y en el fondo estamos hablando de algo que en educación ya se sabe desde hace miles de años: que no todos los alumnos aprenden igual y que, dependiendo de la materia y del contenido, hay maneras más efectivas de enseñar y de conseguir que los alumnos consigan los objetivos que al principio de curso nos planteamos para ellos.

Si queremos lograr que la innovación se desarrolle en nuestras aulas bien nos vendría repasar todas aquellas teorías “viejunas” que se estudian en las Facultades de Educación y empezar a imaginar cómo llevarlas a cabo con los medios que disponemos hoy en día. Se trata de alimentar la creatividad, de premiar la creación autónoma de conocimiento, de formar a alumnos (futuros ciudadanos) con un alto grado de moralidad, responsables, autónomos, libres… y esto lo podemos conseguir con o sin las TIC.

Todas aquellas experiencias que demuestren que mediante la Tecnología me facilitarán conseguir estos objetivos en mis alumnos serán bienvenidas a mi aula. El resto, por favor, no se esfuercen en intentar convencerme que son el futuro de la educación.

Nota. El autor de la viñeta es Néstor Alonso